GENERAL PINTO

De una tormenta en el pueblo...

El germaniense Ignacio "Nacho" Alcántara (foto) escribió esta linda nota evocativa sobre su tierra.
En ella expresa:
"Esa noche nos dispusimos a caminar por la avenida Córdoba desde la Comisaría hasta la casa del ´Loco´ Iraola.
El verano había hecho estragos, la sequia era tal, que de lo único que se hablaba en el pueblo, era de la magra cosecha que dejaría la campaña…
De esas noches, siempre quedaba el disfrute del olor a pasto, de la tierra mojada, del rugido de los montes de eucaliptos (de atrás de la vía)… y esa noche no era la excepción: mirando para la localidad Ingeniero Balbín, cientos de relámpagos se sacudían en el cielo y nos empeñabamos a contar cuántos había… imposible por supuesto, y como de esperar, era el preludio de una gran tormenta de verano.
Los altos pastizales que acompañaban el lado derecho de la avenida Córdoba era un festín para los bichitos de luz. Eran grandes y muchos. Esos simpáticos insectos estaban tan incorporado a nuestras vidas, que sólo la distancia y el tiempo -el extrañar- nos terminaba haciendo sentir insignificantes por un momento -en las grandes ciudades-..., nunca más lo volveríamos a ver, no al menos en ese lugar, con ese perfume, con esa tormenta, con ese viento… y en ese pueblo…
Como sea la cosa, seguimos caminando inventando historias, recordando otras, bromeando como todo adolescente. Los eucaliptus de la vía cada vez bramaban más y más y los grandes y legendarios troncos hacían rechinar sus cáscaras quejándose quizás de tanto zarandeo…
Llegamos a destino, dónde entrar sigilosamente y en silencio era la regla número uno: la ´Mari´ Ponti estaba durmiendo, y al otro día, tenía que madrugar para ir al escritorio a trabajar, como religiosamente lo hizo durante toda su vida, y no era cuestión de despertarla…Nos esforzabamos en no pisar algun sapo y evitar que los perros nos ladren, pero si no eran los de un lado eran los del otro , o los propios de la casa, y siempre en pocos minutos, el silencio era interrumpido por una jauría de animales que no hacían más que hacer encender las luces de algún que otro vecino chusma, sabiendo que en una noche de verano, a esa hora no había otra que fuéramos nosotros.
Ya dentro de la cocina, alejado de ese quejar de árboles y ladridos de perros, ceremoniosamente lo primero que se hacía era agarrar la caja de fósforos tres patitos y encender la cocina con la pava llena de agua: sin dudas, eso nos anunciaba que la noche iba a ser larga y la primer ronda de mate invitaba a otra, otra y otra…
Sobre la mesa estaba dispuesto un mantel estampado de flores, las cuales habían sucumbido ante el paso del tiempo, el jabón blanco y el sol.
Sobre una de las puntas de la mesa, cuidadosamente doblada, una frazada -esas de antes- de las que sin sábanas te picaba todo el cuerpo…. y adentro de la frazada, una sábana vieja que indicaba claramente el paso en esa tarde de la chica que planchaba. Inmediatamente la depositamos sobre una esquina, conjuntamente con la pesada plancha, sobre la vieja silla que antaño pertenecía a la cotideaneidad de doña Dora, y disponíamos sobre la mesa, el mazo de cartas, lapicera y papel, y junto a los primeros mates, salía la primera escoba, el primer truco o chinchón, aunque esa noche tocó escoba, porque solo éramos tres.
A la media hora de puro silencio y murmullo, la puerta abria paso a Mari de puro camisón blanco, con los pelos altamente desencajados, quien muy simpáticamente nos preguntaba si había yerba, si todo estaba bien o si necesitabamos algo más….por supuesto la mandamos a dormir ....qué madraza.
Sabiendo ya de que Mari estaba despierta, nos atrevimos a poner el tocadiscos... en aquel entonces sonaba Fabiana Cantilo, Todos tus muertos y el infaltable final de Pink Floyd… como para ir cortándose las venas... ir a dormir bien arriba…
El cenicero de la amistad estaba repleto de cigarros, dos que no eran secreto y uno que estaba oculto y que creo jamás se develó.
Escuchamos las primeras gotas sobre el techo de chapa del fondo, cada vez más fuerte, los sapos empezaron a cantar y esta vez, se había armado grande...y ahí mi comentario recurrente, donde otra vez me preguntaba cómo haria para ir para mi casa que quedaba a 150 metros de la casa del Loco, camino el cual a esa altura de la lluvia, se había convertido en un verdadero lodazal. Por supuesto que el entrenamiento y experiencia desde chico de sortear los caminos con barro, lograba llegando a casa en puntas de pie, con alguna que otra mancha pero sin mayor trascendencia…
Aburrido de los mates, de los partidos de escoba y habiendo ya pasado una ronda de los dados -al 10.000- alguno tenía que cantar el ´tengo sueño´ y así se nos pasaba la noche en esa tormenta de verano, dónde llegar a casa pese al barro es un recuerdo realmente entrañable….", finaliza Ignacio Alcántara.

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