Rosa Negrete junto al grupo de chicos que asisten al merendero
Rosa Negrete junto al grupo de chicos que asisten al merendero "Rayito de Luz".
MERENDERO

Un Rayito de Luz para más de cuarenta chicos en el barrio Los Almendros

Desde hace tres meses, con la colaboración de amigos y conocidos, Rosa Negrete lleva a cabo una tarea que cambia realidades cada día a fuerza de amor y contención. Una historia de compromiso con la vida de los más pequeños.

Rosa Negrete es una mujer que hizo de la solidaridad, una bandera, una parte fundamental de su vida. Actualmente voluntaria de la Ong Pensar Junín, en sus cuarenta y tantos años de vida, -como ella misma prefiere decir-, Rosa ha realizado y participado en distintas actividades voluntarias y ha recorrido merenderos en la ciudad para colaborar y poner su hombro sin condiciones.
Hace muy poquitos meses, luego de la muerte de su papá, emprendió un proyecto que ya había dado vueltas en su cabeza: abrir un merendero por su cuenta, para los chicos del barrio Los Almendros, en el que vive su mamá y en cuya casa acondicionó con ayuda, una sala para recibir a los chicos. Que muchas veces son casi cuarenta.
La cadena de favores se extendió y distintos conocidos le ofrecieron a Rosa una cocina, una heladera, tablones, sillas, vasos y platos, ollas y así pudo reunir todo lo necesario para que Rayito de Luz, un nombre elegido en honor a su papá, pudiera comenzar a brindar la merienda tres veces por semana.
“Vi la necesidad, a los chicos en la calle” relató Rosa sin poder evitar emocionarse y rememorar su propia infancia. “Cuando era chica pasé muchas necesidades, he visto muchas cosas y me duelen”, aseguró quien a su vez aprendió que para dar una mano no siempre es necesario donar algo material sino que muchas veces basta con la presencia, la contención, el abrazo.

Un poco de ayuda
Gilda Iglesias, Marisa Echegaray, Daniela Felke y sus compañeras de la Jefatura Policía Distrital Junín, July Martinoti, son algunas de las colaboradoras que Rosa destaca pero aclara que no son las únicas.
“Gilda intercedió para conseguir facturas para los chicos a través de un comercio y pronto desde la cárcel también nos van a ayudar”, contó Rosa entusiasmada.
Pero su tarea no se limita a servirles la leche a los cuarenta chicos que asisten sino que además va un poco más allá.
“He conseguido juguetes y entonces antes de que lleguen les preparo pizarrones, libros, cuadernos y a medida que van llegando, juegan un rato hasta que toman la merienda.
Mi cuñada y algunas mamás que vienen me ayudan a servir la leche o gente que viene a conocer, a donar”, contó.
Es así como además una de sus colaboradoras “dio apoyo escolar pero ahora va a leerles y les enseña a pintar, los colores”, porque según Rosa, “algunos van a segundo grado pero no saben leer ni escribir”.

Sacarlos de la calle
Con su propia experiencia de vida a cuestas, Rosa tiene una noble intención cuando cada lunes, miércoles y viernes abre las puertas del merendero.
Luego de haber recorrido muchos barrios colaborando con eventos, programas y actividades para los chicos, ella asegura que “la presencia es lo más importante para ellos, hacerlos jugar, compartir momentos, amasar un pan, lo que sea. No siempre les podés llevar algo pero si podés estar. Y mantenerlos fuera de la calle”, explicó.
“Yo siempre invito a que vengan a conocer y ver a los chicos. No es lo mismo contarlo que vivirlo. Ellos quieren estar, se quedan con vos incluso cuando terminamos la merienda. Es una experiencia hermosa. Quiero que vengan a conocer el merendero, que sientan y vean a los chicos”.

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