DIVERSIÓN, COLOR Y CULTURA

Enrique Urcola, el linqueño que le dio las carrozas de cartapesta al Carnaval

El hecho marcó un antes y un después en la historia de la fiesta más popular de Lincoln. En una entrevista con Democracia, su hija Amanda “Goldi” recordó al hombre que trajo la técnica de papel y engrudo a la ciudad.

El 7 de febrero de 1908 nació en Lincoln Enrique Alejandro Urcola, una persona que con su impulso creativo y la pasión por transmitir sus conocimientos definiría, años más tarde, el acervo cultural de la ciudad. Con la edición 2018 del carnaval que terminó recientemente, se celebraron también los noventa años de la primera carroza hecha en cartapesta: en 1928 Urcola presentó un carro realizado con esta técnica, tenía tan solo 20 años y los muñecos ya saludaban y se movían.
De chico, Enrique Urcola ya disfrutaba de elaborar con sus manos objetos que requerían de mucha imaginación y pocas herramientas. A los 16 años comenzó a trabajar en motivos de carnaval, en esa época, se lucían en los desfiles de los corsos linqueños ranchos, barcos y molinos hechos en madera, hierro y chapa. Urcola, al tener el deseo irrefrenable de participar pero no tener dinero para hacerlo, se sumó armando motivos de barro y trozos de ladrillos.

Noventa años

Al iniciar sus estudios de Bellas Artes y trabajar, en simultáneo, como escenógrafo en el Teatro Colón de Buenos Aires, Enrique Urcola conoció la técnica de la cartapesta y realizó el primer carro de este material, aquél que inauguró el Carnaval Artesanal Linqueño, en 1928, hoy declarado Fiesta Nacional. La carroza se llamó Peliculeros y contaba con inmensos muñecos con movimientos que giraban la cabeza, saludaban al público y simulaban filmar la situación.
Según indican los datos publicados en el sitio web del Museo Urcola de Lincoln, aquellos personajes eran manejados manualmente como si se tratase de gigantes marionetas y Enrique junto a otro colaborador iban dentro de ellos activándolos. El motivo no obtuvo solamente el primer premio, sino que marcó un antes y un después en la historia del carnaval.
Tras graduarse como Profesor Nacional de Dibujo, Urcola renunció a su trabajo en el Teatro Colón para regresar a su ciudad natal, Lincoln, y allí creó los cursos gratuitos de dibujo del Ateneo de la Juventud de Lincoln, que dictó ad honoren durante 45 años.

El recuerdo de su hija
Amanda “Goldi” Urcola ya desde chica ayudaba a su padre a armar las máscaras para el carnaval. Hoy, dirige el Museo Enrique Urcola, destinado, según sus propias palabras, “a construir un camino de libertad a través de la creación artística infantil”.
Allí llegan cerca de 300 chicos para realizar actividades vinculadas al dibujo, la pintura, la cerámica y la elaboración de obras en cartapesta con sus pequeñas manos. En el lugar, repleto de arte y color, se atesoran y se exponen las creaciones originales de Enrique Urcola, piezas con muchísimos años de historia.
En diálogo con Democracia, Amanda recordó a su padre, artífice de los Cursos Gratuitos de Dibujo del Ateneo de la Juventud de Lincoln.

- En tiempos de carnaval debe estar más vivo que nunca el recuerdo de su padre…
- Sí, es que nosotros en el museo tenemos mucha obra original de él, muy antigua, y entonces la gente viene y se interesa.En estos días de carnaval estoy reviviendo muchas cosas y por ese motivo está más vivo que nunca. Para nosotros es muy lindo, aparte de que es mi padre, porque es el patrimonio de Lincoln y es una historia muy importante para todos nosotros.

- ¿Los chicos se interesan por aprender en los talleres que dictan?
- A los más chiquitos les encanta, a veces todavía ni saben pronunciar bien la palabra, tienen dos años y medio y te dicen “quiero hacer cartapesta”, hacen muchas cosas lindas. En las escuelas, cuando se quiere hacer un trabajo manual, te piden una pelotita de telgopor, un pedacito de papel brillante, 50 cm. de cinta; en cambio nosotros tenemos grandes cajas con material de desperdicio como cajas de remedios, de huevos, botellitas, cada chico elige algo y hace lo que quiere con eso. Lo más importante para nosotros es el desarrollo de la creatividad, es el camino para llevar a los chicos hacia la libertad.

- ¿Cómo recuerda los días de carnaval en su infancia?
- Los días de carnaval nada tenían que ver con lo que es el carnaval ahora. A la tarde temprano jugábamos de vereda a vereda, de un lado los varones, del otro las chicas, nos tirábamos agua que juntábamos en tarritos de pintura. Al rato nos bañábamos y ya nos disfrazábamos con lo que encontrábamos, no teníamos para trajes. Como no había tantas caretas para chicos, como hay ahora, mi padre nos hacía los moldes y nosotros armábamos la careta con cartapesta -en el museo las tenemos todavía- y nos íbamos al corso. El corso era distinto, la gente no estaba separada por vallas de los motivos, se iba caminando entre los muñecos, era otro mundo. En ese momento, cuando mi padre hacía los carros, los movimientos no eran mecánicos sino humanos, es decir, había que ir adentro con sogas manejando sus movimientos.

- ¿Ayudaba a su papá a armar las carros para el carnaval?
- Si, yo le pintaba los motivos porque cuando lo formaron en Bellas Artes era todo muy naturalista, lo que era rojo tenía que ser rojo y lo verde, verde. Él a mí me educó en la libertad, entonces yo pintaba más como una impresionista que como una antigua pintora, toda la vida estuve entre la cartapesta, los papeles, los colores y los carros.

- ¿Cómo definiría a Enrique Urcola?
- La definición de mi padre es que fue un hombre íntegro. Fue una persona solidaria. Trabajó 45 años gratis por la cultura de Lincoln, porque no solo fue el carnaval, a sus talleres iban casi 200 chicos, les enseñaba gratis y les daba los materiales. Pero como él era pobre hacía los útiles: los lápices, las carbonillas, los marcos para colgar los dibujos y los banquitos para que se sienten los chicos. Él también creó la primera escuela para adultos, hacían ollas populares para chicos, entonces, fue un hombre que vivió para su ciudad, era muy filósofo y divertido al mismo tiempo, inventaba versos, rimas, nunca lo oí decir malas palabras, él no gritaba, era una persona realmente muy especial.

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