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Obama, ante el desafío de la realidad

El “precipicio fiscal” es un enorme fracaso de liderazgo presidencial. Las tediosas y técnicas negociaciones son sólo una trama secundaria en una obra mucho mayor. El gobierno de Obama ya no puede cumplir con todas las promesas que ha realizado a los diversos electorados. Algunas promesas se reducirán o no se cumplirán. ¿Cuáles? Sólo el presidente puede formular esas preguntas en forma tal de iniciar una conversación nacional sobre las decisiones que habrá que tomar; pero hacerlo implica que el presidente debe decir a la gente cosas que ésta no quiere oír. Ésa es su tarea: ayudar a que los norteamericanos enfrenten realidades que, aunque desagradables, son inevitables. Barack Obama se ha negado a desempeñar ese papel.
En cambio, ha presentado el problema del presupuesto a largo plazo como una cuestión de si el 1 ó 2 por ciento más rico de la población debe pagar o no más impuestos. No sólo eso, ha insistido en que los impuestos más altos se paguen elevando las tasas, en lugar de reducir las diversas exenciones fiscales (descuentos, tasas preferenciales, etc.) de las que gozan, principalmente, los norteamericanos de altos ingresos. La obsesión con las tasas es una mala política a seguir (las tasas más altas pueden amenazar la asunción de riesgos, el esfuerzo de trabajo y la contratación) pero se la considera como políticamente conveniente: presenta a Obama como macho; duro con los ricos, a quienes se acusa implícitamente de los males presupuestarios y económicos de la nación.

Cuestión central

Como quiera que uno piense con respecto a elevar los impuestos en las categorías más altas (y yo no tengo objeción a esta parte del paquete presupuestario integral), no es el quid de la cuestión. El quid de nuestro problema -que radica en las promesas insostenibles realizadas por ambos partidos a la mayoría de los norteamericanos sobre altos beneficios gubernamentales e impuestos bajos- surge del envejecimiento de la población y la subida en los costes de la asistencia médica, que causan rápidos aumentos de gastos en el Seguro Social, Medicare y Medicaid. Permítanme repetir algunas estadísticas que cito a menudo. En 2012, el Seguro Social, Medicare y Medicaid representaron el 44 por ciento de los gastos federales que no son intereses. En cuanto a los impuestos, el 5 por ciento más rico pagó casi el 40 por ciento de los impuestos federales en 2009 (y dentro de eso, el 1 por ciento más rico pagó el 22 por ciento de los impuestos).
La Oficina de Presupuesto del Congreso, que no se inclina por ningún partido, lo expresa de la siguiente manera:
“Con el envejecimiento de la población y la probabilidad de que los costes de la asistencia médica por persona crezcan más rápidamente que la economía (producto bruto interno), Estados Unidos no puede sostener los programas de gastos federales que están ahora vigentes con los impuestos federales (como proporción del PBI) que se ha acostumbrado a pagar.”
Mientras Obama no reconozca en forma notoria y constante estas realidades y las exprese directa e inconfundiblemente -algo que no ha hecho y que no hay indicios de que vaya a hacer- no puede decirse que esté encarando honestamente el presupuesto ni al pueblo norteamericano.
El principal motivo por el que seguimos teniendo estos destructivos e inconcluyentes enfrentamientos sobre el presupuesto no es simplemente porque muchos republicanos hayan sido intransigentes con respecto a los impuestos. La causa mayor es que Obama se niega a conceder que el Seguro Social, Medicare y Medicaid están impulsando los gastos y déficits futuros. Así pues, cuando los republicanos hacen concesiones relativas a los impuestos (como lo han hecho), obtienen poco a cambio de eso. Naturalmente, eso envenena el clima de las negociaciones.
Por supuesto, Obama ofendería a muchos demócratas si contemplara reducciones de los beneficios en el Seguro Social y Medicare: edades requeridas más elevadas, primas más altas para los ancianos en posición holgada, cambios estructurales en el sistema de la asistencia médica a fin de reducir costes. Así como muchos republicanos no quieren que se eleve ni un centavo de los impuestos, muchos demócratas no quieren que se recorte ni un centavo de los beneficios.
Consideremos la propuesta sumamente técnica de virar el índice de precios al consumidor estándar (IPC) a un IPC “encadenado” para ajustar los beneficios del Seguro Social. Entre 2013 y 2022, se estima que ese cambio reduciría los gastos del Seguro Social en 100.000 millones de dólares. En el curso de esa década, se estiman los beneficios totales del Seguro Social en 10,588 billones de dólares; el recorte representaría menos del 1 por ciento. Sin embargo, muchos demócratas reaccionaron con horror, como si hordas de ancianos fueran a resultar empobrecidos.

El relato

Lamentablemente, muchos medios han aceptado la narrativa de Obama de que la rigidez de los republicanos es lo único que frustra las negociaciones y conduce al punto muerto. Eso significa, por supuesto, que hay aún menos incentivos para que Obama y los demócratas del Congreso realicen negociaciones genuinas.
El resultado es que no tenemos el debate que nos merecemos y que las decisiones presupuestarias se realizan casi automáticamente. Y lo que es igualmente importante, los periódicos y desagradables enfrentamientos sobre la política presupuestaria -la parálisis y el resentimiento que conllevan- corroe la confianza y debilita la economía. Una economía débil crea pocos puestos de trabajo nuevos, y la falta de trabajo es el problema social número uno de la nación. La abdicación de Obama de su responsabilidad quizás le sea conveniente políticamente, pero es profundamente hostil al interés nacional.

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