Daniela Canale llega en tractor a la casa de sus alumnos para dar clases.
Daniela Canale llega en tractor a la casa de sus alumnos para dar clases.
EL DRAMA DEL AGUA

Daniela Canale, la maestra rural que por la inundación va a dar clases en tractor

En General Villegas, llegar a la escuela de Colonia La Belita resulta imposible para alumnos y docentes. La directora de la institución decidió ir casa por casa, campo por campo, para enseñar y para que los chicos puedan continuar estudiando.

¿Llueve allá? Es la primera pregunta que hace Daniela Canale al comenzar la entrevista con Democracia. En Villegas diluvió el día entero y ahora busca saber si en Junín la situación también está complicada. Hace 20 meses que buena parte del distrito de General Villegas está inundado y Daniela, maestra rural desde hace 25 años, encontró la forma de seguir dando clases pese a los anegamientos: llega a la casa de sus alumnos en tractor.
Daniela Canale tiene 48 años y es maestra y directora de Escuela Nº 29 de Colonia La Belita, ubicada a 50 kilómetros de la ciudad de General Villlegas. En esta institución tiene cinco alumnos de entre 7 y 12 años: Federico, Cristian, Tomás, María y Facundo, son dos de segundo, uno de tercero, uno de cuarto y uno de sexto. La última vez que lograron llegar a la escuela fue durante algunos días del mes de abril; a partir de allí, el camino quedó cubierto totalmente de agua y no hubo forma de volver.
-En un comienzo mandábamos las tareas con el camión de la leche o por whatsapp –cuenta Daniela a Democracia- pero ahora me organizo para ir a la casa de ellos.
Lunes, miércoles y viernes, Daniela da clases a los cinco alumnos en la casa de uno de los chicos; martes y jueves, en la casa de otro, y va rotando los días semana a semana. De esta manera, busca que no pierdan más días y puedan avanzar.
-Uno de los nenes va a tercer grado y aún no aprendió a leer, yo quiero que cuando este año termine él ya sepa leer, yo podría quedarme en Villegas cumpliendo el horario pero siento que tengo un compromiso con ellos –cuenta Daniela.


Antes de las 8 de la mañana, Daniela llega con su auto hasta cierto punto del camino rural y, a partir de ahí, camina otro tramo de una hora o la buscan en tractor para llevarla campo adentro. Muchas veces la acompañan el profe de Educación Física, Ezequiel Rodríguez, o la profe de Inglés, Jorgelina Vázquez. Llevan pelotas, aros, conos, galletitas, té, libros y demás elementos de trabajo. Al volver, traen huevos o dulce de leche de campo que le ofrecen los padres de los chicos para agradecer tanto sacrificio.
En abril, desconocidos entraron a la escuela y robaron casi todo lo que había: cinco netbooks sin uso, un equipo musical y la bomba de agua. Nunca lograron recuperar el material.
-Hubiese sido lindo que los chicos puedan usar las computadoras, porque están muy entusiasmados con los nuevos animales que aparecieron por la inundación, como patos y demás especies que nunca hemos visto. Ellos investigan qué son, dónde viven y muchas veces escriben historias vinculadas a estos animales.
En 25 años de maestra, Daniela nunca dio clases es una escuela de planta urbana. O sí, en el pueblo donde se crió, pero que tenía la misma dinámica que un establecimiento rural: plurigrados, pocos alumnos, calles de tierra y la eterna distancia hasta la ciudad.

-¿Los esperan con ganas los chicos para tomar clases?
-Los chicos esperan con muchas ganas, ansiosos, porque están prácticamente aislados. Nosotros, además de ser docentes, muchas veces los ayudamos con los mandados, les acercamos mercadería. En las escuelas rurales el vínculo con alumnos y padres es diferente. De hecho, nos invitan a almorzar de tanto en tanto.
En la mesa de la cocina, entre galletitas y té, los chicos avanzan día tras día con su actividad. Como en una pileta llena de osos y muñecas, las caritas se iluminan cuando llega la maestra con barro en las botas y el guardapolvo salpicado. Una realidad que, para sus protagonistas, no podría ser de otra manera.
-A mí me sorprende mucho la repercusión que tuvo esto, porque yo siento que así es como se debe hacer. Y mi caso representa al de muchas docentes rurales que suben a un carro o a un tractor y caminan por tramos complicados.
No hay primavera sin lluvia, reza el dicho popular. El pronóstico del tiempo para los meses venideros no es alentador pero, con un inmenso sentimiento de optimismo, Daniela desea que la escuela, por fin, abra sus puertas cuando termine este año.

COMENTARIOS