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TENDENCIAS

La campaña por salvar a la clase media

Los republicanos y los demócratas no están de acuerdo en muchas cosas, pero sí coinciden en lo siguiente: la clase media. En sus convenciones, los dos partidos competirán ferozmente por su apoyo. Los republicanos acusarán a Barack Obama de destruir la clase media mediante políticas que perpetúan el elevado desempleo y el débil crecimiento económico. Los demócratas pintarán a Mitt Romney como una herramienta de los ricos, que no comprende a la clase media. El victorioso podría llevarse la elección, porque “salvar a la clase media” tal vez se haya convertido en el asunto definitorio de la campaña.
Se trata, más que nada, de un simbolismo político. La idea de que alguien pueda “salvar” a la clase media supone que está en peligro de desaparecer, lo que no es cierto; y que los presidentes poseen suficientes poderes para resucitarla, y no los tienen. Aún así, el simbolismo es poderoso porque la mayoría de los norteamericanos equipara la clase media con el tipo de sociedad que somos y que deberíamos ser. Es una sociedad en que se recompensa el trabajo arduo y la responsabilidad personal; donde se espera que “progresemos”; donde se disfruta de la seguridad económica y la estabilidad social; y donde el privilegio está minimizado.

Factor de unión

El atractivo de esta creencia -a lo largo de muchas fronteras económicas, regionales, religiosas y étnicas- es una enorme fuerza unificadora. Explica por qué la mayoría de los norteamericanos se identifica como de “clase media”. Una reciente encuesta del Pew Research Center pidió a la gente que declarara su clase social. Sólo el 7 por ciento de los norteamericanos se denominó como perteneciente a la “clase baja”, aunque la tasa de pobreza del gobierno es del 15 por ciento. La gente no considera que está fuera de la corriente principal.
Lo mismo ocurre en el extremo opuesto del espectro de ingresos. A pesar de décadas de creciente desigualdad, sólo el 2 por ciento se consideró de “clase alta”. Muchos norteamericanos con ingresos de 200.000, 300.000 o más dólares se niegan a considerarse ricos. Minimizan su riqueza o privilegio y acentúan la necesidad de la clase media de luchar. Nueve de cada diez norteamericanos se colocan en algún punto de la clase media. En la encuesta de Pew: el 15 por ciento en la clase media alta; el 49 por ciento en la clase media; y el 25 por ciento en la clase baja.
No sin razón, ahora se describe a la clase media como “sitiada”, “golpeada” y “atribulada”. La crisis financiera y la Gran Recesión subvirtieron dos creencias esenciales: que el trabajo arduo asegura el “progreso”; y que pertenecer a la clase media proporciona seguridad. En la encuesta Pew, casi tres cuartos de los norteamericanos dicen que es más difícil avanzar ahora que hace una década; por 47 a 42 por ciento, más norteamericanos no piensan que sus hijos vivirán mejor que ellos.
La ejecución de hipotecas de viviendas y el largo desempleo son fuentes evidentes de desilusión. Es cierto, no afectan a todos (alrededor de 5 millones de personas no han tenido trabajo durante seis meses; desde 2007, las ejecuciones de hipotecas de viviendas suman 4,5 millones, informa Moody’s Analytics). Pero el efecto ejemplificador es fuerte. “Si no fuera por la gracia de Dios, ahí voy yo”, piensan millones.
Esta nube psicológica se ve multiplicada por la generalizada pérdida de riqueza. Según Pew, los norteamericanos en la mitad media de la distribución de ingresos -definida como familias con ingresos de entre 39.418 y 118.225 dólares- sufrieron casi una pérdida de riqueza del 40 por ciento entre 2007 y 2010. Ajustada a la inflación, su riqueza, que consistía primordialmente en viviendas, acciones y bonos, fue apenas mayor que en 1983. “Todos nos estábamos enriqueciendo en la primera mitad de la década”, expresa Paul Taylor de Pew. “Bueno, mucho de eso era riqueza en papel y riqueza en viviendas” que se desvaneció. A las familias más ricas no les fue tan mal, porque tenían una porción menor de su riqueza en sus viviendas.
Obama y Romney no pueden hacer demasiado para ayudar a la clase media. Enfrentan un dilema. La clase media no puede recuperar su auto-confianza y su salud financiera sin una fuerte recuperación económica. Pero la economía no puede recuperarse sin una clase media saludable financieramente, que provea la mayor parte del consumo. No es de sorprender que la expansión económica sea glacial. La deuda familiar se está reduciendo gradualmente. La riqueza se está reconstruyendo lentamente por medio de mayores ahorros y precios más elevados de las acciones... y la esperanza de que los valores de la vivienda les sigan.

Otro nudo

Existe también un conflicto mayor. Tarde o temprano, se necesitarán aumentos fiscales generales para reducir el déficit presupuestario. La dimensión del aumento dependerá de cuántos gastos federales se recorten. Eso crea un conflicto inevitable entre trabajadores y jubilados, porque los trabajadores son los mayores contribuyentes y los jubilados son los mayores beneficiarios del gasto público. ¿Qué clase media merece apoyo? Si se recorta el Seguro Social y Medicare, se ayuda a los trabajadores. Si se elevan los impuestos, se ayuda a los jubilados.
Por ahora, lo que es elocuente es la resistencia de las normas de la clase media. Alrededor de once millones de viviendas están “sumergidas”, informa CoreLogic: Sus hipotecas exceden su valor. Aún así, la mayoría de los propietarios realizan sus pagos mensuales, aunque entrar en mora podría ser ventajoso. En forma similar, los trabajadores desempleados durante largo tiempo envían cientos de currícula vitae a pesar de repetidas decepciones.
La responsabilidad personal y una fuerte ética laboral aún importan y sugieren una clase media duradera que sobrevivirá los reveses económicos actuales y la demagogia política.

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