ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Alfonsín: más que un gobernante, un estadista

En 1983 el país tenía dos caminos. Cerrar un ciclo e iniciar una transición con más continuidades que cambios, o enfrentar el desafío de construir una democracia perdurable. Alfonsín eligió ese camino, el más complejo y difícil, pero el correcto para poner a la Argentina de cara al siglo XXI.

Ese fue el último gobierno que ante la opción de fin de ciclo o cambio de época, decidió transformar en serio. Al cambio político y al fin de la dictadura, ese gobierno tuvo la capacidad, la lucidez y la decisión de imprimirle un cambio cultural.

Al hablar de los logros de aquel gobierno, mal haríamos en resaltar solamente hechos concretos de la gestión. En 1983 en Argentina hubo un cambio profundo de valores y conductas.

En 1983 se rompió con la tutela militar que durante cincuenta años condicionó la estabilidad democrática. Desde 1983 a ningún argentino en sus cabales podría ocurrírsele tomar las armas para imponer ideas. Desde entonces está claro, que en una democracia sólida si hay delito hay juicio, y después del juicio condena.

Parecen acuerdos y conductas básicas, pero hasta hace treinta años no lo eran. La Argentina de 1983 no tenía como sociedad los acuerdos básicos de convivencia que requiere cualquier país para progresar. Argentina tenía un grave problema cultural y superarlo no habría sido posible con un gobierno que no tuviera ante todo tres valores: la verdad, la transparencia y el respeto por el prójimo; y una hoja de ruta inalterable: la Constitución Nacional.

Alfonsín podría haber tomado otro camino. Nadie lo obligó a afrontar el desafío cultural que azotaba el país. Alfonsín podría haberse conformado con ser lo que se dice un “presidente de transición”, y así su gobierno habría pasado por evitar decisiones controvertidas y confrontaciones con los exponentes de esa cultura violenta e intolerante, apostando solo a transcurrir y durar. No lo hizo, y eso es lo que distingue a un estadista de un gobernante, su decisión de transformar nunca cedió lugar a las dudas de quien solo quiere perdurar.

Hace unas semanas atrás decíamos que en Argentina no podría haber Memoria, Verdad y Justicia si en 1983 ganaba la propuesta de la autoamnistía. De igual manera, no hubiésemos podido construir el Mercosur si Alfonsín no hubiera tenido la visión de apostar por la integración para eliminar hipótesis de conflicto e históricos enfrentamientos. En estos momentos en los cuales los temas de género cobran notoriedad, toma un enorme valor aquella decisión de avanzar con las leyes de divorcio y de patria potestad compartida, el comienzo de la lucha de las mujeres por alcanzar la igualdad real en el día a día no sería posible sin aquel primer paso.

La figura de Alfonsín cobra grandeza cuanto más lejos estamos de 1983, pero sería un gravísimo error mirar solo aquel pasado desde la nostalgia y la melancolía. Miro a Alfonsín, analizo aquel gobierno y me convenzo de que Argentina necesita un nuevo giro. No se trata ahora del valor de la paz contra el de la violencia, de la democracia contra la dictadura, de la vigencia de la Constitución contra la ilegalidad; se trata de decidir de una vez afrontar el futuro, apostar por el progreso y hacer avanzar Argentina.

El homenaje que le debemos hacer a Alfonsín es ser fieles a ese espíritu transformador, demócrata y republicano. Devolverle a la Argentina el sueño del desarrollo y a los argentinos la oportunidad de progresar. Para eso, como en 1983, hace falta un gobierno que no solo termine con un ciclo, sino que se anime a terminar con una época edificando el cambio cultural que implica darle fin a veinte años de decadencia y poner en marcha una sociedad de progreso. n


(*) Presidente de la Unión Cívica Radical.

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