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LA COLUMNA INTERNACIONAL

Italia, al borde de la ingobernabilidad

Italia quedó al borde de la ingobernabilidad. Dentro de exactamente 15 días, el presidente Giorgio Napolitano llamará al jefe de la coalición que alcanzó el primer lugar en las elecciones del domingo pasado, el socialdemócrata Pier Luigi Bersani, para solicitarle que forme gobierno.
Diez días después, Bersani deberá comparecer ante cada una de las cámaras legislativas y someter su lista de ministros a un voto de confianza. Y aquí comienzan las dificultades dado que ninguna de las alianzas o partidos que se presentaron a la elección logró mayoría en ambas.
Veamos. Bersani obtuvo el 29,5 por ciento de los votos, su rival de centroderecha, Silvio Berlusconi alcanzó el 29,2 por ciento. El populista Beppe Grillo llegó al 25,5 por ciento y el centrista Mario Monti -actual primer ministro- sólo fue votado por el 10,5 por ciento.
Estos resultados nacionales implican para Bersani 345 diputados. Para Berlusconi, 125; para Grillo, 108 y para Monti, 45. Aquí, no hay problema. En virtud de una cláusula electoral quien llega en primer lugar asegura una mayoría de legisladores.
La cosa se complica en el Senado porque allí la cláusula de la mayoría ya no es nacional, sino regional. Por ejemplo, quien gana en Lombardía se lleva la mayoría sólo allí. Así, Bersani cuenta con 123 senadores, Berlusconi con 117, Grillo con 54 y Monti con 19. Es decir, ninguno alcanza la mayoría necesaria de 158 legisladores.
El escenario demuestra, de momento, que es posible que el próximo 25 de marzo nadie logre formar gobierno en Italia.

Razones

En otro escenario, la dificultad debería superarse con tres posibles alianzas. La de Bersani con Berlusconi; la de Bersani con Grillo o la de Berlusconi con Grillo. Pero, cualquiera de esas alianzas será vista como una traición por parte de los electores de cada uno, en virtud de las posiciones extremas que demostraron Berlusconi y Grillo durante la campaña.
Bersani fue el “hombre normal” que poco y nada tiene que ver con el “deslumbrante” o “payasesco”, como se prefiera, Berlusconi. Pero, además, el socialdemócrata basó su campaña en la continuidad de la austeridad de Monti, sólo que modificada por una vocación al crecimiento como la que exhibe -por ahora más de palabra que en los hechos- el también socialdemócrata Francois Hollande en Francia.
Berlusconi, en cambio, se presentó con slogans próximos al populismo. Así, no ahorró críticas a la Unión Europea germanizada, según él. Luego, en la tradición centro derechista postuló bajar impuestos y hasta devolver el importe de un gravamen sobre la propiedad adoptado por el gobierno de Monti.
Como se ve, cuanto dice el uno, nada tiene que ver con cuanto dice el otro.
Grillo, en cambio, va más allá. Es una especie de candidato anti sistema. Sus propuestas fueron un referendum para salir del euro, un salario mínimo, la reducción de los gastos militares, la reducción de los salarios de los políticos y del financiamiento de los partidos, Internet gratuito para todos y la reducción de la semana de trabajo a 20 horas. Populismo puro.
Pero además, Grillo, tras conocerse el resultado electoral, descartó cualquier alianza con Bersani o Berlusconi. Claro que su intransigencia bien puede amainar ante la exigencia de responsabilidad que le formula buena parte de la ciudadanía, inclusive parte de sus propios votantes, que no ven con desagrado -aunque sea como mal menor- una coalición con Bersani.

Salidas

Tres escenarios son posibles. Por un lado, la recién mencionada alianza de Bersani con Grillo. No es fácil. Ni al uno, ni al otro agrada. Sólo la puede lograr la presión de la opinión pública ante un temor mayor por la parálisis gubernativa.
Por otro lado, la coalición grande. Bersani más Berlusconi más Monti. Este último sería una imposición de Bersani para mitigar el neo discurso antieuropeo de Berlusconi y para bloquear sus recientes propósitos de reducir impuestos. Harto difícil de ser llevada a cabo.
Por último que, ante la imposibilidad de formar gobierno, el presidente Giorgio Napolitano, encargue a un tecnócrata la constitución de un gabinete cuyo único propósito consistiría en reformar la ley electoral en algún sentido que impida el presente bloqueo.
En los tres casos, y más en el último, la duración del gobierno sería efímera y la necesidad de un nuevo llamado a elecciones -si es con reforma de la ley electoral, mejor- quedará a la vuelta de la esquina.

Europa 1

Dos lecturas son posibles de cara al tema europeo tras los resultados de la elección italiana.
La primera y lineal indica un cansancio del electorado frente a la cuestión. El impresionante resultado de Grillo que, de la nada, pasa a contar con 162 legisladores, así lo indica.
Si a ello se agrega la remontada final de un Berlusconi por quien nadie daba nada hace sólo cuatro meses, la cosa parece clara.
Ambos hicieron una campaña antieuropea. Por ende, los italianos, en el pasado los más entusiastas europeisantes, cambiaron de opinión para reciclarse a un nacionalismo, palabra que en la península nunca está del todo desprendida de un componente fascista.
Cierto es que las recetas europeas, cumplidas casi al pie de la letra por el derrotado Mario Monti, generan resistencias, similares a las que se verifican en Grecia y otras latitudes.
Pero no necesariamente es un voto anti Europa. En todo caso, y esta es la segunda lectura, puede ser un voto anti austeridad europea.
Si bien el gobierno de Monti logró ordenar las finanzas públicas e hizo recuperar la confianza internacional en Italia, no menos cierto es que el costo fue una recesión que se arrastra desde el 2011, un Producto Bruto Interno que mostró una caída del 2,2 por ciento durante el año pasado y un desempleo creciente que, por ejemplo, entre los jóvenes ya totaliza un 37,8 por ciento de la franja. Con todo, en ambos casos, la “popularidad” de Europa decrece. Y criticar a la Unión Europea, sobre todo en la persona de la canciller alemana Ángela Merkel, paga bien.

Europa 2

A nadie le cabe duda que Alemania es la cabeza de la Unión Europea. Una cabeza que es acompañada, en un mismo plano, por Francia.
Si Italia, España, Grecia, Portugal y otros constituyen, en distinta escala, dolores de cabeza para Alemania, ahora la cosa se puso peor, no sólo por las elecciones italianas, sino porque los números de Francia no cierran. Y eso, ya es palabra mayor.
La Unión Europea acaba de informar que el déficit del presupuesto francés supera la barrera acordada del 3 por ciento del PBI. Y si Francia no hace los deberes, es casi imposible pedirle al resto que los haga.
La mala noticia no dejó callados a los alemanes. Altos funcionarios del partido de Ángela Merkel salieron con los tapones de punta. Calificaron a Francia de “niño con problemas” y especificaron que nadie puede mantener una edad jubilatoria a los 60 años y un semana laboral de 35 horas. Como siempre, los alemanes reclaman seriedad y esfuerzo.
Si Francia anda mal, Turquía anda bien. Hasta allí viajó Merkel para relanzar, no sin reservas, el congelado proceso de adhesión de Turquía a la Unión Europea. A favor, el crecimiento y la firmeza de la economía turca, la necesidad de poner un freno a Irán y la situación siria. En contra, la partición de Chipre aún no unificado y con un gobierno títere turco en su zona Norte y las encuestas que muestran que los alemanes no quieren a los turcos como socios en Europa.
Y si de Chipre se habla, de la parte de la isla que sí forma parte de la Unión Europea, los problemas actuales son similares a los de Grecia. Los bancos chipriotas están en bancarrota -arrastrados por los griegos-y los números del país son negativos tanto en materia de presupuestos, como de Producto Bruto Interno y de desocupación.
Chipre pidió urgente ayuda a la UE pero la respuesta se hace esperar. Al mismo tiempo que Italia, Chipre celebró elecciones pero allí se impuso claramente el centro derechista Nicos Anastasiades, partidario convencido de mantener el país en el bloque.
Sin olvidar a Eslovenia, también al borde de la bancarrota donde acaba de caer el gobierno del conservador Janez Jansa que será reemplazado por la socialista Alenka Bratusek y a Bulgaria donde cayó el también conservador Boris Borissov por aumentar las tarifas eléctricas.
Gobiernos que gastan de más, que controlan poco y pueblos que se resisten a pagar los costos del inevitable ajuste que sobreviene después, es el panorama de inestabilidad que asola a buena parte del Viejo Continente.

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