Sarmientista y ferroviario
CUENTOS VERDES: ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD, RELATOS DE LA MITOLOGÍA SARMIENTISTA

Sarmientista y ferroviario

En cancha de Racing, Sarmiento se jugaba una carta brava para acercarse al ascenso ante Lanús. El partido era chivo y lo perdimos 2 a 1.
Por razones de trabajo, vivía en Mendoza y hacía un tiempo que no podía ir a la cancha. En esta instancia no podía estar ausente y me fui a Avellaneda.

Como habitualmente se hace de visitante cuando llegás temprano a la cancha, di algunas vueltas por los alrededores y traté de buscar un bar ubicado estratégicamente para ver llegar a los hinchas. En fin, vivir la previa como se dice ahora.

Primero fue el café con leche con medias lunas, después la picadita a modo de almuerzo, total después “si pica el bagre le sacudo a un chori en la cancha y listo”.

De a poco la cosa fue entrando en clima. Algún que otro auto que pasaba tocando bocina y haciendo flamear la verde, algún grupito por acá o un solitario con su gorrito y banderita que bajaba del bondi.
Poco a poco, los colores verde y granate se fueron esparciendo por calles y veredas.

De pronto desde lejos escucho el ritmo pegadizo de la hinchada con el redoblante del loco Pezoa y los bombos de la banda.
Me levanto entusiasmado y veo un agitado oleaje de cuerpos, cabezas y trapos verdes.
Al frente, saltando y a paso de murga venía el tío Esteban. Su agilidad y gracia inversamente proporcionales a su edad llamaban la atención de los aficionados de uno y otro bando.

El tío llevaba un gorro de arlequín verde y blanco y los pasos eran tan atractivos que los muchachos de la hinchada le hicieron rueda.
Esteban era un hombre de cierta formalidad y mesura en sus gestos estaba contento, de venir a alentar al Verde una vez más.

En una de sus volteretas, por un segundo se cruzaron nuestras miradas, y después de un gracioso brinco que dio en el aire estábamos abrazados. Estaba agitado y feliz por tanto baile. Yo lagrimeaba, sensibilizado porque hacía un tiempo que no lo veía.

Fue saludo y momentánea despedida porque, poco después, él siguió con su rítmico paso con la hinchada y yo me quedé un rato más en la mesita de aquel bar para seguir saludando amigos que pasaban.

Recordé, cuando niño, ver llegar al tío con su pulcro traje y gorra gris de guarda, caminar por el patio de la casa chorizo con paso cansino pero firme.
Habitualmente y a pesar de las horas de trabajo venía de buen humor. Siempre un chiste, un comentario alegre y como sana costumbre, para nosotros, algún paquete de figuritas, un montón de boletos de cartón duro picados y hasta, una vez una gorra de guarda como la de él, pero más chica. Después de comentar que no le andaba a nadie, con una sonrisa me dijo “es para vos”.

El tío era un tipo tranquilo y muy respetuoso, como esa gente de antes. Era directivo del club de básquet del barrio y alguna vez creo que fue hasta presidente.
Eso sí, no le vayas a tocar ni a Sarmiento, ni a Perón, ni a Evita. Porque el tío era del verde y peronista. De esos que cada tanto y ante algún balurdo, la policía iba a buscar a pesar de que todos sabían muy bien quien era el tío Esteban.

La zona del “cilindro” era un hervidero verde y granate. El griterío se hacía más estridente y se acercaba el inicio del partido.

Con el correr del tiempo nos mudamos y ya no vivimos más en la casa de los abuelos de manera que el tío paso a ser una visita de los domingos. Venía en su bicicleta negra inglesa, esa que tenía un dínamo que parecía una botellita, que le daba luz al farol cromado cuando se iba en las tardecitas de invierno. Llegaba con el diario Crónica que cruzaba en su espalda detrás del cinto de cuero marrón cual facón con muchas hojas de papel. Además de Crónica el tío leía Democracia antes de ir al boliche las tardes que no trabajaba.

Fuera de los domingos, si el tío venía era por algo excepcional. Algún caso de enfermedad que requería que en su bicicleta negra fuera a buscar al Dr. Quattordio, algún preparativo de viaje para ver al Verde en Buenos Aires cuando la campaña era buena, o por algún bolonqui gremial ligado al ferrocarril.

En una de esas ocasiones llegó el tío, pedaleando con esfuerzo por la calle de tierra, arenosa por tanta seca. No alcanzó a llegar a casa. Una veintena de trabajadores de ropa azul hablaban vivamente a los gritos.
“Ahí viene Esteban”, dijo uno y todos lo rodearon.
Su opinión era valorada entre sus compañeros. Es que además de Crónica y Democracia, a veces leía algún libro.

“Miren muchachos la cosa viene peliaguda”, dijo sentado en la bicicleta con sus pies apoyados en la arena de la calle y cruzado de brazos.
“Y que hacemos entonces”, preguntaron algunos.
“Parece que vamos a la huelga, pero también parece que nos van a ganar de mano y nos van a obligar a trabajar”.

De pronto alguien gritó: “¡los cosacos, los cosacos, ahí vienen los cosacos!”
Diez o quince gendarmes a caballo aparecieron por la calle y las veredas en medio de una infernal polvareda repartiendo sablazos a estos y a aquellos.
Eso y el desparramo general fue solo uno. El tío que estaba de espaldas no tuvo más tiempo que aferrarse al manubrio de la “bici” y entre los caballos, el polvo y los uniformes vi como dos gendarmes uno de cada lado lo levantaron en el aire con bicicleta y todo, mientras uno de atrás le daba planazos por el lomo que más enfurecían al tío que casi ahogado por el polvo y la paliza se defendía a los diariazos mientras gritaba con una voz tan potente que le era ajena: “¡el ferrocarril es del pueblo, y de los trabajadores, mierda!” Y ya por Aristóbulo del Valle, siempre en el aire, bramó: “¡viva Perón carajo!”
Hubo que ir a buscar al Dr. Mecherques para que lo sacará del cuartel adonde lo habían confinado bajo régimen militar.
Llegó con su lomo y orgullo magullados. Estaba rapado y con la camisa blanca rota, toda sucia y sin un solo botón.

Junto a mis hermanos ya medio dormidos lo escuchamos decir “no es nada, se gana y se pierde… Por ahora perdemos. ¡Pero seguimos luchando con lo cual más temprano que tarde..., ganaremos!”

Sufrí el partido y perdimos.
A la salida de la cancha lo encontré estaba triste como aquel día.
Nos abrazamos fuerte y el despedirnos. Proclamó: “se gana y se pierde...” y terminamos a dúo... “más temprano que tarde ganaremos”.

Y ese fue nuestro último abrazo.

Cómo te extraño tío Esteban, pero sabes una cosa, aquella tarde de triunfo en Junín, cuando el cemento bramaba por la victoria ante “Chaca”, el campeonato y el ascenso a la “A”, percibí ese abrazo fuerte que nos dimos en las afueras del “cilindro” y escuché, sintiendo hasta tu aliento en mi oído: “¡más temprano que tarde ganaremos!”<

(*) Profesor en Letras e Historia y periodista. Se desempeñó como Jefe de Redacción en el Diario de la República de San Luis y como periodista en Semanario y La Verdad de Junín. En San Luis fue profesor en la Universidad Católica de Cuyo, el Nacional Juan Pascual Pringles y la Escuela Secundaria de El Trapiche. En Junín, fue director de la Escuela Secundaria N°19 y profesor en varias escuelas de nivel medio.

COMENTARIOS