“Ahora me doy cuenta de que Martín fue siempre Martín”
SER Y SENTIR MÁS ALLÁ DEL CUERPO

“Ahora me doy cuenta de que Martín fue siempre Martín”

El amor y la aceptación, las herramientas más importantes para transitar las infancias trans. La familia, la sociedad, la escuela, y sobre todo el estado son instituciones clave para que la niñez pueda vivirse libre de estereotipos. Un camino en el que hay mucho por desandar.

Miedos, dudas, preguntas, son muchas las sensaciones que afronta hoy Ana, mamá de Martín, un niño trans de seis años junto a quién día a día camina y da las batallas que sean necesarias para que su hijo crezca y se exprese en libertad, en una sociedad regada de estereotipos y mezquindades.
Pero la certeza de Ana, más fuerte que todos los temores, es la de acompañar a Martín y que salga fortalecido en el camino de su infancia trans hacia su adolescencia, hacia su adultez.
“Martín fue siempre Martín”, dice Ana con la expresión de la propia realización. “Le pusimos un nombre de nena porque cuando nació nos dijeron que lo era. Hoy miro para atrás y veo cómo se manejaba, sus pensamientos. Ahora me doy cuenta de que Martín fue siempre Martín”, reflexiona y va más allá: “Estaría buenísimo que más allá del sexo que traigan al nacer esperemos a que ellos nos digan. Eso lo aprendí caminando con Martín, sin dudas”.
El deseo mayor como madre, según Ana, “es que más allá de lo que quiera o sienta que es, sepa que puede serlo más allá del cuerpo que tenga que llevar, pero para eso falta y mucho”.
Falta porque el camino es largo desde la óptica social y porque según Ana, a raíz de eso, “Martín no tiene otra herramienta que mostrar a través del cuerpo lo que quiere ser. Él es un varón con vagina”.

Transitar las dudas y los miedos
“No creo que mi hijo pueda ver un cambio social, y estar orgulloso de su cuerpo. Ojalá me equivoque”, considera Ana, pero sabe que la realidad no dice otra cosa. Todavía.
Pero Martín tiene no solo la ventaja de una familia que no mira para otro lado, ni mucho menos trata de torcer su voluntad sino todo lo contrario, acompaña su día a día, con amor.
Pero no solo su familia, también amigos. Y especialmente su escuela.
“La escuela colabora muchísimo, y estoy feliz de que así sea. Me saco el sombrero con el colegio y su apertura con tener un niño trans. Pero es la sociedad la que le exige que se comporte como varón. Él no es varón, es trans. Hay un peldaño que falta. Él es trans”, remarca su mamá.
Sin dudas cuesta enfrentar los planteos ajenos, pero son solo eso después de todo: la decisión de no aceptar, es del otro.
“Hay gente que lo ve como una enfermedad, o cree que es contagioso o que se puede copiar. Deberían saber que esto es algo genuino. En Martín no quedó nada de lo que nació, solo su vagina”, asegura Ana.
“Somos claros con lo que tiene que transitar. Trabajamos con terapeuta pero no porque haya que arreglar nada sino que necesitamos apoyarnos nosotros porque lo que no es fácil es el afuera”, confiesa.
Según Ana, Martín no tiene una crianza distinta o límites más flexibles: “Si alguien se burla, tratamos de descontracturar. Es la misma burla que con el sobrepeso o uso de anteojos. Martín no se rompe. Él siente igual que cualquiera. Es diferente porque la visión que la sociedad hizo creer de un varón no es lo que se ve en Martín. Hay mucho que desaprender y rearmar”.

“Hacer ruido para cambiar”
En el aula, los compañeros de Martín están más que dispuestos a corregir a cualquier docente que lo llame por el nombre que aún figura en su DNI, al menos hasta que comiencen el proceso de cambio.
Y no solo de parte de los alumnos, también desde la institución, Ana necesita, según sus propias palabras: “Que me acompañen, que me digan ‘no sabemos cómo hacer pero estamos con vos, vamos juntos’. Es lo que reconforta”.
Los cambios que experimente Martín en su cuerpo no son un tema menor pero Ana es clara: “Lo más sano para él es que mantenga su cuerpo, es lo más sano para su salud. Él tiene que entender que él puede ser Martín, con un cuerpo diferente a lo que esperan de él”, asegura.
“Creo que ellos son los que vienen a hacer ruido para cambiar algunos aspectos de la sociedad. Como papás tenemos que estar orgullosos”.

Desinformación e ignorancia
Gabriela Mansilla es escritora, presidenta de la asociación Infancias Libres y autora de “Yo nena, yo princesa” y “Mariposas libres”. Pero sobre todo es mamá de Luana, la primera niña trans en el mundo en recibir su DNI que reconoce su identidad de género autopercibida.
En diálogo con Democracia se refirió a la falta de información, el camino por andar y la necesidad de un estado presente.
Consultada sobre la lucha diaria de los niños trans, Mansilla remarcó que “se encuentran con la desinformación, a diario, minuto a minuto con los prejuicios que esta sociedad tiene. Se golpean con la ausencia del estado porque por más que exista la ley de Identidad de Género, ni siquiera sus propios funcionarios están capacitados para tramitar aunque sea un DNI. Nos encontramos todo el tiempo con la biología que te cachetea todo el tiempo como destino de una persona cuando no es así”.
Además, uno de los mayores obstáculos, según Mansilla: “Es la moral que profesa la iglesia de lo que se debe y lo que no se debe hacer y con la ignorancia, la violencia constante y la negación de los cuerpos de nuestros hijos e hijas”.
Para la mamá de Luana, el DNI es solo un paso porque no protege a la niñez “de la indiferencia en la escuela, de las violencias, de las miradas, la descalificación constante, el miedo que genera que haya una niña con pene o un niño con vulva dentro de una escuela, dentro de un baño. El niño se encuentra con que no existe un mundo o un lugar habitable para ellos y ellas”.
La propia familia, educada dentro de esta sociedad muchas veces es parte: “No hay otra expectativa. Se espera que esa persona que nace con pene cumpla determinado rol dentro de esta sociedad, que lo exprese de determinada manera, que juegue a determinadas cosas impuestas”.
“Estamos desde el seno familiar, antes que la persona nazca ya tiene armada una vida. Y cuando no cumple las expectativas de las demás personas, que son sus adultos o los que están a su alrededor es donde empiezan las primeras violencias”.
Lamentablemente la escuela también cumple su rol dentro de esas violencias.
“Nuestra educación es sumamente machista y patriarcal, muy binaria. Y no hay un tercer lugar para pararte. O sos hombre con pene o sos mujer con vulva o no sos más nada”.

Más amor
“Ninguna niñez necesita un terapeuta que acompañe en su transición, quienes necesitan los terapeutas son las personas prejuiciosas e ignorantes”, asegura Mansilla. “Lo dice la ley, que no requiere un acompañamiento psicológico ni un diagnóstico psicológico para que un niño, niña o adolescente realice su transición. Sumale que no hay profesionales con perspectiva de género, no tienen formación para abordar la infancia transgénero”.
Lo primero que se piensa es que el niño necesita acompañante terapéutico: “Sea un psicólogo, psiquiatra. Ese es el gran error, es donde más metemos a nuestros hijos e hijas en un problema que no van a salir porque ese profesional va a diagnosticar o va a considerar que no está bien y el problema está en la criatura y no en la sociedad”, asegura Mansilla.
“Ellos necesitan del amor de su familia y que se cumpla la ley y que todo su entorno reaccione como debe reaccionar. Se necesitan políticas públicas. La inmediatez es el amor de la familia y no un terapeuta. Que la escuela haga lo que corresponda, que se informe y se respete inmediatamente el nombre y la identidad de género”.
“Se necesita urgente el abrazo y el amor de la familia, primero. Luego todo surge mucho mejor”, destacó.

Cifras que duelen
Según Mariela, “pasarán décadas hasta que se logre visibilizar y se produzca el cambio”.
Cambio que evitaría una realidad terrible que no siempre se conoce: “La expectativa de vida de cualquier persona travesti y trans es de 35 años en este país y el índice de suicidios es del 40% todavía. Y hace siete años que existe la ley”, cuenta Mansilla.
“Necesitamos Ley de Educación integral que contemple, que se dicte, no que se hable una vez al año. Y otra clase de educación o nuestras infancias van a seguir condenadas a la prostitución, a no tener una vida digna, sin estudio, sin trabajo, sin vivienda”.

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