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TENDENCIAS

La Fragata como símbolo y desafío

Hace tiempo argumentaba con un amigo psiquiatra que, en la antigüedad, el genio griego había sido capaz de mantener un armónico equilibrio entre el “logos”, el pensamiento racional, y el “mito”, la creación imaginativa que engendró su arte maravilloso. Cabía, pues, preguntar si la grandiosa mitología por ellos creada explicaba la salud mental que gozaba el pueblo. Mi amigo respondió que, por el contrario, la salud mental del pueblo griego creó el mito.
El tema da para mucho, pero puede afirmarse que el mito cumple, sin duda, una función catártica sobre las personas, al motivarlas para proyectar imaginativamente otros modos de experimentar las realidades de la vida y encontrar una “explicación” a sus dudas existenciales, entre las cuales todavía persiste la que los antiguos denominaban “mysterium tremendum”, con lo que se referían al temor experimentado ante lo desconocido, supuestamente regido por potencias misteriosas.

Signos y símbolos

Aunque lingüistas y semiólogos diferencian los significados de signo y símbolo, hay un evidente parentesco entre ellos, puesto que ambos expresan otra cosa distinta de ellos mismos; por ejemplo el relámpago es signo del trueno, la bandera es símbolo de la patria. Y cuando de interpretarlos se trata, signos y símbolos, se suelen transferir a una realidad imaginada en que personas, cosas y sucesos por ellos significados se hilvanan en un relato que es la materia prima del mito. Puede decirse que, como para los griegos antiguos, el mito sigue siendo funcional para el mantenimiento de un equilibrio armónico entre lo racionalmente explicado y lo que permanece todavía en las oscuridades del entendimiento.
Están los mitos surgidos de creencias ancestrales, enriquecidos o deformados en su decurso histórico, que por lo general cumplen un rol social y cultural positivo. Y están los mitos creados ex profeso para inducir comportamientos tendientes a apoyar a determinadas tendencias políticas y pseudoreligiosas que, funcionando como elementos propagandísticos, son usados para el control social de determinados grupos.
Ocurre, como con las creencias, que todo relato mítico, da lugar a alguna materialización en algo que lo simbolice, objeto natural o construido por los creyentes, en los que proyectan sus vivencias numinosas y religiosas. Se destacan los símbolos patrios, obviamente apoyados en hechos históricos conocidos, caracterizados por su funcionalidad histórica generadora de la convergencia de voluntades hacia un destino común orientado a consolidar la construcción de una nación solidaria.
Arribó finalmente la Fragata Libertad, justamente exaltada hoy como un potente símbolo nacional en defensa de la soberanía. Si bien se la considera un buque de guerra, su función más importante es la de ser buque escuela. Los argentinos conocemos, con más o menos detalles, las características de sus viajes por todo el mundo para mostrar la vocación nacional marítima desde los albores de la patria. Interesa reflexionar sobre las lecciones que podemos extraer de lo que es y hace la Fragata Libertad y compararlos metafóricamente con lo que es y hace la Argentina actual.

Misión clave

Primero y principal, la fragata está destinada a una importante misión: cumplir el ciclo final de la formación de los oficiales de la marina. Se rige por normas legales y reglamentarias precisas, aceptadas como necesarias para garantizar su operatividad conforme a las condiciones técnicas y políticas de su misión.
La comanda un cuerpo de oficiales y suboficiales de alta capacitación profesional y cuenta con una tripulación orgánica, interrelacionada con sus superiores jerárquicamente, para garantizar la aplicación disciplinada de las exigencias impuestas por las tradiciones marineras para navegar un bajel de sus dimensiones. Toda la tripulación tiene un profundo sentimiento de pertenecer a un cuerpo orgánico en que cada uno cumple un rol necesario y complementario del de los demás, puesto que responden al mandato implícito de defensores de una patria soberana.
En la Argentina actual advertimos signos de disfuncionalidad histórica que merecen, por lo menos, atención. No se trata de que haya tenido un “destino manifiesto” como el que se autoadjudica la gran potencia del norte; superados los conflictos de las primeras décadas desde la independencia, el proyecto “maestro” fue construir una nación moderna. Con avances y retrocesos eso se ha ido logrando.
Pero hoy advertimos un evidente debilitamiento de la institucionalidad establecida por la constitución. Se sobrepone la afinidad política sobre el profesionalismo de los funcionarios públicos. Se advierte una tendencia, objetivamente comprobable, hacia el manejo hegemónico de los asuntos del estado y la consiguiente distorsión del republicanismo democrático. Se verifica una anomia generalizada en los distintos estamentos sociales. Se degrada la política y aparece la disfuncionalidad de los partidos como instrumentos eficaces de su praxis. Hay que dejar que el mito ocupe el lugar que le corresponde y aceptar la historia tal cual es: maestra de la vida como decía Cicerón, para apoyar la construcción consensuada del país futuro.

Hacia el destino

Recibamos con vivas y aplausos el arribo a Mar del Plata de la gallarda Fragata Libertad, sorprendiéndonos admirativamente con la destreza de los marineros instalados en las perchas que sostienen sus velas, vestidos con réplicas de los uniformes históricos de la primera armada nacional. Y reflexionemos que, como sucede en la fragata, la marcha hacia el destino buscado, demanda conjunción de voluntades, ejercicio de la autoridad conforme a normas legales, asignación de roles según la profesionalidad, aceptación de las jerarquías legítimas, vocación de servicio. Hagamos pues de la Fragata Libertad el gran símbolo de unión nacional.


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