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El 8N, militancia por redes sociales

Con la protesta se consolida una nueva forma de activismo o militancia ciudadana, en la que las grandes estrellas son Facebook y Twitter y los grandes ausentes son los liderazgos individuales.

Más allá de las causas que motorizaron el 8N, como antes la protesta del 13 de septiembre (13S), el primer dato es la transformación de la dinámica que adquiere la participación de la gente. Ya no son los partidos políticos, ni tampoco la televisión ni el periodismo escrito los que canalizan el debate. Son los propios ciudadanos, a través de Twitter, de Facebook y de los mensajes de texto, los que asumen un protagonismo directo y sin conducción para expresarse ante el Poder.
No podría decirse que sea un fenómeno completamente novedoso. Ya ha tenido presencia en el país y ha sido determinante en procesos políticos de otras naciones. Pero la protesta de la era digital consolida nuevas formas de expresión que generan incertidumbre, inquietud y hasta desconcierto en la dirigencia formal. Tanto para el Gobierno, al que está dirigida la movilización, como para la oposición, que ha quedado como “convidada de piedra” en la gestación de la protesta, se trata de un fenómeno desafiante.
Esta vez, es cierto, la convocatoria tuvo menos espontaneidad que la de septiembre. Estaba de algún modo anunciada su magnitud, cuando la anterior sorprendió a todos. Y hubo un fogoneo del que esta vez participaron inclusive algunos actores políticos. Pero esto no desnaturaliza su origen, que reside en esos espacios y foros virtuales de internet en los que la llamada opinión pública parece amasar visiones colectivas que se traducen en acciones y convocatorias concretas.
El 8N alcanzó una visibilidad tal, que el Gobierno -a diferencia de lo que hizo en septiembre- esta vez salió a hablar de él antes de que se produzca. Intentó descalificar y desalentar la convocatoria, aunque algunos analistas creen que quizá de ese modo la haya potenciado. Difícil saberlo más allá de las conjeturas.
Lo cierto es que, como en septiembre, la movilización de ayer fue protagonizada por un sector de la ciudadanía al que es difícil encasillar con precisión. No hubo banderías políticas; tampoco sectores uniformes. Y como en el cacerolazo anterior, las consignas también fueron heterogéneas y variadas. Contestar, entonces, las preguntas básicas de ¿Quiénes y por qué se movilizaron? no resulta del todo sencillo.
Puede afirmarse que el mayor caudal lo aportó la clase media urbana, en la que las herramientas de Facebook y el mensaje de texto tienen, quizá, mayor penetración. Pero también es cierto que el SMS hoy es parte de la vida cotidiana de los habitantes de pueblos remotos y del interior profundo.
En los puntos de concentración se vio la presencia de un sector social que no era uniforme -como no lo es esta designación de “clase media”-, segmentos generacionales que iban de un extremo al otro, barrios que expresan pertenencias y realidades diferentes... Fue, otra vez, una movilización de ciudadanos sin camisetas políticas, gremiales, sectoriales o generacionales. Por eso resulta novedoso y singular.
Otras movilizaciones grandes han tenido respuestas muy nítidas para el “quiénes y por qué”. Así fueron las del campo, las de Blumberg, las de Moyano... por citar algunas.
En otras latitudes, inclusive, grandes movilizaciones han tenido explicaciones más claras: las protestas estudiantiles de Chile fueron una reacción de los jóvenes contra un gobierno conservador; el movimiento de “los indignados” españoles nació como una expresión de desocupados y excluidos; la primavera árabe fue un levantamiento contra la opresión... Otros fenómenos, otras realidades, pero una causa que permitía, al menos en una primera lectura, entender la reacción con mayor claridad.
Aquí, el blanco de las protestas es un Gobierno que hace apenas un año arrasó en las elecciones con el 54 por ciento de los votos y con la mayor diferencia que recuerde la democracia entre el ganador y el segundo. Se producen, además, en un contexto económico que si bien muestra mayores estrecheces y limitaciones que las de un año atrás, tampoco ha dado una vuelta de campana ni ha derivado en una crisis aguda.
¿Cuáles son entonces las causas de esta reacción?
Por las consignas que enarbolaban los manifestantes, van desde el reclamo por la inseguridad, hasta el cepo cambiario, los casos de presunta corrupción como el de Ciccone y el de los Schoklender, el abuso de la cadena nacional y las actitudes que se perciben como autoritarias. Pero también se suman las cifras del Indec, la inflación real, la presión impositiva y los supuestos intentos de sectores oficialistas para habilitar la re-reelección. Un cóctel que quizá se haya potenciado con algunas frases y afirmaciones lanzadas desde la cumbre del poder.
Algunos analistas creen, por ejemplo, que el 8N nació al día siguiente del cacerolazo de septiembre, cuando el jefe de Gabinete, Abal Medina, dijo que quienes se habían movilizado eran aquellos a los que les importa más lo que pasa en Miami que lo que ocurre en San Juan.
Hubo algunas frases presidenciales que también influyeron en el ánimo y el humor social, como aquella de “tenerme un poquito de miedo” o la de “no estamos en La Matanza” dicha ante un auditorio de Harvard.
Pero también es cierto que ninguna de estas frases, como tampoco ninguna medida, preocupación o situación particular alcanza, en sí misma, para explicar la magnitud ni la reiteración de la protesta. De hecho, muchas de las cuestiones aludidas (como la inseguridad, la desconfianza en las cifras del Indec, la inflación misma y hasta el caso Schoklender) ya existían antes de la reelección presidencial con el 54%. En la suma, en el agregado de otras, quizá haya que rastrear la explicación.
El 8N, mientras tanto, quedará grabado en la crónica política de la Argentina. Y se convierte, a partir de hoy, en un nuevo y complejo desafío para el Gobierno y también para la oposición.

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