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ESTO QUE PASA

La perdida capacidad de asombro

Nuevamente, el oficialismo no se privó de ninguno de sus hábitos ya inconfundibles: varias decenas de militantes coreaban y aplaudían frenéticamente, dándole clima de tribuna futbolera al apoderamiento de la mayor empresa del país.
Había que ver las caras de ministros y gobernadores cuando la locutora oficial leía, con el tono marcial de las proclamas bélicas, el decreto de expropiación de la sociedad anónima YPF. Demudados, cabizbajos, claramente ignorantes de lo que se les estaba anunciando, se notificaban de lo resuelto por la presidente en el momento de participar de la ceremonia.
Aquí se advierte uno de los rasgos dominantes de la Argentina de 2012: al anunciar todo desde arriba y sin atenuantes o intermediaciones, el país revela lo que Eduardo Fidanza ha bautizado como "pérdida de cualquier forma de interlocución significativa".

Decisiones tomadas

Dicho de manera pedestre: el Gobierno no habla con nadie, ni siquiera con su propia tropa, ya adiestrada para escuchar y obedecer. Si la Presidenta hubiese anunciado esta semana que se expropiaba YPF para venderla enseguida, por ejemplo, a una corporación china, la hinchada camporista hubiera vociferado de la misma manera en adhesión al hecho.
De relieve decisivo es la pulverización de las opciones de centroizquierda. Tras el anuncio espectacular, radicales y socialistas se zambulleron para revalidar pergaminos: nadie es más estatista ni más defensor que ellos de las políticas de regulación estatal.
Aun cuando el apoyo de socialistas y radicales a anteriores medidas del kirchnerismo les enseñó que la cuestión no pasaba por la ideología, y aun cuando han verificado que una vez que reciben el apoyo de esos votos en el Congreso, luego lo que ejecutan es otra cosa, la UCR y el Partido Socialista vuelven a reivindicar su adhesión a "banderas históricas", como patéticamente barruntó el senador radical Ernesto Sanz.
La disolución de la condición de alternativa que oportunamente supieron reclamar radicales y socialistas, certifica un hecho grave: hoy en la Argentina no hay perspectivas de contrapesar el gigantesco poder del Estado. Hasta las gobernaciones e intendencias en manos de fuerzas no kirchneristas, reportan al ritmo del Gobierno.

La empresa española

La española Repsol no sólo no es una empresa especialmente virtuosa; es evidente que fue socia del Gobierno durante estos nueve años. Fue Repsol la que aceptó el concubinato con el Grupo Esquenazi para asociarlo a YPF con la curiosidad de que compró su participación de la cuarta parte del capital accionario con las propias ganancias de la compañía.
De modo que Repsol compró su compra con la palanca del Grupo Esquenazi. Ésa es la verdad, que nunca explicó el Gobierno K cuando eligió al socio argentino de la multinacional española.
Pero si los nueve años de kirchnerismo en el poder implicaban la presencia permanente de un director estatal en el directorio, el Gobierno es más que cómplice del vaciamiento que ahora denuncia con fervor de los conversos.
Si se sigue el razonamiento que hacen ahora los interventores oficiales, el Gobierno es el principal responsable del desastre energético. Cuando el arrogante Axel Kicillof, el súper comisario de la economía argentina, fusilaba con sus palabras la gestión de Julio de Vido y Daniel Cameron, estos jerarcas, autores y responsables de la estrategia energética del kirchnerismo de 2003 a 2012, lucían imperturbables, como si no hubiesen sido ellos, reportando a Néstor y Cristina Kirchner, los principales responsables.

Una reparación soberana

Sin embargo, tras la primera semana de la YPF intervenida hay una conclusión insalvable: salvo la opinión pública informada y exigente, en términos generales puede alegarse que mucha gente vivió la expropiación como una reparación por la frustrada operación mediática sobre Malvinas. Al Gobierno el tema de las islas no le sirvió de nada. Tras dos semanas de barullo y fuegos de artificio, los treinta años de la invasión fueron pura retórica, puestas en escena y débiles golpes de efecto.
La toma de YPF es percibida por mucha gente como un reparatorio acto de soberanía. Y ante este persistente fervor nacionalista fogoneado por el oficialismo, reina la resignación de unos opositores (radicales y socialistas) a los que les cuesta cada vez más diferenciarse seriamente del Gobierno. Es que no se pueden negar que han edificado su personalidad política desde unas convicciones muy parecidas, que trascienden etiquetas y que se encarnan en una fe casi religiosa en la superioridad intrínseca de la propiedad estatal, dogma que comparten peronistas, radicales y socialistas.

Cuestión de memoria

¿Quién se acuerda de que el vicepresidente Amado Boudou enfrenta una investigación por tráfico de influencia y que el juez Daniel Rafecas, que entiende en esa causa podría ser relevado por presión del kirchnerismo?. El gravísimo episodio con Repsol tiene un correlato de proyecciones. Hace ya muchos años que la Argentina es paradigma de un sistemático cambio en las reglas del juego. Lo hizo en 2002 y diez años y tarde este país sigue funcionando, haga lo que haga, como si el mundo pudiera perdonarle siempre todo.
¿Por qué y para qué esa toma de posesión tan agresiva? No es un detalle que un asunto tan colosal se anuncie por TV casi simultáneamente con la irrupción del grupo interventor en la torre de Puerto Madero, donde está la sede de YPF. Estas cosas no suceden azarosamente en un gobierno adicto a los golpes de fuerte emotividad mediática, y que hace un culto supremo del secreto, junto con un diestro manejo de las operaciones de inteligencia para confundir, asombrar y engañar "al enemigo".
Son indudablemente tácticas bélicas, reveladoras de que la Argentina anda por el mundo desde hace muchos años comportándose como el protagonista de una guerra inminente o ya desatada. La sociedad, habituada a las exaltaciones casi cotidianas, ya ni siquiera arquea las cejas con los anuncios despampanantes. Instalada en la turbulencia eterna, la Argentina no se asombra de nada.

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