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La educación como política de igualdad

El inicio de un nuevo ciclo lectivo hace que hagamos foco nuevamente en el sistema educativo. Esto implica hablar de un esquema de necesidades y prioridades. Los argentinos hace mucho tiempo que no tenemos un plan estratégico educativo, integrador y abarcador de toda la sociedad. La educación es el instrumento de igualdad más eficiente que puede tener una sociedad. Los resultados de la aplicación de malas políticas educativas se pagan con una sociedad menos justa e igualitaria, con diferencias cada vez más pronunciadas entre los que acceden a una educación de calidad y los que no.
Los fracasos educativos podemos verlos en los accesos a las universidades, la falta de formación en oficios, la falta de respeto y de conciencia a vivir en sociedad, entre otras consecuencias. Desde el punto de vista socioeconómico, la movilidad social que caracterizó a nuestro país y lo transformó en un faro para toda la región, hoy no existe. Las nuevas generaciones cada vez se parecen más a las de sus padres, que son producto de la aplicación de políticas neoliberales que privilegiaron un esquema de valores basado en la desigualdad y la desocupación.
Es imprescindible retomar los orígenes de nuestro sistema educativo, y los objetivos que planteaba la ley 1420. Es evidente que vivimos un retroceso en cuanto a la igualdad de oportunidades para los niños y adolescentes.
La política educacional debe apuntar a una nueva escuela que asegure calidad en el aprendizaje para todos. Sin una buena escuela pública, no habrá movilidad social y consolidaremos la exclusión social.
Es grave el peligro de una segmentación social entre quienes se incorporan capacitados a la nueva sociedad tecnológicamente avanzada, por un lado, y quienes, por el otro, quedan excluidos y, por lo tanto, marginados de los beneficios del incremento global de la productividad. Esta segmentación laboral amplía la brecha de remuneraciones entre personal calificado y no calificado. Desigualdad y pobreza hacen que sean muchos los ciudadanos que quedarán marginados de los procesos educativos que deberían incorporarlos al nuevo mundo tecnológico. Esta caracterización dificulta cualquier estrategia de crecimiento de una nación, ya que nada es posible sin formación del capital humano.
Por otra parte, el avance tecnológico implica cada día mayores desafíos y para estar a la altura de las circunstancias no alcanza con la especialización en los conocimientos presentes, sino que es imprescindible la adaptación a una frontera tecnológica en rápida transformación. La masificación del acceso a la era digital abre un nuevo desafío. Esto significa una transformación en los métodos de enseñanza.
De todos modos, es difícil que Internet reemplace las clases en la escuela, pero sí nos obliga a repensar todo lo que hacemos. Necesitamos docentes que guíen a sus alumnos a entender qué es una fuente válida y cómo se construye el conocimiento, y que puedan generar pasión y sed de conocimiento.
Es necesario repensar el trabajo y la formación docente, pero la lección fundamental para la política educativa es que sólo si se apoya en los docentes puede seguir el ritmo de los cambios del futuro. Sólo un sistema educativo que confía en sus docentes, que apuesta a su formación puede conducir los cambios que nos desafía el futuro. No hay atajos tecnológicos que reemplacen a los docentes ni hay atajos que hagan que los docentes aprendan de un día para el otro.
El desafío está planteado. Para poder sostener un sistema educativo que forme y de contenidos para la valorización del capital humano, y no solo contenga dentro de un sistema vacio, es imprescindible repensar todo el camino desarrollado hasta estos días.


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