El día que Bartolomé Mitre se rindió en Junín tras la batalla de La Verde
LA HISTORIA Y LAS GUERRAS CIVILES

El día que Bartolomé Mitre se rindió en Junín tras la batalla de La Verde

A mediados del siglo XIX las costumbres electorales argentinas no brillaban por la pureza, la corrección o el respeto de la voluntad popular, sino que había violencia, muertes y heridos.

Los resultados dependían pura y exclusivamente de la fuerza bruta, de quien cometiera más fraude, pero un fraude elemental, grosero y primitivo. Los sufragios no eran obligatorios y se efectuaba en público y de viva voz en el atrio de las iglesias.

El día de las elecciones, bandas de patoteros armados revoloteaban en torno a los atrios vigilando estrechamente el proceso, ya que el que votaba en contra ponía en peligro su identidad física.

Años más tarde cuando apareciera el voto comprado, Carlos Pellegrini lo tomaría como un gran avance civilizador, ya que el fraude por violencia fue remplazado por el fraude por soborno.

En 1862 Bartolomé Mitre fue elegido como candidato único sin opositor al frente, en una elección poco concurrida. Comenzaba un nuevo período en la historia argentina que duró 18 años dando inicio a las presidencias históricas que continuó con Sarmiento (1868-1874) y Avellaneda (1874-1880) en el cual se terminó de consolidar la Organización Nacional.

Las presidencias fueron consecuencia de la guerra entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina que se resolvió con el triunfo porteño en la Batalla de Pavón, que llevó al gobernador de Buenos Aires, Bartolomé Mitre, a tomar de facto la presidencia de la Confederación Argentina en 1861.

Esto sucedió con posterioridad a la Reforma constitucional de 1860, que formalizó la integración de Buenos Aires a la Confederación Argentina, organizada nueve años antes por la constitución de 1853.

La revolución de Mitre

La derrota electoral de Bartolomé Mitre en las elecciones de 1874 frente a Nicolás Avellaneda hizo estallar una revolución de su partido, con la excusa de que éste había triunfado gracias al fraude. El fraude había existido, pero lo habían usado ambos bandos y el propio candidato derrotado también.

La fecha programada para la revolución era al día siguiente de la asunción de Avellaneda, pero como sus preparativos fueron descubiertos, se lanzaron a la rebelión antes de esa fecha. Poco después estallaba otra en San Luis y el sur de la provincia de Córdoba, dirigida por el general José Miguel Arredondo, que nunca llegó a coordinarse con la primera.

A comienzos de noviembre de 1874, el desplazamiento de las tropas revolucionarias había advertido a los gubernamentales sobre sus propósitos, por lo que decidieron organizar una nueva fuerza llamada División del Oeste Gubernista con 900 hombres, al mando del coronel José Inocencio Arias para cerrarles el paso.

Por varias semanas, el grupo de Mitre, inicialmente dirigido por el general Ignacio Rivas, recorrió el sur de la provincia de Buenos Aires, reuniendo soldados de la frontera con los indios y voluntarios armados, hasta llegar a reunir casi 5000 hombres, incluidos muchos nativos amigos. Pero las provincias que se habían comprometido a apoyarlo, especialmente Corrientes y Santiago del Estero, no se unieron a la revolución.

El 24 de noviembre de ese año, el coronel Arias siguió hacia la estancia La Verde (ubicada en el partido de 25 de Mayo) y Mitre estaba en el fortín 2º. Ambos desconocían las posiciones de sus rivales.

En la madrugada del día siguiente, las fuerzas de Mitre se pusieron en marcha rumbo al norte incorporando 600 hombres al mando del coronel Jacinto González quien le informó al ex presidente sobre la presencia de Arias en la estancia La Verde por lo que ordenó a la división de Ocampo adelantarse para estudiar las posiciones.

Por su parte Mitre avanzó con la 2º división y ordenó acampar a 7 kilómetros de distancia contra el rival. Sin noticias de Ocampo, Mitre envió una partida dirigida por José F. Caro en reconocimiento quien, junto a sus hombres, fue interceptado por las posiciones adelantadas de los gubernamentales. Tal vez tratando de sacar partido de la situación afirmó que era un parlamentario enviado para negociar la rendición.

El comandante dejó en libertad a Caro con las siguientes palabras: “Prevenga usted a los generales Mitre y Rivas y a los coroneles Borges, Segovia, Murga y Ocampo, por si acaso lo han olvidado, que a sus órdenes combatí en los esteros, en los montes y en las trincheras del Paraguay. Dígales que el comandante Arias y sus tropas están resueltos a morir peleando”.

En las primeras horas del 26 de noviembre Arias se atrincheró en el edificio del casco de la estancia y en los montes inmediatos estratégicamente. Además ordenó levantar parapetos entre los árboles y distribuyó a sus hombres.

Por su parte Mitre, confiado por diferencia numérica de personas, rodeó la posición con la intención de un arreglo para dar fin a la revolución, pero a las 7 y con el sol saliente, Borges ordenó el asalto y se inició la lucha.

Los rebeldes se lanzaron a la carga, buscando el cuerpo a cuerpo. Los gubernamentales los dejaron acercarse y cuando los tuvieron dentro del campo de tiro abrieron fuego.

Fue una verdadera carnicería, con oleadas de atacantes que se estrellaban contra la barrera de fuego, sufriendo gran cantidad de bajas. Los gauchos de la caballería mitrista desmontaron y corrieron al ataque con lanzas y cuchillos dirigiéndose a una muerte segura enfrentando a soldados con armas más modernas de largo alcance y tiro rápido.

La desventaja numérica de Arias podía ser compensada sólo por la mejor capacidad de fuego de su infantería, la excelente posición defensiva, y la disciplina profesional de sus hombres del 6º de Infantería, veteranos de la guerra del Paraguay.

Tras varias horas de lucha, a las 9, Mitre ordenó la retirada, al tiempo que encomendaba al coronel Segovia a que levantara los heridos y enterrara los muertos, ya que perdió miles de hombres.

Arias no intentó ninguna persecución, pero envió una carta: “Mi estimado y respetado general: desde el momento en que emprendió la retirada me he ocupado de recoger sus heridos y atenderlos lo mejor posible a quienes les cedimos nuestras pobres camas. Si puede hacerme saber de Borges, yo se lo agradecería en el alma”.

Arias estaba preocupado por su amigo Borges (abuelo del escritor Jorge Luis Borges) quien había sido herido gravemente falleciendo dos días después a los 39 años.

Rendición en Junín

Mitre, derrotado se reunió con el consejo de guerra para convenir los pasos a seguir, momento en que recibió un mensaje de Arias para tener una reunión en la cual le pidió que se rindiera prometiéndole todos los honores.

Mitre no rechazó la idea de una rendición, pero la condicionó a varios factores: los jefes y oficiales que participaron en la rebelión debían recibir garantías específicas y los soldados y ciudadanos tener plena amnistía, mientras que él quedaba a disposición del Gobierno. De inmediato Arias envió a Buenos Aires a Juan José Lanusse para elevar la propuesta al presidente Nicolás Avellaneda.

El 27 el ex presidente siguió su marcha por 9 de Julio, Bragado con destino final que sería Junín, donde permaneció unos días en la casa de su amigo Narbondo, ubicada en el terreno en que se encuentra la actual Escuela Técnica Nº 1 (ex Industrial). Estos pasos confirmaban que había dado por terminada la revolución.

El 1 de diciembre Mitre entraba a nuestra ciudad, al igual que las tropas gubernamentales del coronel Hilario Lagos, dependiente de la división comandada por Julio Campos. De todas maneras Arias también se acercaba, ya que había seguido a los rebeldes desde 25 de Mayo donde recibió refuerzos de Luis María Campos, al mando de los tenientes Nicolás Levalle y Conrado Villegas con quienes estaba en condiciones de combatir exitosamente a los revolucionarios.

Ya en Junín, Arias solicitó una nueva reunión desconociendo que Avellaneda había aceptado la amnistía para los ciudadanos y tropas de Mitre, pero exigía que los jefes fueran castigados por lo menos con destierro.

Al separarse, Mitre felicitó a su vencedor por su ascenso a coronel y le dijo: “Quizá sea usted el único jefe que puede mostrar sus despachos con el visto bueno firmado por el enemigo y con el asentimiento del pueblo”.

Horas después, el coronel vencedor, rodeado por sus jefes y oficiales, se trasladó al campamento del ex presidente derrotado quien, junto a sus camaradas, fue tratado con el mayor respeto y entregaron sus armas a los gubernamentales.

El 3 de ese mes, las tropas revolucionarias, escoltadas por los vencedores, marcharon hacia Chacabuco, pasando por Chivilcoy hasta llegar a Mercedes donde fueron desmovilizadas y disueltas.

El coronel José Inocencio Arias, al frente de sus soldados, entró en triunfo a Buenos Aires por calle Florida. La tropa desfiló llevando una cinta verde en el caño de los fusiles.

En cuando al general Bartolomé Mitre y el resto de los jefes de la revolución fueron trasladados a la cárcel de Luján.

Poco después, Arredondo era derrotado y apresado en la batalla de Santa Rosa, con lo que la revolución fracasaba y el gobierno de Avellaneda podía continuar su curso en paz.

Siguientes años

Arias fue premiado con el ascenso a coronel, llegó a ser general y gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1910 falleciendo dos años más tarde ejerciendo ese cargo.

La carrera política de Mitre pasó a un franco segundo plano desde entonces, convertido en una especie de leyenda histórica viviente, que distintos grupos usaron para sus propios fines, pero nunca realmente volvió a reunir apoyos personales tan importantes como hasta esa fracasada revolución.

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