En buena ley
CUENTOS VERDES: ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD, RELATOS DE LA MITOLOGÍA SARMIENTISTA

En buena ley

Las tardecitas de verano, después del calor agobiante de la siesta, y enseguida de los picados o la pileta, tenían algo especial. Ya bañaditos íbamos a la cantina del club, que estaba por donde ahora está el shopping, a jugar al metegol.
Excepcionalmente podía haber dos, pero por lo general había uno solo. Era un metegol “Estadio” hermoso, daba gusto jugar en esos, porque después estaban unos más raros que sabía haber en los parques de diversiones que venían cada tanto. Esos eran feos. Tenían como unos resortes y encima los jugadores eran cuadrados, parecían robots.

Un sábado a la mañana, Carlitos trajo pintura verde y les pintó la camiseta de Sarmiento a los de Boca. A partir de allí nos cuidamos mucho de que quienes jugaran con los verdes cuando venían pibes de otros barrios fueran los mejores de la barra. Por eso los verdes, desde la obra de Carlitos, estaban invictos.

Popi era el que mejor jugaba, de manera que cuando venía alguno de afuera era él el que defendía los prestigios de la verde.
Después éramos todos parejos, salvo Vizcacha que se desconcentraba sacándose los mocos.

Una tarde apareció el Porteño. Un grandote rubio, canchero que la rompía. En el primer partido nomás ya le sacó el invicto a los Verdes.
¡¡¡Mamita!!!, la bronca que había en la barra. El único que le había hecho partido había sido Popi. Los tres partidos que jugó contra el Porteño los perdió 4 a 3.

Una noche antes de irnos, el Panza concertó un desafío para el otro día entre el Porteño y el Popi. Sería por dos cocas, a cara e’ perro y sin derecho a revancha.
El Panza sabía que el Porteño se volvía apenas comenzado el viernes y quería dejarlo “bien calentito”.

Al otro día estaba todo dispuesto para el gran partido. Había más público que el habitual porque habían venido pibes de todos lados a ver semejante desafío porque el Popi era tenido por bueno y las mentas del Porteño en los pocos días que estuvo en Junín se hicieron sentir con peso, más después de haber andado por un par de “asaltos” y canchereado con las pibas del barrio.

El partido fue una decepción, no por el resultado, sino porque todo fue muy fácil para el representante local que ganó con comodidad por 6 a 1.
Agobiado por la derrota el Porteño se retiró unos metros, lejos de los muchachos que festejaban. Popi que era buen pibe fue a saludarlo. Al pasar tocó una de las manijas del metegol que tenía una de las varillas con los jugadores de River. Estaba pesadísima.

Un pensamiento funesto pasó por su cabeza. Entonces las movió y comprobó lo que estaba pensando. Las varillas del equipo de la banda roja estaban tan pesadas que era casi imposible jugar. Sintió que su cara se encendía. Los otros a los gritos, seguían festejando el triunfo.

El Porteño humillado por las cargadas, sacó del bolsillito un billete de diez mil pesos doblado en cuadraditos muy pequeños. Fue a la cantina y vino con las dos cocas heladas y se las entregó al Panza que las recibió como si fueran las copas Libertadores y la Intercontinental juntas. Después se fue a un costado porque había sido a cara e’ perro.

De pronto caliente por la trampa del Panza, Popi gritó: “Porteño, mañana a esta hora, te doy la revancha”.
Los pibes lo querían matar.
Más tarde el Panza lo agarró aparte: “pero sos tonto vos, ya está le ganaste, lo humillaste qué más querés.” “Dejá si le gané una vez le puedo volver a ganar”, respondió. Panza no insistió.
El día del partido a la hora de la siesta, con cierto sigilo, Popi fue a la cantina.
Allí, en el patio bajo la sombra del paraíso esperaba el Estadio. Movió las varillas de los verdes. Se desplazaban suaves y ágiles.
Después tanteó las de los millonarios. Estaban duras, apenas si se movían.

Entonces sacó un trapito que traía en el bolsillo y limpió las cuatro varillas “anda a saber que mierda le puso el Panza”, pensó mientras sacaba el pegote.
Después del otro bolsillo sacó la aceitera que manoteó del galponcito y dejó las varillas “del millo” tan rápidas como las de los verdes.

A la hora del duelo Panza ya no estaba enojado por la revancha concedida. Al contrario, estaba contento. “Otra vez coquita fresca como compensación”, pensó.

Y empezó el partido. Gol del verde, dos de River, otro de Popi y empate en dos. Enseguida tres a dos para River y nuevo empate de Sarmiento.

Cuando el Porteño largó la última pelotita el Panza transpiraba muchísimo. Los muchachos estaban tensos. “Si nos gana este Porteño fanfarrón estamos fritos. Venir a jodernos de nuevo de locales y con toda la hinchada”.
Los contrincantes estaban tranquilos. Con estilos similares jugaban en silencio. De pronto, el seis de Sarmiento agarra un rebote, se la pasa al ocho, toque fulminante al once que define con suavidad a un rincón y a cobrar.

Estalló de júbilo la popular. El Panza se arrodilló, levantó sus dos puños y gritó “¡vamos Verde! ¡Grande Popito querido, nomás!”. Los muchachos se abrazaban gritando y Cucú emocionado con voz finita cantaba la marcha.

Enseguida don Funes trajo dos cocas y, como excepción, unos vasos de cartón rojos y blancos, de esos que hacían que la coca fuera más rica. El Porteño estiró el billete que nuevamente había sacado del bolsillito para pagar el precio de su derrota.
Entonces, la mentira piadosa de don Funes pedida con antelación por el ganador: “esto ya está pago. Pagó un señor que estaba mirando el partido y explicó que era lo menos que podía hacer después de disfrutar tan buen partido”.

Ya tarde, había pasado la medianoche, Popi se fue caminando por Arias. Saludó a los Paggi que tomaban fresco sentados en el banco de la vereda y aspiró junto al aire fresco de la madrugada, su entrañable paisaje de barrio. Cuando iba a doblar en la peluquería del Toto, apareció desde Primera Junta un Peugeot 404 con un montón de valijas en el portaequipaje. En un momento el auto aminoró su marcha para doblar, entonces por la ventanilla de atrás se asomó el Porteño: “chau Popito hasta el año que viene.” “¡Sos un grande, como Sarmiento!”, dijo y sacó por la ventanilla una bandera del Verde, que flameó preciosa en el fondo negro de la noche.

“Me la llevó ayer el Panza de parte tuya. ¡Gracias por el regalo Popito!”, gritó el Porteño.

Y observó, feliz, como el auto se perdía en la noche con su ala verde flotando en el aire por la avenida Arias hacía otros rumbos.

(*) Profesor en Letras e Historia y periodista. Se desempeñó como Jefe de Redacción en el Diario de la República de San Luis y como periodista en Semanario y La Verdad de Junín. En San Luis fue profesor en la Universidad Católica de Cuyo, el Nacional Juan Pascual Pringles y la Escuela Secundaria de El Trapiche. En Junín, fue director de la Escuela Secundaria N°19 y profesor en varias escuelas de nivel medio.

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