“No hay que dejar de luchar por los sueños”, dice Jorgelina Perissi.
“No hay que dejar de luchar por los sueños”, dice Jorgelina Perissi.
EMPRENDEDORA LINQUEÑA

“Lograr abrir dos negocios no es fácil para una mujer sola, pero tampoco imposible”

Jorgelina Perissi fue ama de casa, empleada doméstica y de comercio. Nunca perdió de vista que su vocación era la repostería y alcanzó su sueño: abrir una panadería y una casa de té.

Hace 22 años Jorgelina Perissi (47) llegó desde su pueblo natal, Huinca Renancó, al sur de Córdoba, para radicarse en Lincoln. Se casó, tuvo tres hijos y, mientras los chicos tuvieron entre ocho y doce años, Jorgelina se dedicó a ser ama de casa. Sin embargo, con el paso del tiempo, las necesidades comenzaron a ser mayores y supo que debería salir a trabajar para reforzar los ingresos del hogar y así poder solventar los gastos de la familia. Ese fue el primer paso en un camino nuevo, hasta entonces desconocido, que conduciría al desarrollo de un proyecto personal y exitoso, alcanzado por la vocación, el esfuerzo y la constancia.

“Me puse en busca de trabajo y una amiga me dijo ‘¿te viene bien cualquier cosa?’, yo le dije que sí y me tomaron en una casa de familia para hacer trabajos domésticos y cocinar”, cuenta Jorgelina a Democracia. “Era una familia muy buena, mi patrona se llamaba Norma y recuerdo que ella me dio la receta para hacer una torta de manzanas muy rica”. Lo que siguió fue otro trabajo: dos temporadas en una reconocida heladería linqueña, donde atendía al público y trabajaba adentro. Pero la plata no alcanzaba y la búsqueda laboral continuó. “En ese momento no se estilaba tirar curriculum, había que ir golpeando puertas y presentarse; me anoté en varios negocios, principalmente en panaderías, porque me encantaba la cocina, había hecho algunos cursos, es algo que siempre me gustó, mi vocación es la repostería, pero hasta ese entonces no lo había descubierto”, dice Jorgelina.

Pasaron algunos días y la llamaron para trabajar en una fábrica de camisas. Se puso feliz, las expectativas eran altas, parecía un buen trabajo y, junto a sus hijos, celebró la nueva oportunidad. Sin embargo, en ese lugar trabajó un solo día. “Llegué llorando a casa, hubo cosas que no me gustaron, no me sentía cómoda, no era para mí, me ponía mal porque tenía la sensación de fracaso, me preguntaba cómo podía ser que ese trabajo me superara”, cuenta hoy Jorgelina y agrega “pero no bajé los brazos, seguí buscando, fui a una panadería y hablé con la hija de la dueña, me presenté, les gustó el trato conmigo, la chica hacía repostería y me dijo ‘dejame que hable con mi mamá, porque a mí me vendría bien que te incorpores al equipo’”. Y allí comenzó a escribirse otro capítulo de esta historia, donde el arte de amasar y elaborar cosas ricas comenzaba a ser protagonista.

Su actividad en la panadería se extendió por once años, allí cumplía jornadas de ocho horas y la economía familiar comenzaba a encaminarse. “En ese trabajo siempre di lo mejor, como si fuera mío, hasta que un día la dueña decidió vender el local y me costó desprenderme”, cuenta Jorgelina, “ese fue el momento para dar el primer paso e intentar tener mi propio negocio, que era mi sueño”. Si bien le ofrecieron continuar con la firma nueva, ella prefirió emprender su proyecto personal, lo que implicó que, durante seis meses, no tuviera trabajo. “Fue difícil, tenía a uno de mis hijos estudiando y no había dinero”, recuerda.

Nacen Las camelias y Sólo un instante

En 2012 Jorgelina Perissi cumplió su primer sueño y abrió la panadería Las camelias. “Tuve la suerte de cruzarme con buena gente, había proveedores que yo conocía de la panadería anterior, mis clientes, porque hacía trabajos de repostería en mi casa también y ellos siempre me acompañaron, eso fue importante, mi papá me ayudó con buena parte del dinero, pero ocurrió que en los bancos no me daban plata, porque yo no tenía nada, la bicicleta en la que andaba era prestada, hasta que di con un banco que me dio una gran mano”.

Jorgelina destaca el trabajo del equipo, de sus compañeras de la panadería en la que trabajó once años, que ahora elegían sumarse a su emprendimiento. “Agradezco su confianza, porque el primer día no teníamos ni una moneda en la caja” recuerda, y agrega “por eso creo que toda persona es capaz de lograr sus proyectos, yo he luchado mucho, he golpeado muchas puertas, y hasta no he podido dormir, pero le digo a la gente que se anime, o que por lo menos lo intente”.

Foto: Marcos Cenicero

(Foto: Marcos Cenicero)

Los primeros cuatro años de la panadería fueron exitosos y las ideas comenzaban a crecer en la mente de Jorgelina: “siempre había querido poner una mesita para que la gente pueda tomarse un café o un jugo, pero luego conocí al dueño del lugar donde funciona hoy la casa de té, se dio la oportunidad de abrirla y está cerquita de la panadería; esa persona me ayudó mucho, no tuvo problemas en remodelar el edificio, siempre estuvo conforme y le gustó, así nació Sólo un instante”.

El emprendimiento personal y exitoso también implica estar dispuesto a la renuncia. “Una vez que se llega a la meta no hay que tirarse en un sofá y mirar cómo pasan las cosas, hay que trabajar aún más para mantenerlo, sobre todo en estos momentos complicados, en dos segundos se viene todo abajo, y yo no estoy sola, tengo a nueve empleados, son nueve familias detrás de mí; es mucho trabajo y esfuerzo”, define Jorgelina, al tiempo que dice “no tengo un día para ir a caminar, no tengo un fin de semana, recién después de cinco años me tomé una semana de vacaciones, a veces vienen mis hijos y me dicen ‘queremos comer algo’ y yo no tengo tiempo de hacerles un plato de comida, mientras ellos fueron chicos les di todo, siempre, pero hoy tengo que dejar de lado cosas muy importantes, como ir a ver a mis padres, que ya están grandes”.

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Los miedos y las dificultades también ocuparon un lugar importante. Como mujer emprendedora, Jorgelina considera que “estoy sola para las dos cosas, tengo el apoyo de mis hijos y mis amigos, es difícil para una mujer sola, pero no imposible, se llegó y la voy a seguir luchando porque amo lo que hago y sé que es mi vocación. A veces me da mucho miedo, no duermo pensando en la situación económica, por ahí de afuera se ve todo rococó, porque yo soy de estar bien y darle para adelante, pero de vez en cuando llego a casa y me siento devastada porque es mucho, al otro día me levanto y sé que esto es lo que quiero”.

Hay una cuestión que Jorgelina decide no pasar por alto y que trasciende su satisfacción personal de tener una panadería y una linda casa de té: “soy ambiciosa del crecimiento, de poder entregar al otro, a mis padres, mis hijos, a mis clientes, a mi equipo de trabajo, porque siempre deseé poder crear fuentes de trabajo. Y lucho para eso. Mis hijos ya tienen su estudio, yo estoy sola, no debería estar renegando con todo esto, tiene cosas buenas y cosas difíciles, pero pienso que quiero que las fuentes de trabajo sigan, que el equipo se mantenga. La realidad es que sin ese equipo yo hoy no estaría contando todo esto”.

El rubro gastronómico es uno, si no el más, delicado de todos en lo que concierne a calidad, higiene y atención. “siempre trabajé con crema natural, toda la repostería es casera, entonces la materia prima y la mano de obra es más costosa, no uso pre mezcla ni cremas artificiales, los números son otros, pero el cliente se acostumbró a eso, el cliente es exigente, y uno vive de ellos, entonces, bajo las condiciones económicas en las que estamos, ajustaría en un montón de cosas pero jamás en calidad”, asegura Jorgelina.

Ella sabe que su historia puede motivar a que muchos otros se entusiasmen. Si una persona hoy le preguntara qué hacer, ella diría “que se animen, nunca hay que dejar un sueño de lado, hay que proponérselo fríamente, saber los riesgos que se corren pero dar el paso adelante, con intentarlo no se pierde nada”.

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