“Mi sueño es limpiar mi técnica y ser bailarín de danza clásica”, cuenta David.
“Mi sueño es limpiar mi técnica y ser bailarín de danza clásica”, cuenta David.
LINCOLN

David Rivas, un adolescente linqueño que sueña con ser bailarín clásico

Tiene 13 años y, desde hace tres meses, vive con su mamá en Capital Federal. Allí toma clases de danza clásica en la fundación Julio Bocca y se prepara para alcanzar la meta: hacer del baile su profesión.

David Rivas tiene 13 años y un sueño: ser bailarín profesional de danza clásica. Nació en Lincoln y allí vivió junto a su familia hasta hace tres meses, cuando se mudó a Capital Federal con su mamá, Marilina Rillo, con el objetivo de estudiar en la Fundación Julio Bocca, ver las obras más destacadas del país, perfeccionar su técnica y luego audicionar para ser parte de los cuerpos de ballet más prestigiosos del país, y por qué no, de otros lugares del mundo. Pero el sueño de ser bailarín trajo consigo una bellísima historia de sacrificio y disciplina, de esfuerzo y pasión, del amor de la familia.

- ¿Te acordás cómo empezó a gustarte la danza?
- A los cuatro años yo miraba dibujitos en la tele y había unos muñecos que bailaban –cuenta David con voz tímida y en compañía de su mamá- a mí me gustaba ver eso, entonces me disfrazaba y los imitaba frente al televisor.
Al poco tiempo de descubrir el universo del baile, David le preguntó a su mamá si él también podía tomar clases en Lincoln, a lo que Marilina contestó que sí, que claro, que buscarían el lugar indicado para hacerlo, que le dijera qué tipo de danza quería aprender.
- Mi mamá me llevó a una escuela de danzas árabes, yo le dije que no me gustaba y, entonces me llevó a clases de reggaetón –a su lado, Marilina sonríe- pero yo no sabía cómo explicarle que a mí me gustaba la danza clásica. Hasta que un día vimos a una nena bailar y le dije que era eso lo que me interesaba a mí.
Comienza el sueño

Durante las vacaciones de verano de 2016, David tomó cursos en el Teatro Colón y decidió que él quería prepararse para la audición. Se entrenó en Lincoln junto a la profesora Mariela Sanin –apasionada de la danza- y se presentó.
El Teatro Colón incorpora por año quince niñas y un varón, por lo que las chances eran muy reducidas y David no quedó entre los seleccionados. Un año más tarde, tomó cursos en la Fundación Julio Bocca y expresó su deseo a Marilina: “acá quiero estar, mamá”. A partir de entonces, la familia de David se propuso acompañarlo y contenerlo para que luche por su sueño.
- Nosotros no podíamos pagar el monto anual que cobra la Fundación pero tampoco teníamos los requisitos indispensables para que nos ofrezcan una beca. Por ese motivo, David ingresó por el Programa Apadrinarte- cuenta Marilina, y agrega-hicimos una carpeta y buscamos empresas de Lincoln interesadas en derivar parte del pago de sus impuestos al sueño de David. De esa manera, logramos casi el total, falta una parte pero la fundación nos da tiempo, se pueden seguir buscando “padrinos” mientras él cursa.
En enero de este año, David y su mamá llegaron a Buenos Aires cargados de expectativas. Marilina había conseguido el traslado en el trabajo, habían logrado alquilar un departamento en la zona de Palermo y así comenzó la nueva etapa repleta de proyectos.

Esfuerzo, disciplina y dedicación

Al comenzar a cursar en la Fundación Julio Bocca, David y Marilina se encontraron con muchas familias en su misma situación, embarcadas en el camino de acompañar a los chicos en el sueño de bailar. “En la Fundación son muy atentos con nosotros, nos preguntaron si habíamos conseguido escuela, si ya teníamos departamento, recibimos mucha contención, porque nosotros fraccionamos la familia para poder apoyar a David, hoy somos dos en Buenos Aires y dos en Lincoln”, cuenta Marilina.
Por los costos y el cansancio que generan los viajes, la familia completa se encuentra cada quince días en Capital Federal y los fines de semana largos, en Lincoln. Al principio, David se levantaba a las cinco de la madrugada, tomaba el subte para llegar a la escuela y, cuando salía, se iba directamente a la Fundación a entrenar. Con ese ritmo de vida aguantó veinte días, se sentía muy cansado y le pidió a su mamá rendir libre las materias de la escuela. Esa decisión tomaron.
Ahora David se levanta solo a las 8.30, desayuna, se pone a estudiar, luego se calienta la comida y se va en subte hasta la Fundación; una vez allí, sus compañeras peinan sus rulos y le hacen el rodete para bailar. Por su parte, Marilina se va antes de casa, trabaja de 9 a 15 -algunos días por la tarde también- y se ocupa de cocinar para que David tenga una dieta sana y equilibrada. Al final del día, lo busca tras su clase de baile y vuelven al departamento a descansar.
- El mundo de la danza es complejo, aprendo con cada paso que da David, tenemos que saber cuáles son los seminarios que le pueden servir, cuáles valen la pena, porque hay gente seria y hay gente que no es seria, así que hay que ir con mucho cuidado- cuenta Marilina y agrega –es un estilo de vida, porque no se trata de ir y bailar en la Fundación, es comer sano, tener una alimentación controlada, ejercitar en tu casa y tener descansos reparadores.
La dieta de David es similar a la de un deportista de alto rendimiento: el 60% de carbohidratos, 30% de proteínas y 10% de grasas por día. Por lo general, Marilina prepara carbohidratos -como pueden ser las pastas- a la noche, “porque se va a dormir y no quema energía, así tiene suficiente para el otro día”, cuenta. En el desayuno David toma leche, jugo exprimido de naranjas, come frutas, vainillas o pan de salvado y queso blanco. También incluye en su dieta frutos secos, barritas de cereal y, cuando entrena, buscan opciones de comidas que sean de digestión rápida y que, a su vez, le den energías para seguir. David y su mamá cuentan que, a pocos días de haber llegado, fueron un domingo a comer a un local de comidas rápidas en familia; al día siguiente, pese a que David se sentía bien, la maestra supo que algo en su rendimiento fallaba.
“Le preguntó a David qué había comido la noche anterior y le dijo que él no podía comer esas cosas”, cuenta Marilina y agrega “a partir de esa experiencia, comenzó a tener una dieta mucho más controlada”.

- ¿Cómo hacen, como familia, para evitar que David sienta presión o se exija demasiado?
- Yo muchas veces pensé “¿Este no será mi sueño?” pero la verdad es que de danza yo no entiendo nada y me he dado cuenta de que cada iniciativa nace de él, como probarse en el Colón, estudiar danza en la Fundación Julio Bocca o rendir libre las materias. Nosotros lo que hacemos es acompañarlo, yo me ocupo de que coma bien, de que esté bien, me tomo el tiempo de escucharlo cuando me cuenta qué aprendió. Y él no sufre su dieta ni su estilo de vida, de hecho, en la Fundación controlan su entrenamiento para evitar lesiones y no exigir el cuerpo. Cuando llegamos a Buenos Aires le dije a David que esto iba a ser hasta que él lo decida. Sin presiones.
El esfuerzo de su familia es inmenso: su mamá saca entradas en el Teatro Colón para que David pueda ver las más prestigiosas obras de ballet de nuestro país, lo lleva y lo espera afuera. Cada peso que ingresa es para comprar alguna prenda de baile que le quedó chica, porque David está en plena etapa de crecimiento. Y la distancia con la familia duele, pero los pasajes son cada vez más costosos.
Los fines de semana muchas veces pasean, pero David prefiere quedarse en casa y escuchar música clásica o mirar videos de ballet. En Lincoln quedaron la barra y el espejo que le habían regalado para su cumpleaños, por lo que ahora utiliza la baranda del balcón y la cámara del celular de su mamá para filmar los movimientos y mirar cómo le salen. Aún queda mucho por delante y la travesía recién empieza.
Un día Marilina pudo saber qué sentía David al bailar, “yo bailo porque siento que tengo algo en el alma y que lo tengo que compartir, no puedo bailar sin público, es un amor que tengo que demostrar a los demás”, le dijo a su mamá.

- ¿Cuál es tu sueño, David?
- Mi sueño es limpiar mi técnica y luego el destino dirá a donde voy a estar. Pero a mí me gustaría hacer un viaje a Rusia, porque están los mejores allá.

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