SEXO EN LOS BOLICHES

El otro como mero objeto

A raíz de una brutal violación en un local bailable de esta capital, se ha suscitado un debate acerca de los usos y costumbres que las personas adoptan en algunos boliches. Me refiero a la consumación de prácticas sexuales a la vista de cualquiera.
¿Es que se trata de una naturalización de conductas que arrasan con defensas imprescindibles como el pudor, la vergüenza o la privacidad? ¿O más bien se trata de nuevos conceptos de intimidad que se instalan junto a la exposición de imágenes en las redes sociales, la divulgación de temas personales a cielo abierto y la omnipresencia de cámaras digitales hasta en los mismísimos dormitorios?
La cuestión no acepta una sola respuesta. Habría que preguntarse qué hay para preservar ante los cambios que el nuevo siglo trae consigo. Como primer diagnóstico diría que vivimos en una sociedad tan globalizada como adictiva. No me refiero sólo a sustancias, sino a toda actividad ejercida de manera compulsiva con el fin de obtener una satisfacción inmediata (sea trabajar, salir a correr, mantener sexo, ir de compras, jugar a los caballos o a la play station, comer chocolate, estar en la compu, whatsapear y un muy, pero muy, largo etcétera). El problema es que toda conducta adictiva termina por cosificar al semejante: aquí está el límite que divide aguas cualesquiera sean las modalidades con que las personas decidan compartir la vida.
La cuestión está en el lugar que el semejante ocupa para el logro de esa satisfacción. Si le toca el destino de mero objeto entonces el lazo social se degrada y sobrevienen los tristes fenómenos de violencia que ya conocemos. Entonces, más allá de los usos de cada época, la preservación del pudor y la vergüenza descansa en la posibilidad de que una persona pueda hacerse responsable de sus actos.

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