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ESTO QUE PASA

El reinado del corto plazo

A un mes del baldazo de agua fría que significaron las elecciones primarias del 11 de agosto, el Gobierno se encuadró ahora en varias rectificaciones sensibles.

Es un proceso cuya celeridad no debería sorprender. No es la primera vez, ni será la última. Tras varios días iniciales de negación, estupor y rabia, el Gobierno ratificó que en materia de pragmatismo es imbatible. Para muchos, la verdad es que tal pragmatismo no sería tal, sino la mera utilización desprejuiciada de una profesional capacidad de adecuación, que ha sabido exhibir siempre el grupo gobernante. A un mes del baldazo de agua fría que significaron las elecciones primarias del 11 de agosto, el Gobierno se encuadró ahora en varias rectificaciones sensibles: admitió que hay inflación en la Argentina, reconoció que la crisis energética es delicada y que estamos en déficit, aceptó elevar el mínimo no imponible para pagar “ganancias”, y terminó aceptando que el drama de la criminalidad es grave, al punto de convocar a un menemista de paladar negro y confesa debilidad por la mano dura para que tome en sus manos el hierro caliente de la provincia de Buenos Aires.

Pragmatismo

Todo es mucho y se hizo en muy poco tiempo. El veloz giro ¿a la “derecha”? del Gobierno pone negro sobre blanco un asunto central.
Aunque muchos de sus alfiles viven seducidos por una nostálgica pero retórica melancolía ideológica, en el centro de conducción lo que prevalece es un practicismo galopante. Se han metido a retocar fuertemente asuntos gruesos del anterior discurso oficial. Impuestos, costo de vida, seguridad y energía eran cuestiones en las que el oficialismo se había abroquelado con un empecinamiento tan rústico que desconcertaba.
En muchas ocasiones, tal como se ha ido demostrando, el Gobierno no ha modificado su viejo apego a berretines con el solo propósito de no aparecer cediendo al reclamo. Cuando le tocaba ceder, lo hacía adoptado y ejecutando proyectos generados por la oposición, como la asignación universal por hijos, de los que se apoderaba. Ahora es diferente.
En el capítulo al que los argentinos llaman “seguridad”, un eufemismo para aludir a la delincuencia, Daniel Scioli terminó cediendo parcialmente la cabeza de Ricardo Casal dejándolo como ministro de Justicia, pero lo hizo para entregarle el manejo de la policía a un personaje de ribetes muy singulares. Alejandro Granados es desde ahora la medicina durísima que los partidarios del “modelo” aplicarán a la evidente escena de inseguridad extrema que acosa a la mayor provincia argentina.
En muchos sentidos, Granados es el anti Zaffaroni en su máxima expresión, una especie de contrafigura, gruesa y frontal, de la filosofía encarnada por el juez de la Corte Suprema que el Gobierno considera como su puntal en ese tribunal.
Conviene revisar cómo lo describía hace catorce años el diario Página/12, mucho antes de convertirse en un medio claramente enrolado en el kirchnerismo.
En una crónica de 1999, tras un sonado episodio donde Granados se tiroteó con ladrones, Página/12 escribió: “Hipermenemista de la primera hora, Alejandro Granados cultivó la amistad de Carlos Menem desde antes del ‘89, en su restaurante El Mangrullo, sobre la Autopista Riccheri, o en su casa, el casco de estancia La Celia, en los bosques de Ezeiza, donde se celebró el triunfo menemista de 1989 con un asado descomunal.
En la cancha de fútbol de la estancia solía jugar al fútbol la comitiva presidencial, cuando no jugaba de local, en la quinta de Olivos”.
Recordó el diario en aquella oportunidad que Granados promovió la doctrina (Carlos) Ruckauf para combatir la inseguridad, con una propuesta clara: “Tenemos que meter mano dura” contra los delincuentes”, algo que dijo tras un tiroteo que mantuvo una madrugada con tres jóvenes que intentaron robar su casa”. La crónica no permite eufemismos. Según Página/12, Granados llamó a la población a armarse “porque estamos en guerra con ellos (los delincuentes) y la guerra hay que librarla: es a matar o morir”. Consignaba aquel día ese diario que Granados se explicó con contundencia: “En estos momentos, en ninguna casa debe faltar un arma”. Ya en ese momento el hoy ministro de Seguridad de Scioli se ufanaba de poseer un revólver calibre 38 especial, eso sí “declarado y como corresponde”.

Carapintadas

Pero eso no era todo. En los meses finales del gobierno del presidente Carlos Menem, Granados se mostraba esperanzado de que el entonces designado ministro de Seguridad bonaerense, el ex cabecilla carapintada, Aldo Rico, controlaría la inseguridad en la provincia manejada entonces por Carlos Ruckauf.
“Tengo muchísima fe que la gestión de Rico va a ser más que buena”, fijo sin pestañear. Vicegobernador de Ruckauf era en ese momento Felipe Solá, hoy enrolado junto a Sergio Massa. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso el diputado Carlos Kunkel no hizo campaña en San Miguel por Rico hace pocos años, y se manifestó hermanado con ese militar, al que consideró un compañero?
Una legendaria característica del peronismo es que lo que a veces es derecha, en otras ocasiones es izquierda.
El compañero de hoy puede ser enemigo mañana, pero pasado mañana podrá ser recibido como compinche de toda la vida. Nada se pierde, todo se recicla.
Granados es dueño de un capital político enorme en la comuna de Ezeiza, donde ganó las últimas cinco elecciones municipales con guarismos aplastantes: 54.5% en 1995, 58.7% en 1999, 46.35% en 2003, 52% en 2007 y 66.7% en 2011.
Más allá de la catadura del personaje, no le sobran al kirchnerismo figuras de ese peso electoral y en consecuencia el perfil ideológico de personaje es lo que menos inquieta al Gobierno, así como tampoco le hace ruido la progresiva deriva de Granados por Menem, Ruckauf, Rico, Eduardo Duhalde y los Kirchner.

Naturalidad

El punto es, precisamente, la coloidal versatilidad de un gobierno que ejecuta con pasmosa naturalidad los volantazos más asombrosos.
El plan de operaciones de cara al 27 de octubre exhibe, precisamente, ese realismo todo terreno que revela la raíz peronista del kirchnerismo, mal que les pese a los peronistas enfrentados con el Gobierno.
En realidad, al Gobierno le ha ido quedando un terreno cada vez más estrecho para ufanarse de su coherencia ideológica, y ese espacio es el de la retórica internacional.
Terreno favorito de Cristina, el ámbito de los viajes, las “cumbres” internacionales, las proclamas y los protocolos se sigue prestando para que el Gobierno se especialice en declaraciones finalmente despojadas de consecuencias comprometedoras.
En ese segmento temático, el Gobierno se golpea el pecho, ataca a los “buitres”, castiga a Europa, se conmueve con los gobiernos bolivarianos, le da lecciones a Estados Unidos y se declara partidario de la paz en Medio Oriente, sin criticar en lo más mínimo a regímenes que, como el del libio Muhamar Gadafi hace años y el del sirio Bashar El Assad ahora, han contado con la cordialidad explícita de Cristina.
Pero a la hora de las efectividades conducentes, el pulso no tiembla: hay inflación, el impuesto al salario era vergonzoso, nos quedamos sin hidrocarburos y hay que armarse para hacerles la guerra a los delincuentes. Son ejemplares; ni el pudor ni el ridículo son sentimientos que los mortifiquen.

Encrucijada

Estos tramos previos a las legislativas de octubre revelan de qué manera curiosa el oficialismo asume el mensaje del 11 de agosto.
Es una encrucijada en la cual el kirchnerismo actúa en los hechos unos cambios que no explicita formalmente.
Los muestra como señal de sensibilidad ante lo que expresa la voluntad popular, no como resultado de sinceras evaluaciones de las que surja una rendición de cuentas.
En lo más efectivo, ratifica su tozudez, como lo revela la asombrosa permanencia en el elenco ministerial de Guillermo Moreno, Héctor Timerman y Hernán Lorenzino.
En una sociedad aparentemente impávida ante estos zigzagueos, estas diagonales tácticas no sólo no asombran sino que hasta incluso podrían generarle ciertos resultados modestamente favorables en el corto plazo, en una Argentina que vive perennemente instalada en el corto plazo.

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