“Te pueden contar que hay desnutridos, pero verlos es muy duro”, indicó Analía Guilera .
“Te pueden contar que hay desnutridos, pero verlos es muy duro”, indicó Analía Guilera .
ATENCIÓN PRIMARIA DE LA SALUD

Pediatras rojenses realizaron tareas solidarias en un pequeño pueblo de Salta

Analía Guilera y Victoria Menoyo son médicas y trabajan en el Hospital Municipal. Forman parte de la ONG Adesar y, junto a otros profesionales de esta fundación, emprenden viajes al norte argentino para atender a poblaciones originarias que viven en sectores aislados y muy precarios del Chaco salteño.

Alto La Sierra es un pequeño pueblo ubicado en el Chaco salteño, a casi 600 kilómetros al noreste de la ciudad capital. Viven allí unas cuatro mil personas, la mitad de ellos son niños, y la población está compuesta mayormente por miembros de la comunidad wichi. Llegar a este punto aislado en el mapa es arduo: primero se toma desde Salta la Ruta Nacional 34 hasta Campo Durán, donde está el empalme con la Ruta Provincial 54 que lleva hasta Santa Victoria Este, luego se toma la Ruta Provincial 138, totalmente de tierra, y se recorren los últimos 65 kilómetros. Este tramo final puede llevar entre cinco o seis horas de viaje, dependiendo de las condiciones del camino, casi impenetrable.
Buena parte de las familias viven en el pueblo, y muchas otras, en lo que se conoce como monte, este lugar está a unos 40 kilómetros de la frontera tripartita con Bolivia y Paraguay. Allí las condiciones son totalmente precarias: tienen chozas como casas, cuatro palos de pared y una lona como techo, no tienen luz y tampoco agua potable. No tienen calzado ni condiciones de higiene. Son los olvidados.
Desde noviembre de 2016, y cada 45 días, un grupo de profesionales de la salud miembros de la ONG Adesar (Asociación para el Desarrollo Sanitario Regional), llega para brindarles atención en terreno. Desde distintas ciudades, obstetras, ginecólogos, infectólogos, pediatras, generalistas y bioquímicos de Hospitales del interior, del Hospital Muñiz y del Hospital Alemán, se agrupan para realizar el viaje solidario. Una vez en el lugar, se instalan en el Hospital del pueblo –que no tiene médicos, ni ambulancias, mucho menos especialistas- y durante cinco días se procede a recorrer la zona, en busca de las familias aisladas para atender aquellos casos, de embarazadas, niños y adultos, en situación de riesgo.
Victoria Menoyo y Analía Guilera son dos médicas pediatras rojenses que en la actualidad desempeñan su profesión en el Hospital Municipal. Victoria obtuvo su título de graduación en la Universidad Nacional de Rosario y Analía en la Universidad Nacional de La Plata, ambas terminaron sus residencias en el Hospital de Niños ubicado en la capital provincial.
Ellas son dos de las profesionales que integran el grupo conformado por Adesar y, en diálogo con Democracia, Analía contó en qué consisten los viajes, cuáles son las enfermedades frecuentes y de qué herramientas se nutren para poder sortear la barrera cultural con las comunidades originarias.

- ¿En qué consiste puntualmente el trabajo en Alto La Sierra?
- Nosotros hacemos trabajo de asistencia en terreno. Armamos un proyecto articulado y con continuidad. Adesar entró en un programa que viene del Ministerio de Salud de Salta y de Nación que se llama Plan Hábitat, hay convenios con distintas ONG y nosotros entramos en la parte asistencial. El Ministerio nos provee de la logística, como los traslados en camioneta hasta el lugar, y también de los insumos que nosotros consideramos que hacen falta para trabajar. Lo interesante es que se le da continuidad a la asistencia y trabajamos las patologías plenamente en el lugar, de manera multidisciplinaria. En lo que es pediatría, atendemos chicos con desnutrición o bajo peso en riesgo de desnutrición.

- Además de la desnutrición, ¿cuáles son las enfermedades frecuentes?
- En adultos hay diabetes, hipertensión, tuberculosis. La mayor parte de los embarazos son de alto riesgo porque las mamás son adolescentes y suelen tener hipertensión, entonces el control del embarazo es fundamental. Si, por ejemplo, vemos que hay un chiquito desnutrido, le ofrecemos a la mamá ponerle un implante subdérmico para no quedar embarazada por tres años, entonces también hacemos control de natalidad. Cuando hicimos el diagnóstico de hidatidosis –un parásito que se transmite al humano por la materia fecal del perro y se instala en pulmones, hígado y riñones- llevamos veterinarios para desparasitar a los animales. Entonces siempre agregamos profesionales en caso de que sea necesario.

- ¿Cuáles son las dificultades en cuanto a lo cultural con las comunidades?
- Al comienzo había cierta resistencia, se notaba la barrera cultural, no sólo por la lengua sino también por las costumbres. Sentían desconfianza pero cuando vieron que volvíamos, y que había un seguimiento, cambió totalmente, ahora nos están esperando, volvemos en enero. Los cambios se notan a medida que pasa el tiempo: la primera vez que fui atendí a 63 chicos con bajo peso y en riesgo de desnutrición, de ellos, 22 estaban desnutridos; meses después, de la lista de 22 desnutridos, había menos de diez.

- ¿De qué manera esta experiencia te modificó como profesional y como persona?
- La primera vez que fui, volví muy movilizada, porque te pueden contar que hay desnutridos, pero verlos es mucho más duro. Durante mi formación estuve en Hospitales de derivación y habré visto un solo desnutrido. Para mí fue un antes y un después porque es otro tipo de medicina, distinta a la de la ciudad. Es importante que se sumen médicos en formación, que conozcan distintas realidades, esto es atención primaria propiamente dicha. Las familias no tienen agua, no tienen luz, viven bajo cuatro palos y una lona, totalmente expuestos a la naturaleza.

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