"Toti" Iglesias remata, ante Banfield, 1980.
ENFOQUE

Sarmiento debería ser campeón

Se lo merece porque es una institución modelo, por su estadio, sus campañas y la prolijidad con la que se maneja.

El desapego es bueno, imprescindible. Ante un hecho de relevancia como el que transita Sarmiento, para algunos es comparable con tiempos pasados. Y- a mi juicio- así no debería ser. Este Sarmiento, lleno de cualidades y de un presente hermoso, necesita ser reconocido como lo que es, un verdadero grande, sin comparación alguna. El domingo jugará su chance -una vez más- de ascenso a primera división. Junín, la gente, sus guerreros, yo, nos manejaremos entre una maraña de deseos, preocupaciones, ganas, fervor, y una necesidad casi no natural de poder abrir la garganta, dejando escapar un rugido- más que un grito- celebrando un gol que nos consagre.
Cierto es- también es impropio negarlo- que para muchos será doble la presencia en una cancha que nos resulta imborrable, querida, respetada por casi todos los juninenses. El estadio de Banfield -Dios lo conserve- es un templo cuasi religioso para nuestra querida entidad. Allí se plasmó- en aquellos ochenta - el principio de un fin luego consolidado en el Eva Perón ante Chacarita. Y allí, todos saben, por propios o por mayores, lo que significó la vuelta, el festejo, las ansias hasta el infinito verbalizadas.

Una sola cosa debemos saber y jurar respetarla por siempre: Sarmiento no tiene tiempo que lo distinga ni futuro que lo divida. Sus fundadores pensaron en crear un club para Junín y, evidentemente, se les fue la mano. Hoy es para un país.

No resultaría conveniente -según mi criterio- recordar lo que ya pasó. Lo que ya está guardado en el baúl de los más caros sentimientos. Hoy es todo distinto. Ni mejor ni peor: distinto. Por aquellos años la gesta sarmientista era pasional, con mucho de campito, con aditamentos de chico pobre, humilde, que hacía –favor de interpretarlo bien- lo que podía.
Este presente nos propone un escenario mutado. Sarmiento – mérito de quienes dirigen el club – es una Institución modelo. Su estadio, sus campañas, su prolijidad, son algunos de los atributos a los cuales nos aferramos para titular la nota: Sarmiento debería ser campeón.
No somos tan ingenuos como para no saber lo que es una final. Noventa minutos donde todo es posible, pero, por convencimiento, el Verde tiene ventajas ineludibles para poner a su favor la balanza de los méritos. El club y su pujanza como queda dicho. Un plantel y cuerpo técnico hacedor de una hazaña, como perder solo dos partidos en el campeonato. La falta de suerte, en algunos casos, coadyuvó para no consagrarse antes. Pero sí algo enlazaremos con el Sarmiento del 80.
Hay quienes niegan que los gnomos y las hadas existen. Hay quienes no creen ni en cábalas ni apoyos. En lo personal, en instancias como esta, prefiero creer. Y sé, podría jurarlo, que mucho antes del partido – quizá hoy mismo- ya estén revoloteando sobre la catedral banfileña el espíritu de aquellos que constituyeron una hinchada de doce mil desaforados hinchas, o el Nando pidiéndole un lugar – aunque no lo ocupe - a Vicentini para ayudarlo. O aquel que hoy no está pero que sí estuvo en el 80 colgando una bandera de una nube jurando un acompañamiento hasta la muerte. Seguro estoy que en el medio campo se van a desangrar los de antes y los de ahora mientras el "Lobo" Fischer ensayará una vez más su bicicleta. El Toti, en la platea, pateará la butaca de adelante ayudando a los delanteros de estos tiempos.


Una sola cosa debemos saber y jurar respetarla por siempre: Sarmiento no tiene tiempo que lo distinga ni futuro que lo divida. Sus fundadores pensaron en crear un club para Junín y, evidentemente, se les fue la mano. Hoy es para un país. El límite lo ponen cada uno de los que deseen ubicarlo. Si el pensador es de Sarmiento, ese límite seguramente no tendrá fin.
Domingo, te espero. Con ansias, con miedo, con furia, con cábalas y, seguro, con lágrimas de alegría. Y ahí sí, con autoridad, uniremos todos los ascensos, recordaremos cada una de las circunstancias, cada uno de los detalles. Y no estaremos solos. Estarán los hermanos de otros clubes, los del Verde que ya no están, estaremos nosotros que no pararemos de gritar y aplaudir. Les contaremos a nuestros hijos y nietos las similitudes con los otros campeonatos. Y agradeceremos a Dios, a nuestros mayores y a la vida, habernos hecho de Sarmiento.
Todos los que puedan deben ir a Banfield. La historia los convoca. La pasión los une. El orgullo es una bandera que para todos flamea. Bandera de color verde desde ayer, hoy y para siempre.

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