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YPF hoy equilibra nuestra economía

Los precios de los combustibles cumplieron dos meses sin aumentos, algo impensando hace un tiempo cuando el manejo de YPF todavía estaba en manos de la española Repsol, que mes a mes iba ajustando sus valores, sin nada que justificara tal comportamiento, pero con consecuencias negativas en gran parte de la economía.
 El último incremento de las naftas y el gasoil se aplicó el 28 de diciembre del año pasado, y desde entonces pasaron 60 días sin que se hayan movido. Y no se trató de cualquier momento sino del período en que la mayoría de los argentinos se toma vacaciones. Y fue un mes antes de que se gestara el acuerdo de precios entre el Gobierno y los supermercados y cadenas de ventas de electrodomésticos.
 Cuando YPF estaba en manos de Repsol, la nafta subía en promedio 20 por ciento anual, por lo menos en los últimos cuatro años de su gestión. En febrero de 2008, el precio de la nafta súper era de 1,949 pesos. En mayo de ese año, Repsol la aumentó 21,24 por ciento a 2,363. Antes que termine el año, un nuevo ajuste de 12,27 por ciento llevaba al combustible a 2,653 pesos por litro.
En tanto solo doce meses, Repsol había dado un golpe al bolsillo de los argentinos, imponiéndoles un aumento de más de 33 por ciento anual, muy por encima del índice de inflación que se hubiera querido tomar.
 En 2009, si bien el incremento de la nafta súper fue algo menor, no dejó de ser elevado y de seguir superando a la inflación: 22 por ciento. Y en 2011, último año de gestión de los españoles, volvió a dispararse ese incremento y a ser de 27 por ciento.
 El aumento de los combustibles, y no solo de la nafta súper, tiene consecuencias que van más allá de hacer que uno deba gastar más dinero para llenar el tanque, sino que influye en muchas variables de la economía, desde la producción y la comercialización de los alimentos, por ejemplo, hasta los valores del transporte público, dos cuestiones esenciales en la vida cotidiana.
Cuando aumenta el precio del combustible, aumenta también el del insumo que utilizan maquinarias agrícolas; aumenta el valor del flete que tiene que transportar el producido por las empresas de orden primario; aumenta el insumo que emplean muchas fábricas para hacer funcionar sus procesos de industrialización; aumenta lo que se debe pagar para llevar estos productos a su etapa de venta al público.
 Pero también presiona sobre las tarifas de los transportes públicos que en casos como aquellos que están subsidiados por el Estado nacional, obliga a una mayor erogación en el gasto público para evitar que el ajuste recaiga sobre los usuarios. Y en los casos en que el transporte no cuenta con subvención estatal, como ocurre en el interior del país, los pasajeros terminan por pagar un boleto más caro.
 Así una porción importante de la actividad del país puede verse recalentada por una suba de precios "prefabricada".
Hoy asistimos a un acuerdo de precios generalizado en el sector de alimentos y de electrodomésticos, que sin el apoyo fundamental de una empresa como YPF hubiera sido difícil en tiempos de Repsol, cuando el rol opositor lo encarnaban las corporaciones y a través de la manipulación de las variables económicas intentaban darle pelea al Gobierno.
 La nacionalización de YPF no solo sirve para la independencia y la soberanía energética del país, sino también para que el Estado tenga un grado mayor de intervención en aquellas situaciones de la vida de la gente que gobiernos anteriores habían delegado en el mercado, y que son esenciales para una justa y equitativa redistribución de la riqueza.

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