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TENDENCIAS

Diciembre, ¿condenado a la tensión?

El último mes del año ha quedado grabado, en la memoria de la Argentina contemporánea, como un ciclo de tensiones, inestabilidad, violencia y desasosiego social. El 2001 dejó, en ese sentido, una marca profunda.

Difícilmente puedan olvidarse aquellas vísperas de Navidad en las que el país vio caer a un gobierno en medio de una ola de saqueos, caos y represión descontrolada que terminó con decenas de muertos en Plaza de Mayo. Por eso es que episodios como los ocurridos esta semana en Córdoba activan, inevitablemente, sensores muy sensibles en la sociedad.
A doce años de aquel diciembre negro, la Argentina no es la misma, desde luego. Las tensiones sociales tampoco parecen asimilables y la realidad estructural del país es diferente. Sin embargo, emergen brotes de caos y violencia como el de Córdoba y tienden a generalizarse focos de protesta social en distintos puntos de la geografía nacional.
Podrá decirse -con razón- que también ha habido protestas sociales en otros tramos del año y que resulta difícil encontrar un hilo conductor en las que se multiplican en estos días. La memoria colectiva, la experiencia histórica y la propia sensibilidad social contribuyen, sin embargo, a que en diciembre se potencien los fantasmas. Lo de Córdoba ha sido, en ese sentido, un indudable foco de alerta.

Un peligro vigente

Hay situaciones que la Argentina no ha superado del todo. Los saqueos son -como ha quedado visto- un peligro latente. Como se dijo, se trata de un fenómeno difícil de analizar, en el que se mezclan desde la delincuencia común hasta el accionar de grupos aparentemente organizados, el oportunismo social y la crisis de valores que atraviesa a vastos sectores.
Lo que ha dejado Córdoba es la penosa sensación de que algo puede volver a estallar. Y que de un día para el otro la Argentina puede amanecer en un clima de caos y violencia capaz de sembrar la muerte en las calles. Por eso diciembre agita los fantasmas e instala, acaso, una sensación de angustia e inquietud.
Sin llegar a los extremos de Córdoba, hubo otros episodios aislados que alimentaron la preocupación. El caso del supermercadista chino de Glew (en el Gran Buenos Aires) que murió asfixiado dentro de su negocio, al que incendiaron como represalia por resistir un saqueo, fue una trágica señal de alarma en el populoso Conurbano.
En diciembre de 2012 también hubo saqueos. Aquella vez fueron en Bariloche, una ciudad a la que el país ve como una suerte de paraíso próspero y exuberante, enclavada de hecho en la zona más rica de la Patagonia. ¿Son coincidencias? ¿O hay algo que potencia en las vísperas de las Fiestas un clima de agitaciones y tensión que muestra la fragilidad de todo en la Argentina?
Diciembre es, naturalmente, un mes de apurones e impaciencias. La finalización del año le imprime cierto vértigo y ansiedad al ritmo social. En ese marco, las protestas también parecen adquirir una mayor dimensión y hasta quizá produzcan una suerte de efecto contagio.
El país se vuelve sofocante en el último tramo del año. El calor -que también registra los extremismos del cambio climático- se combina con los piquetes, la desesperación de los que quieren dejar todo “atado” antes de fin de año, la multiplicación de compromisos sociales -despedidas, graduaciones y festejos varios- y la preparación de Navidad, Año Nuevo y vacaciones. Demasiado para 30 días atravesados por asuetos y feriados.

Ansiedad colectiva

Como se ve, no sólo de complejas tensiones sociales está hecho diciembre. También de esa contagiosa ansiedad colectiva que parece alentar el fin de año. Como si algo más que el almanaque cambiara drásticamente a partir del 1º de enero.
El contraste es evidente. Así como enero parece teñido de cierta placidez, diciembre cabalga a un ritmo frenético y hasta exasperante.
Por causas diversas y focalizadas, lo cierto es que La Plata -por ejemplo- ha vivido en esta primera semana de diciembre días atravesados por piquetes. Reclamos sindicales y vecinales se han superpuesto en las calles y en la Autopista hasta crear, por momentos, cierto clima asfixiante.
Así como los saqueos no han quedado desterrados, mucho menos se ha superado el “piqueterismo” como forma de protesta. La Plata no ha sido una excepción. El lunes, por ejemplo, una autopista que atraviesa la capital federal (la Illia) estuvo cortada durante más de ocho horas por habitantes de las Villa 31 que, de esa forma, convirtieron a Buenos Aires en una ciudad sitiada en el comienzo de este mes.
 Los graves incidentes que enmarcaron la elección del rector de la UBA le sumaron violencia y penoso descontrol a una semana que parece anunciar, en definitiva, otro diciembre caliente en la Argentina.
Los indicios de esta primera semana parecen justificar la inquietud. Y también vendrían a confirmar que el último mes del año es como una suerte de olla a presión en la que las tensiones sociales se cocinan “a fuego rápido”.
El país ha sufrido diciembres de terror. Así como es inevitable que la memoria de aquellos hechos agite algunos fantasmas, también pueden servir como advertencia de lo que no puede volver a ocurrir.
Frente a tantos piquetes, saqueos, ansiedades y apurones, se entiende que alguien diga: “¿Es diciembre? Me quiero ir...”

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