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LA COLUMNA INTERNACIONAL

Siria: intervención a destiempo

En los próximos días, sin descartar el presente fin de semana, resulta harto probable un ataque occidental –aunque con algunos apoyos provenientes de países árabes- contra objetivos militares sirios.
Tras no pocas vacilaciones, Estados Unidos y Francia parecen resueltos a castigar al régimen dictatorial de Hafez el-Assad por el aún no del todo corroborado ataque con gases químicos en algunos suburbios de la capital del país, Damasco.
Son pocas las certezas y algunas las dudas que subsisten a once días de la fecha en que dicho suceso ocurrió. De momento, se aguarda un informe de una comisión técnica enviada por el secretario general de las Naciones Unidos, Ban Ki Moon, al lugar de los hechos.
Resulta casi incuestionable que el ataque fue tal. El estado de las víctimas revelado por médicos sirios y de organizaciones internacionales no gubernamentales que operan en aquel país, lo confirman.
Pero, allí surgen las dudas, que difícilmente serán disipadas por la comisión de la ONU. La principal es quién llevó a cabo el ataque.
Quienes razonan que no fueron las fuerzas armadas sirias, argumentan que no le va mal, en el terreno militar, al régimen. De hecho arrebató a los rebeldes algunos barrios en Damasco y Homs, y recuperó una ciudad en el sur del país, en la frontera con Jordania.
Según esta línea de pensamiento, no tiene sentido en momentos en que el régimen no está perdido, el recurso a armas químicas menos aún, cuando Occidente siempre puso como límite para su intervención, precisamente, el uso de dichas armas ¿A qué provocar?
Del lado contrario, los argumentos abundan. El primero es la desproporción. La dictadura –con un régimen constitucional de fachada- de Assad emplea aviación, artillería pesada y tanques para dominar una revuelta que solo cuenta con armas ligeras. Así, el uso de armas químicas solo sería una escalada en dicha represión desproporcionada.
Luego viene el argumento de la necesidad –para el régimen- de quebrar, de una vez por todas, la voluntad combatiente de los sublevados. Hasta aquí, la mera desproporción no surtió efecto. No solo el combate continúa, sino que se lleva a cabo con el evidente apoyo en casi todo el país –no así, en alguna región- de la población no combatiente. El objetivo del empleo de gases resultaría pues un recurso para imponer terror entre los civiles con el objeto de cortar el citado apoyo.
Por último, hablan de la cuestión temporal. El gobierno de Assad demoró cinco días para permitir el ingreso al país de los inspectores de la ONU. Luego, bajo distintas excusas, empleó dos días más para llevarlos al lugar de los hechos y así posibilitar el comienzo de sus tareas. Ese tiempo, calculan, fue utilizado para borrar o hacer desaparecer la mayor cantidad de pruebas posibles.
De allí que el informe final tenga un valor relativo. Seguramente, ambas partes descalificarán aquellos párrafos que no les satisfagan y se harán eco de las partes contrarias.

Ataque

Como sea, el ataque parece cosa decidida para los Estados Unidos y para Francia, al menos. Gran Bretaña, luego de someter la cuestión a una votación parlamentaria, quedó afuera de la cuestión ante el voto negativo de todos los laboristas y de 33 diputados conservadores. Para algunos analistas políticos, David Cameron pagó los platos rotos de Tony Blair en la cuestión irakí.
Desde lo estrictamente militar, el ataque se centrará, casi con seguridad, sobre objetivos militares que reduzcan la capacidad de fuego y de lucha del régimen.
Difícilmente dichos objetivos contemplen la destrucción del arsenal de armas químicas. Su posesión, de aquí en más, carece de valor estratégico. Por el contrario, aeródromos militares, puestos de comando y defensas antiaéreas tienen todas las posibilidades de convertirse en los blancos predilectos.
Dejar a Assad sin fuerza aérea o sin posibilidades de operaciones aéreas implicará restarle un elemento esencial de predominio en la guerra civil. Sin proponérselo taxativamente, equivale a implantar una zona de exclusión aérea sobre el espacio similar a la que posibilitó en Libia el triunfo de las fuerzas rebeldes.
Claro que la cuestión es harto peligrosa. Un solo error, un solo “efecto no deseado” que apile cadáveres de civiles significará dificultades políticas internas y externas para los gobiernos involucrados en el ataque. Más aún, si se tiene en cuenta que las encuestas muestran una mayoría de norteamericanos y de europeos contraria al involucramiento en Siria.

Frente externo

El ataque coronará un cúmulo de errores que se suceden desde el levantamiento en armas contra el régimen de Assad. Es como si nada se hubiese aprendido de las lecciones en Irak y en Afganistán.
Desde ya que resulta imposible para quienes creen en la democracia y en la libertad la defensa de regímenes sanguinarios como los de los Assad –padre e hijo- en Siria, como el de Saddam Hussein en Irak o como el de los talibanes en Afganistán.
Pero ello no implica apoyar intervenciones foráneas cuyos resultados siempre fueron malos. A varios años de sus respectivas invasiones y ocupaciones, tanto Irak como Afganistán, no logran salir de las respectivas guerras civiles que los devoran.
Tampoco, la contracara de quedarse de brazos cruzados es la solución. No es posible permitir, en el siglo XXI la violación sistemática de los derechos humanos y la comisión impune de crímenes de guerra, bajo el escudo de la soberanía.
Quizás lo que podríamos llamar el “complejo de Al Qaeda” ayude a comprender los desaguisados que Occidente comete en Medio Oriente, aún en nombre de la libertad y de la democracia.
Cuando hace ya cuarenta años, la Unión Soviética invadió Afganistán, la respuesta occidental no fue el envío de tropas. Probablemente, para evitar la confrontación directa. Pero, así y todo, el resultado exitoso –fracaso para los soviéticos- fue producto de armar a la resistencia afgana. Los soviéticos fueron expulsados del país.
Sí, la consecuencia posterior fue una guerra civil afgana que desembocó en el gobierno de los talibanes y en el santuario desde donde operaba Al Qaeda y su jefe Osama Bin Laden.
Fue, sin dudas, el ataque a las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York, cuanto impulsó la intervención norteamericana aprobada, en dicha ocasión, por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Todo es cierto, pero nadie reparó en una simple –y hasta barata- cuestión que bien pudo evitar todas esas dramáticas consecuencias.
Estados Unidos gastó miles de millones de dólares en armar la resistencia afgana para, después del triunfo, no gastar prácticamente nada en desarrollar el país. Sobraron las divisas para misiles antiaéreos y antitanques, pero nada se invirtió en escuelas, hospitales o infraestructura.
En Siria, el síndrome de Al Qaeda, es el que impidió, a tiempo, armar a los rebeldes que pedían a gritos el apoyo occidental.
La rebelión que comenzó como un reclamo de democracia y libertad por parte de los sectores laicos y moderados de la sociedad siria, pasó a depender cada vez más del aporte y de los combatientes del fundamentalismo islámico.
Por no correr ese riesgo cuando era mínimo, ahora norteamericanos, británicos y franceses tiemblan de solo pensar en una Siria islámica donde, además, los fundamentalistas se apoderen de los arsenales –muy bien nutridos, por cierto- de las fuerzas armadas de Assad.
La cuestión siria debieron arreglarla los sirios con todo el apoyo occidental necesario. Así, como Rusia e Irán apoyan y suministran, sin rubor, armamento a la dictadura.
Las vacilaciones y los fantasmas de ayer llevaron a esta situación no deseada de una intervención militar occidental-aunque sea limitada- cuyas consecuencias para la geopolítica regional y para la comunidad internacional nadie está en condiciones de anticipar como inocuas.

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