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LA COLUMNA INTERNACIONAL

Cocaína latinoamericana y djihad islámica

Sencillo resulta echar culpas sobre el Islam para llegar a conclusiones falsas sobre el terrorismo que afecta al mundo, casi sin fronteras. No obstante, una casi superficial profundización sobre la cuestión revela que, como siempre, la generalización en nada se ajusta a la realidad.
Existe un Islam moderado -y es amplia mayoría- que reserva la cuestión religiosa al libre albedrío de las personas. Catalogable como liberal, separa la religión del Estado.
Junto a él convive otro Islam, también moderado, pero que proclama su deseo de vivir en una sociedad islámica aunque acepta la disidencia y hasta la libertad de culto. Es el caso de la actualmente convulsionada Turquía o de las no menos conflictivas Tunisia y Egipto.
Sobre estos ejemplos, siempre subsiste alguna duda, producto de la no separación del Estado y de la religión. Esa duda es hasta donde convivirán las propuestas de sociedad islámica junto a la de sociedad liberal. Y se traduce por los peligrosos tironeos para sancionar constituciones nacionales. También es el caso de Tunisia y de Egipto.
Luego vienen los casos extremos. Aquellos que proclaman que no queda espacio para la convivencia. Todo debe ser islámico. Es cuanto ocurre en Irán o en Arabia Saudita, más allá de la alianza histórica de esta última con los Estados Unidos y de su muy tímida apertura actual.
Entre estos se debe diferenciar, aunque no resulta sencillo hacerlo, entre quienes pretenden una sociedad completamente islámica limitada a su propio país que son los llamados salafistas quietistas. Y quienes luchan por la imposición del Islam radical en todo el mundo, son los salafistas djihaidistas. Djihad es un vocablo que identifica a la “guerra santa”.
En África, el djihaidismo se encuentra en un estado particularmente activo. Combate en muchos espacios. Sus métodos abarcan, por supuesto, la lucha armada pero incluyen además al terrorismo y, sobre todo, al financiamiento mediante el secuestro extorsivo y el tráfico de armas y de drogas. Al punto que cuesta encontrar la diferencia entre sus motivaciones políticas propiamente dichas y el bandolerismo de sus prácticas.
Si en Afganistán, buena parte del financiamiento de los talibanes se obtiene de los negocios con la heroína cuya materia prima es el cultivo de la amapola, en África, los ingresos provienen -en cuanto a droga se refiere- del transporte y comercialización de la cocaína que no se produce en ese continente, sino en América Latina. Pasa por África y desembarca en Europa.
En el medio, la “djihad” islámica. Un ejemplo de esa ruta es el eje Nigeria, Malí, Tunisia.

Nigeria


Es el país más poblado del continente con 160 millones de habitantes y es particularmente rico en petróleo, aunque la corrupción vigente impide que sus cuantiosos ingresos beneficien a la totalidad de sus ciudadanos.
El petróleo es extraído en la zona Sur del país, ribereña con el Golfo de Guinea, donde la población no es musulmana, sino cristiana y donde quedan la mayor parte de los ingresos petroleros que no se redistribuyen a escala suficiente.
Por tanto, el Norte del país, poblado por hausas musulmanes sufre un considerable atraso. Allí, en la ciudad de Maiduguri, en el estado -provincia- de Borno, surgió en 2002, un imán, Mohamed Yusuf, que denunció la corrupción y llamó a vivir según la charia, la ley islámica. Fundó un movimiento al que denominó Boko Haram que, en idioma hausa, se traduce por “la educación occidental es un pecado”.
La prédica de Yusuf no fue violenta hasta el 2009. En aquel año, una serie de incidentes menores -todo comenzó con el arresto de dos motociclistas de Boko Haram que no portaban casco- radicalizó al movimiento. La violenta represión de las autoridades nigerianas llevó hasta el asesinato liso y llano de Yusuf.
Su sucesor, Abubakar Shekau, proclamó entonces la djihad. Desde allí, Boko Haram es responsable de asesinatos, secuestos extorsivos de europeos -dentro y fuera de Nigeria-, ataques a las comunidades cristianas, a instalaciones petroleras, a dependencias estatales y al ejército nigeriano, en una espiral de violencia cuyo resultado es de 3.600 muertos en tres años.
Boko Haram no opera solo. La “evolución” de sus metodologías demuestran su vinculación con AQMI -Al Qaeda en el Maghreb Islámico- y, recientemente, con el Hezbollah libanés, sostenido por Irán, y presunto responsable del atentado contra la Amia en la Argentina.
El presidente de Nigeria, Goodluck Jonathan, declaró recientemente el estado de emergencia en todo el Norte del país, y ordenó al ejército iniciar operaciones abiertas contra Boko Haram. Estados Unidos ofrece una recompensa de siete millones de dólares por Shekau.
Un peligro de desestabilización y hasta de división territorial se cierne sobre Nigeria.

Malí

Boko Haram, como dijimos, mantiene relaciones privilegiadas con AQMI que opera abiertamente en el norte subsahariano de Malí, vecino de Nigeria. Por allí, transita la cocaína latinoamericana que desembarca en el Golfo de Guinea y atraviesa el Sahara.
Pero, AQMI no es el único transportista. Compite y se complementa con otros tres grupos djihaidistas: Ansar Dine, “defensores de la religión” -operacional desde el 2012-; el MUJAO, Movimiento por la Unidad y la Djihad en África del Oeste -nacido de una escisión del AQMI en 2011- y el denominado “Firmantes por la Sangre, encabezado por el djihaidista argelino y ex combatiente en Afganistán, Mokhtar Belmokhtar, a su vez escindido de AQMI en 2012.
Todo estos grupos beneficiaron del reclamo de independencia del pueblo touareg, cuyo movimiento de liberación nacional, el Movimiento para la Liberación del Azawad, ocupó el Norte de Malí, territorio poblado por touaregs, tras del golpe de Estado protagonizado por el ejército de ese país hace un año.
Si los touaregs ocuparon inmediatamente las ciudades de Gao, Tombouctou y Kidal, con la ayuda de los djihaidistas, rápidamente estos últimos los expulsaron. Luego, la intervención francesa recuperó, para el gobierno central de Malí, los territorios perdidos, pero los touaregs lograron volver a instalarse en Kidal.
Ahora, Malí, por imposición francesa y de sus estados africanos vecinos, debe normalizarse institucionalmente. Las elecciones presidenciales están convocadas para el próximo 28 de julio. Aseguran que se votará también en Kidal donde se desarrollan operaciones militares y donde los touaregs reclaman un diálogo de paz.
Tanto para Francia como para Estados Unidos, Malí es una pieza clave. Por dos razones. Primero, porque produce uranio, materia prima para la energía nuclear, algo que los djihaidistas bien pueden vender a Irán. Segundo, porque se trata de impedir que el Sahara, sobre todo en la frontera entre Malí y la inestable Libia, se convierta en un santuario de los grupos djihaidistas y de su comercio de cocaína.

Tunisia

Tras la revolución que derrocó al dictador Ben Ali, en 2011, y que dio origen a la “denominada” primavera árabe, el país aún busca su institucionalización a través de la sanción de una constitución.
Actualmente, el poder lo ocupa una coalición encabezada por los islámicos moderados del primer ministro Ali Laradeyh pero conformada a su vez por nacionalistas y republicanos.
Junto a los moderados islámicos del partido Ennahda, que significa Movimiento por el Renacimiento, conviven salafistas, algunos “quietistas”, pero no pocos djihaidistas.
Liberado de las cárceles de Ben Ali, en el 2011, al frente de los salafistas cuyo movimiento se denomina Ansar al-Charia, “Partidarios de la Charia”, se ubica Seifallah Ben Assine, más conocido por su alias: Abu Ayub.
La historia djihaidista de Abu Ayub es sumamente importante. Fue él quien introdujo, en 2001, en la residencia del comandante afgano antitalibán Ahmed Massoud, el León del Panjir, a los dos falsos reporteros tunecinos que lo asesinaron por cuenta de Al Qaeda y orden de Osama Bin Laden.
Abu Ayub hoy dirige el Ansar al-Charia desde la clandestinidad y fue quién planeó el atentado del año pasado contra la embajada de Estados Unidos en la ciudad de Tunez.
Hasta ahora Tunisia era una tierra de exportación de djihaidistas que combatieron en Bosnia, Chechenia, Afganistán, Irak, Yemen, Somalia y, actualmente en Siria, en las brigadas Al Nosra. De aquí en más, el gobierno tunecino lo considera un grupo ilegal con vinculaciones con el terrorismo, en particular, con AQMI.
Tunicia queda a poca distancia de Sicilia. Ideal para el tráfico de droga que provenga del eventual santuario en el Norte de Malí y el Sur de Libia.

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