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ENFOQUE

Mitos y engaños de la desigualdad económica

A menos que uno tenga una excepcional sangre fría, es difícil no sentirse afectado por la enorme desigualdad económica en los Estados Unidos.
La brecha entre los ricos y los pobres es enorme, más amplia de lo que la mayoría de los norteamericanos (casi con certeza) desea.
Pero esta realidad irrefutable ha convertido a la desigualdad económica en una moda intelectual engañosa, a la que se acusa de muchos de los problemas norteamericanos.
En realidad, lo opuesto es cierto: La desigualdad económica es, generalmente, una consecuencia de nuestros problemas y no su causa.

Sin relación

Para comenzar, los pobres no son pobres porque los ricos son ricos. Las dos situaciones generalmente no están relacionadas. En su mayor parte, los ricos se enriquecieron con pequeños negocios rentables (agencias de automóviles, empresas de construcción), creando grandes empresas (Google, Microsoft) o llegando a la cima de profesiones lucrativas (abogados, médicos, actores, atletas). Los muy pobres a menudo enfrentan circunstancias que causan vidas desesperadas.
En una entrevista con The New Yorker, el presidente Obama lo expresó de la siguiente manera: “(Las) ‘patologías’ que solían atribuirse a la comunidad afroamericana en particular -familias con un solo progenitor, abuso de drogas, hombres que abandonan la fuerza laboral y una economía subterránea- (se ven ahora) en mayor número en las comunidades obreras blancas”.
Las soluciones nos eluden. Aunque algunos trabajadores de bajos ingresos se beneficiarían con un jornal mínimo más elevado, la mayoría de los muy pobres no lo haría. No forman parte de la fuerza laboral; o bien no pueden trabajar -por ser demasiado jóvenes, viejos, discapacitados o no especializados- o no quieren trabajar.
De los 46 millones de personas por debajo de la línea de la pobreza del gobierno en 2012, sólo el 6 por ciento contaba con puestos de trabajo a tiempo completo y todo el año. Entre los hombre de 25 a 55 años de edad con un diploma de secundaria o menos que eso, la porción con trabajo cayó de más del 90 por ciento en 1970 a menos del 75 por ciento en 2010, informa Ron Haskins, de la Brookings Institution.
En el sector de hombres afroamericanos entre 20 y 24 años de edad, la porción que trabaja era de menos de la mitad. Tampoco es verdad, como se afirma generalmente, que los norteamericanos más ricos (el famoso 1 por ciento) han captado todas las mejoras en productividad y estándares de vida en décadas recientes.
La Oficina de Presupuesto del Congreso examinó tendencias de las últimas tres décadas. Halló mejoras considerables para todos los grupos de ingresos. Es cierto, el 1 por ciento superior superó a todo el resto. Entre 1980 y 2010, sus ingresos anteriores a los impuestos y ajustados por la inflación crecieron un espectacular 190 por ciento, casi triplicándose.
Pero para el quinto más pobre de los norteamericanos, los ingresos antes de los impuestos para esos años se elevaron un 44 por ciento. Las mejoras fueron del 31 por ciento para el segundo grupo de los más pobres, 29 por ciento para el quinto del medio, 38 por ciento para el quinto siguiente y 83 por ciento para el quinto más rico, incluyendo el 1 por ciento más alto. Puesto que nuestro sistema redistribuye los ingresos de arriba para abajo, las mejoras después de los impuestos fueron mayores: 53 por ciento para el quinto más pobre; 41 por ciento, para el segundo; 41 por ciento para el quinto del medio; 49 por ciento para el cuarto; y 90 por ciento para el más rico.

Consumo insostenible


Finalmente, a veces se culpa, erróneamente, a la creciente desigualdad económica de causar la Gran recesión y la recuperación débil. El argumento, tal como lo bosquejan dos economistas de Washington University en St. Louis, es el siguiente. En los años 80, el crecimiento de los ingresos para el 95 por ciento inferior de los norteamericanos se hizo más lento. La gente compensó ese fenómeno obteniendo más préstamos. Toda la deuda extra condujo a un auge del consumo que era insostenible. A continuación se produjeron una burbuja de la vivienda y una crisis.
Ahora, el crecimiento débil de los ingresos del 95 por ciento inferior “ayuda a explicar la lenta recuperación.” Esa teoría es correcta a medias. Un auge insostenible de la deuda alimentó un auge insostenible del consumo. Entre 1980 y 2007, la deuda familiar se elevó de un 72 por ciento a un 137 por ciento de los ingresos disponibles. Los gastos de consumo saltaron de un 61 por ciento del producto bruto interno (la economía) a un 67 por ciento en los mismos años, un enorme cambio. Estos incrementos no podían continuar indefinidamente.
Pero la creciente desigualdad no causó esos auges mellizos.
El hecho de que las familias quisieran préstamos no significa que las entidades crediticias tuvieran que concederlos. Los otorgaron, lo que significa estándares de crédito poco estrictos, porque pensaron que los riesgos habían bajado.
El optimismo pareció justificado. Comenzando en los años 80, la inflación cayó, reduciendo las tasas de interés. Las tasas de interés más bajas elevaron los precios de las acciones y el valor de la vivienda. La gente se sintió más rica y, en el papel, lo era. El boyante consumo hizo que la economía avanzara y que el desempleo fuera bajo.
Las recesiones fueron suaves y poco frecuentes. Los economistas denominaron ese período como el de la Gran Moderación. Su complacencia condujo directamente a la Gran Recesión. El auge y la crisis tuvieron poco que ver con la desigualdad económica. Los norteamericanos del 1 por ciento superior son chivos expiatorios convenientes. No inspiran naturalmente demasiada simpatía, y sus recompensas a veces parecen exageradas y ridículas. Cuando la mayoría de la población progresa, no se preocupa mucho por esa desigualdad económica. Cuando el progreso se detiene, sí lo hace.
Hay una reacción negativa y una tendencia a ver la disminución de la desigualdad económica como una solución para problemas de todo tipo. Creamos narrativas simplistas y nos imaginamos que castigar a los ricos milagrosamente elevará a los pobres. Es un desahogo para el resentimiento popular, aunque alienta el autoengaño. 

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