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Jack Johnson.
OPINIÓN

Historias de verano

La pausa de verano suele dejar espacios y tiempo para conocer viejas leyendas, como las de Goyo Peralta y Jack Johnson.

Muchas de las mejores historias del deporte, ya sabemos, están en el boxeo. Especialmente en el boxeo de décadas pasadas. Boxeadores que resistían años de batallas sobre el ring. Y que, por suerte o por desgracia, según como quiera mirarlo cada uno, no tenían a la TV que mejoró cuentas bancarias (ante todo de los empresarios), pero a que, a cambio, infló categorías, organismos y campeones cada vez más fugaces. La pausa de verano suele dejar espacios y tiempo para conocer algunas de aquellas viejas historias. Elijo dos nombres que hoy recobran vigencia: Goyo Peralta y Jack Johnson.
“Me dicen Goyo. Biografía de Gregorio Peralta”, libro flamante de Juan José Zurro, es un cálido recorrido por la vida difícil, con altibajos deportivos, políticos y familiares de uno de los boxeadores más exquisitos que pisaron los rings en este país. Cuando hace ya muchos años escribí un libro sobre la vida de Ringo Bonavena (Díganme Ringo), en mi primer abordaje profundo al mundo del boxeo, me topé con otros dos personajes de características completamente opuestas, pero igualmente seductores. El primero, y por supuesto que no descubro nada, fue Muhammad Alí, el ídolo rebelde fallecido en 2016, el deportista con más libros y documentales que cualquier otro. Leeré este verano Blood brothers, el último libro sobre él, sobre su amistad fatal con Malcolm X, líder negro en los violentos años ’60. El segundo, claro, es Goyo Peralta. Sanjuanino y peronista. El argentino que le bajaba la guardia a un George Foreman quince años más joven. El que se dio el lujo de pelear una exhibición a estadio lleno en Barcelona nada menos que contra Muhammad Alí.

“Goyo siempre renació de abajo. Llegó a pelear enfermo de paludismo, porque debía ocho meses de pensión y no tenía ni para comprarle pañales a su hijo”.

“Peralta cobarde…mmm”, lo desafiaba Ringo, sacándole la lengua. Entraba a los baños con un fotógrafo del diario Crónica, su favorito, para ver si Goyo, campeón humilde de 29 años, seis más que el bocón de Ringo, se había escondido en el baño. La pelea fue el 4 de setiembre en el Luna Park. 25.236 personas, otras cinco mil quedaron afuera. Nunca igualó la cifra el Luna en toda su historia. “No te equivoques, Ringo no era ídolo, era popular, ídolo –me corrigió una vez Tito Lectoure, capo del Luna- era Nicolino Locche”. Se recaudaron más de 13 millones de pesos. “Si no gano –dijo Bonavena antes de la pelea, consciente de la expectativa y rechazo que habían provocado sus bravuconadas- voy a tener que exiliarme”. Héctor Ricardo García, capo mítico de Crónica, se jactó una vez de haber “inventado” al Ringo bocón. “Decí cosas fuertes, que lo vas a matar, que le vas a arrancar la cabeza”. “A este gordo –se cansó Peralta- no lo aguanto más”. Ringo ganó en fallo unánime y cambió silbidos por aplausos. Goyo, me dice hoy Zurro, quedó destrozado por la derrota. “Perdió mucho más que una pelea”, escribe en su libro flamante.
Pero Goyo siempre renació de abajo. Llegó a pelear enfermo de paludismo, cuenta Zurro, porque debía ocho meses de pensión y no tenía ni para comprarle los pañales a su hijo. Cuatro de los dieciséis hermanos llegaron a boxear en una misma velada (“La noche de los Peralta”, Avenamar fue el segundo más conocido). Madison Square Garden incluido, boxeó hasta los cuarenta años, un total de 112 peleas, de las que ganó 94 (61 por nocaut), perdió 9 y empató 9, y siempre con su técnica exquisita, pero sin los kilos de más que acaso hubiese necesitado para derrumbar a los más bravos. Igual que muchos otros boxeadores, Goyo no terminó bien. Pero acaso su mayor dolor, dice Zurro, fue haber perdido la amistad del general Juan Domingo Perón, con quien intimó familiarmente durante el exilio madrileño del político. “Argentino y peronista”, decían sus batas, como para tener una idea. Es uno de los tramos más atractivos del buen libro de Zurro.

Jack Johnson, hijo de esclavos, fue el primer campeón negro pesado. A más de un siglo de su consagración y a 66 años de su muerte, Johnson, centro también de libros y documentales, es debate hoy en Estados Unidos, a solo días de que Barack Obama termine su mandato. Digamos primero que, como Alí, aunque no politizado, Johnson fue un negro que desafió el poder blanco. Algo arrogante, siempre bien vestido, dandy y mujeriego, Johnson, en pleno apogeo, fue condenado porque a los negros se les prohibía viajar por distintos estados con mujeres blancas y mucho menos tener relaciones con ellas. El Gigante de Galveston lo hizo con una prostituta de 18 años, que luego fue su pareja. Se coronó en 1908 contra Tommy Burns en Australia y en 1910 destrozó a Jim Jeffries, “La gran esperanza blanca” que volvía a los rings para recuperar la corona para la Norteamérica blanca. Jeffries cayó tres veces. Abandonó para evitar la humillación. Su victoria provocó la furia de blancos racistas que atacaron barrios negros y dejaron 26 muertos e incendios. Pese a ello, hay textos que afirman que la furia contra Johnson no fue puro racismo, sino odio a un arrogante que rompió ciertas tradiciones de caballerosidad en el boxeo. Lo cierto fue que, tres años después de esa pelea, Johnson fue condenado a un año y un día de prisión por un jurado enteramente blanco. En 1915 perdió la corona en La Habana en pelea polémica, en el 26º round, contra Jess Willard y, meses después, en su exilio, peleó en el Stadium Palermo, frente al Hipódromo Argentino, gracias a un permiso especial del Concejo Deliberante, porque el boxeo estaba prohibido en Buenos Aires.
¿Por qué Johnson vuelve a estar en el candelero? Porque en 2010 dos legisladores republicanos, John McCain y Peter King, iniciaron una campaña para que primero la justicia, o sino el propio presidente Barack Obama, dictaran un perdón. El Departamento de Justicia respondió que tenía otras prioridades. Pasó la pelota para Obama, que durante su gestión pidió clemencia para 1.324 personas, más que las once presidencias anteriores juntas. Pero Obama, que pasará la banda presidencial a Donald Trump el 20 de enero, parece dispuesto a retirarse sin acceder al pedido de dos legisladores blancos, de fuertes posturas antiislámicas y que, aún con críticas, votaron a su candidato Trump, el nuevo presidente elegido pese al rechazo mayoritario de la población negra. El reclamo del perdón, hay que decirlo, fue iniciado en 2004 con las mejores intenciones por personas que difundieron siempre la vida de Jack Johson ¿Pero no es mero oportunismo que dos legisladores que jamás han estado activos para denunciar la actual brutalidad policial contra los negros sí se preocupen por un boxeador negro que sufrió discriminación un siglo atrás? ¿Y no resulta a su vez paradójico que un presidente negro como Obama, que ha reivindicado inclusive a deportistas negros rebeldes de tiempos pasados como el propio Alí o a los atletas que levantaron su puño en México 68, ignore ahora el reclamo por Johnson?
Johnson, el símbolo más poderoso en sus tiempos de la resistencia negra, no tiene que ser “perdonado” de nada, dice hoy el periodista Dave Zirin. “¿De qué autoridad moral pueden jactarse dos legisladores votantes de un gobierno que se jacta de la “supremacía blanca” para “perdonar” a Johnson por hechos que, simplemente, burlaron disposiciones racistas?, se pregunta Zirin. Uno de los libros más atractivos que vi acerca de Johnson fue publicado en 2013 en España, una novela gráfica con dibujos del arquitecto José Parra-Moreno y texto del novelista José María Mijangos. Su título, “La gran esperanza negra”, se burla del cliché. Y en sus páginas recuerda una de las frases más célebres de Johnson: “soy negro, nunca dejaron que me olvidara que soy negro. De acuerdo, soy negro. Nunca dejaré que ustedes lo olviden”.

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