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ENFOQUE

Brasil, llegó la hora de rezar

Pasé tres semanas de julio en Europa, entre el trabajo (poco) y el descanso (al que me resisto a entregarme). Todavía ahora escribo desde Cerdeña, una isla del mar Mediterráneo y región autónoma de Italia. Caminando por los pequeños puertos de la isla, así como por los de Córcega, sintiendo la placidez que todavía envuelve la vida de esta gente, no pude evitar la nostalgia por lo que nunca hemos vivido los metropolitanos.
Nostalgia y envidia aún sabiendo, por la lectura apasionante del ilustre historiador francés Fernand Braudel (1902-1985), cuyo libro sobre sus estudios del Mediterráneo (de 1923 hasta 1966) cargo conmigo, que la placidez actual mal esconde las agitaciones del pasado, cuando sarracenos, fenicios, normandos, griegos, romanos y toda la gama de pueblos diferentes luchaban por la conquista del Mare Nostrum.

Huellas históricas y noticias del presente
Las marcas de todo eso están esculpidas en los fuertes, las torres y las casamatas esparcidas por la región, cuando no por las corrientes que literalmente cerraban la entrada del puerto de Bonifacio, una fortificación levantada a fines del siglo IX por el papa Bonifacio II, encargado de la defensa de Córcega.
En aquellos tiempos no había el furor por la información en tiempo real. Es verdad que la noticia de un ataque pirata a una localidad entre Génova y Split llegaba a Nápoles en tres horas, gracias a los fuegos que encendían los responsables en tales ocasiones en torres a lo largo de la costa de Portofino.
Pero ciertamente ninguna información cruzaría rápidamente el Mediterráneo de Chipre a Gibraltar, mucho menos de ahí a la costa brasileña al otro lado del océano Atlántico.
En la actualidad no pasa un día o una noche sin que el celular o el correo electrónico perturben la paz del pretendiente al sosiego. No hay noticia, buena o mala, relevante o no, que las tecnologías actuales y la ansiedad por comunicar “novedades’’ no hagan llegar de inmediato a quien desee saberla. Y también a quien no quiera.
Así pues, tuve mi tranquilidad interrumpida, no por la agitación de los mares, sino por el lento y continuo noticiario sobre el desmoronamiento de lo mucho que se construyó en Brasil a partir de la Constitución de 1988. La desagregación viene de muy atrás pero parece haber rebotado con más fuerza en el mes de julio.
Para la opinión pública se hizo claro que la crisis actual no tiene nada que ver con “allá afuera’’ y que es el colmo del ridículo insistir en que la culpa es de Fernando Henrique Cardoso.
Se hizo evidente que hay un cúmulo de crisis: de crecimiento, de desempleo, de funcionamiento institucional, moral, de conducción política. Tardíamente, los círculos petistas (miembros del Partido de los Trabajadores, PT) se acordaron de que quizá sería oportuno hablar con los tucanos (miembros del Partido de la Social Democracia Brasileña, en la oposición). Parece la historia del abrazo del ahogado. Calma, mi gente, que hay tiempo para todo. Hay tiempo de conversar, tiempo de actuar y tiempo de rezar.

Señales previas

Con motivo del viaje que la presidenta Dilma Rousseff y los ex presidentes hicimos juntos a Sudáfrica en diciembre de 2013, para asistir a los funerales del ilustre Nelson Mandela, les dije a todos que la desconfianza de la sociedad en el sistema político había llegado a límites peligrosos.
Todavía no era posible prever el tamaño de la crisis en gestación, pero no quedaba duda de que el país enfrentaría dificultades económicas y que éstas serían aun más graves si la dirigencia política no diera respuesta al problema de legitimidad del sistema político.
Dije también que todos los ahí presentes, independientemente del mayor o menor grado de responsabilidad de cada uno, deberíamos ponernos de acuerdo y proponerle al país un conjunto de reformas para fortalecer las instituciones políticas.

La propuesta cayó en el olvido

En aquella ocasión, como en otras, la respuesta del dirigente máximo (el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva) del PT fue bien de desprecio, bien de reiteración de la confrontación, mediante la repetición del refrán autorreferente de que antes de él, todo estaba peor. Para fundamentar tal despropósito, el mismo señor usó y abusó de comparaciones indebidas, en su afán de eludir.
Y ahora, una vez más, sin decir una sola palabra sobre la crisis moral, volverá a la cantinela de que la inflación y el desempleo de hoy son menores que en 2002, omitiendo el hecho de que, en aquel año, la economía sufrió por el miedo de lo que podría llegar a ser su gobierno. Este fue un sentimiento generalizado que, en beneficio del país, mi gobierno trató de atenuar con una transición administrativa que permitió al Partido de los Trabajadores asumir el poder en mejores condiciones para gobernar. Sobre la crisis de hoy, ninguna palabra...
Cuando una reportera me preguntó si el ex presidente Da Silva me había enviado emisarios para abrir un diálogo, la respondí que él no precisaba de intermediarios para eso, pues tiene mis teléfonos. Y condicioné ese posible encuentro a que sea para discutir en público una agenda de interés nacional. ¿Por qué eso? Porque no tendría legitimidad ninguna conversación que oliera a conspiración o, peor aún, que permitiera la sospecha que se desea evitar la continuación de las investigaciones en marcha, que fuera percibida como una maniobra para desviar la atención del país del foco principal, el deslinde de responsabilidades.

Actualidad y futuro
¿Será que ya llegó la hora de rezar por la suerte de algunos sectores de la vida empresarial y política? Tal vez. Pero la hora de actuar ya no es, por lo pronto, del Congreso y de los partidos, sino del Ministerio de Justicia. Esa constatación no implica decirle un no intransigente al diálogo. Decidan lo que decidan el Ministerio de Justicia, el Tribunal de Cuentas de la Unión y el Congreso, seguiremos teniendo una constitución democrática que nos rige y la urgencia de reinventar nuestro futuro. Ojalá que las aflicciones por las que pasan el PT y sus aliados les sirvan de lección y los alejen de la arrogancia y del desprecio continuo por los adversarios, hasta ahora tratados como enemigos.
Es hora de que el público reconozca que la política democrática es incompatible con la división del país entre ‘’nosotros’’ y ‘’ellos’’. Para dialogar no ayuda vestirse con piel de cordero.
Da la impresión de que el lobo sólo quiere salvar su propio pellejo. Pero además, ya llegó la hora de que el lulo-petismo (la política de Lula da Silva y el PT) reconozcan que controlar la inflación y respetar la Ley de Responsabilidad Fiscal no tiene nada que ver con el neoliberalismo, sino que es la condición para que las políticas sociales, tanto las universales como las específicas, pueden tener efectos duraderos.
En suma, toca a los dueños del poder el mea culpa por haber supuesto que siempre serían la única voz legítima que defiende el interés del pueblo. <

(*) Sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil entre 1995 y 2003.

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