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OPINIÓN

Vendada o vendida, ¿Será justicia?

Hacia 1879, José Hernández se permitió poner en boca del Viejo Vizcacha un ominoso consejo: “Hacéte amigo del juez / no le des de qué quejarse”. Parecía difícil superar aquel paisaje de cinismo escéptico respecto de la justicia en la Argentina. Las últimas jornadas lo consiguieron.

Basta enumerar las estaciones de un mediático Ferrocarril Borges sostenido por capital kafkiano para dar testimonio de ese clima de anomia social: Juez Griesa, Puerto de Tema, Medida Cautelar, Fondos Buitre, Marita Verón, Tribunal del Mar, Per Saltum, Jury, Constitucionalidad, Recusación.
El único hilván para cuentas tan disímiles es su común pertenencia a ese dominio cargado de misterio y rigor que llamamos Derecho. Más allá de las especificidades de casos tan diversos y las variantes jurisdiccionales, el tsunami de cuestiones amontonadas bajo el marbete de lo jurídico produjo en primera instancia un síntoma folklórico de la vieja argentinidad: periodistas, presentadores, showmen, dirigentes variopintos y analistas recién horneados desbordaron las vías comunicacionales con antecedentes vigorosos, latinajos y alambicadas conclusiones proto-legales.
El sufrido ciudadano de a pie, cuya mayor vecindad con el ámbito era tener un amigo abogado, se vio envuelto en una maraña asfixiante de la cual sólo podía deducir que en las contiendas legales no podía reclamarse una lógica unívoca y el resultado final era tan azaroso como una partida de naipes.
Puede que algo de eso haya. Pero la complejidad no es del orden de lo científico. Una vez más la palabra presidencial se encargó de poner una pica en Flandes para revelar otro grado de conflicto. Amén de que muchas normas en la Argentina siguen bailando al ritmo de un Derecho Viejo, los sucesos recientes narraron un capítulo decisivo en el efecto dominó que va derribando la nación aparente en la que hemos deambulado durante décadas.
Al igual que el Campo, como reserva moral y económica, la independencia del Banco Central o la objetividad de los medios, la zoncera de la imparcialidad esencial de los miembros de la judicatura expuso otros perfiles de una debilidad estructural del sistema. Por primera vez en una arena tan pública surgió el cuestionamiento a la genealogía teórica de nuestro poder judicial y su parentesco con el modelo reaccionario que confía en el dique jurídico para eventuales “desbordes” de la soberanía popular.
Esa función, que la derecha norteamericana pregona sin pudores, fue camuflada en estos pagos con ciertos rasgos ornamentales que fueron desviando el eje de las discusiones.
El ascetismo de los magistrados, celebrado como una virtud republicana, admitió la construcción de una burbuja que el carácter vitalicio de los cargos, la exención impositiva y otros privilegios terminaron de consolidar como una autonomía incuestionable del sistema.
Todo eso es lo que ha empezado a derrumbarse en estos días. En cuanto a la relación con los sistemas legales de otras latitudes, volvió a verificarse que allí donde la Presidenta cumple, la oposición no dignifica su propia condición nacional. Tal vez sea necesario desconfiar también de algunos rótulos y empezar a preguntarse por qué se habla justamente, del Imperio de la Ley. Antes de que contraataque.

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