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Pedagogía de la violencia

Puede parecer un contrasentido hablar de “pedagogía” cuando se trata de caracterizar la violencia, puesto que, por definición canónica, la pedagogía es la ciencia y el arte de educar, es decir de conducir la formación de niños y adolescentes hacia modos normales de vida en sociedad. Pero si se agudiza el análisis se advertirá que la contradicción aparecerá sólo si se adopta tal definición canónica. Ello es así porque, en realidad, son varios los factores que intervienen en la formación de las conductas personales, cada uno con distinto grado de importancia, que no siempre convergen en una sinergía común hacia valores positivos.
En la llamada sociedad tradicional eran factores formadores la familia, los cultos religiosos, la escuela, el trabajo; al llegar la industrialización se agregan la organización gremial, los grupos de pertenencia, la actividad política; y arribados a la actual sociedad del conocimiento y la información se sobrepone sobre todos ellos la invasiva influencia de los llamados mass media, medios masivos de comunicación, en especial la televisión, que nos instalan en lo que Marshall McLuhan, el gran teórico de la sociedad de la información, denominara aldea global.

Cultura y poder

Cabe preguntarse ¿a qué fines tienden estos medios en función de los intereses de quienes los detentan, sean grupos empresarios o políticos, es decir factores de poder, o exclusivamente culturales? Básicamente apuntan a influir sobre la opinión pública en un grado cada vez más importante, sea para generar necesidades de consumir bienes materiales, sea para lograr adhesiones políticas e ideológicas, sea para facilitar la difusión de conocimientos y valores culturales.
Los medios, pues, ejercen una muy importante acción transformadora sobre las mentes, lo que implica la necesidad de que exista un sistema autorregulatorio determinado por lo que debería ser la ética de la comunicación.
Como han demostrado algunas investigaciones sociológicas, muchas veces los medios suelen incurrir en excesos que apuntan más a la sensibilidad emocional que a la inteligencia de la gente, y a sobreinformar reiterativamente sobre las conductas antisociales, lo que ocasiona el efecto de banalizar el mal, en el sentido de acostumbrarnos a su existencia.

En las escuelas

No podemos menos que adoptar la definición canónica de pedagogía por cuanto se refiere a la formación de conductas valiosas, y es esta pedagogía la que debe orientar la educación sistemática dada en las escuelas y la que, en la sociedad en que vivimos, puede y debe darse de hecho a través de los factores educativos extraescolares. Pero hay excesos, distorsiones y graves omisiones que dan lugar a lo que podríamos denominar pedagogía negativa para referirnos a las formas y tendencias con las que se generan comportamientos antisociales, entre los cuales podríamos caracterizar los debidos a una suerte de “pedagogía de la violencia”.
Es obvio que los medios pueden contribuir de modo eficaz a cambiar los aspectos negativos y ciertamente lo hacen en sus análisis críticos pero, no cabe duda, siguen presentes, por un lado, causas estructurales y por el otro causas buscadas o inducidas que determinan la aparición de diversas formas de violencia.
Hagamos un inventario de las causas estructurales de la violencia, entendiendo por tales aquellas que están instaladas como formando parte del sistema económico, social y político. Cada una merece un profundo análisis para determinar las razones que la generan y las posibles formas de corregirla.
Existe de hecho una pedagogía negativa que hemos denominado, en términos algo equívocos, “pedagogía de la violencia”. Son ellas:
-La desigual distribución de la riqueza, con la consiguiente ostentación de lujos y bienes que hace nacer sentimientos de injusticia en los pobres.
-La inestabilidad familiar en los sectores de bajos recursos que origina un déficit en la formación de la conciencia moral de niños y adolescentes.
-La falta de experiencias socializadoras en el medio en que viven los pobres, a lo que se suma la ineficacia de la escuela para desarrollarlas.
-La desocupación y la falta de oportunidades laborales para amplios sectores de la juventud.
-La inexistencia o deconstrucción del “futuro” como motivador del desarrollo de la propia personalidad que instalan a los jóvenes en un “presentismo” egoísta y esterilizante.
-La formación de “pandillas” ante la tendencia natural de incluirse en grupos de pertenencia, en función de objetivos comunes negativos orientados a conseguir lo que no se posee.
-El desinterés por progresar hacia mejores formas de existencia por medio de la educación.
-Las falencias internas y externas del sistema educativo para retomar su funcionalidad histórica como factor social fundamental de ingreso al mundo de la cultura.
-La transformación patológica de ciertos grupos de pertenencia en colectivos jerárquicos con “jefes” o “punteros” que dominan a sus miembros induciéndolos a ejercer actividades delictivas o adoptar formas violentas de ejercer sus derechos.
-El delito organizado que busca adherentes en los sectores más desprotegidos de la sociedad.
Formulemos ahora el listado de las causas ocasionales o inducidas de la violencia, entendiendo por tales aquellas que son generadas tanto de una manera explícita o sutilmente enmascarada por grupos de poder, para favorecer sus intereses económicos o políticos. Incluimos las siguientes:
-Introducción de estrategias divisionistas en la sociedad actualizando el divide et impera, de los antiguos gobernantes romanos, favoreciendo a los adictos y condenando a los opositores.
-Difundir información falsa sobre los actos ejecutados por los titulares del poder de que se trate, tanto gubernamentales como corporaciones privadas.
-Debilitar los organismos de control tanto sobre los estamentos gubernamentales como de las corporaciones privadas.
-El enriquecimiento ilícito de funcionarios del Estado.
-Favorecer desde el poder político a determinados sectores económicos.
-La corrupción y el tráfico de influencias.
-La anomia generalizada, es decir la falta de observancia de la ley en los diversos estamentos de la sociedad.
-La propensión a ejercer un poder hegemónico de los titulares del poder.
-Sobreponer lo ideológico por encima de lo consensual en la constitución y actividad de los colectivos sociales.
-Hacer de la definición de democracia una categoría puramente cuantitativa, sin tomar en consideración sus esenciales fundamentos cualitativos como el consenso y su correlato el derecho al disenso garantizado por ley, la igualdad de oportunidades, el acceso a la información pública, el control democrático de los organismos de inteligencia, la independencia de los tres poderes del Estado, el respeto a las diversas creencias religiosas y las ideologías positivas, el reconocimiento a las manifestaciones del arte popular.
Concluyendo, podemos afirmar que existe de hecho una pedagogía negativa que hemos denominado, en términos algo equívocos, “pedagogía de la violencia” que se puede modificar tan pronto cambiemos de negativo a positivo el sentido de las causas enunciadas precedentemente para, en consecuencia, implementar las acciones necesarias desde lo público y lo privado.



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