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El caso Grassi: ¿y la justicia?

Uno de los casos judiciales que más ha impactado en nuestra sociedad en los últimos tiempos ha sido el conocido como “caso Grassi”. Y causas no han faltado: un sacerdote condenado sin sentencia firme a quince años de prisión por abuso sexual agravado cometido contra niños que estaban a su guarda en la Fundación “Felices los Niños” que Grassi dirigía, más la intervención de la Iglesia en apoyo del condenado son componentes más que suficientes para que así sea.
No voy a relatar toda la historia del caso pues sería extensísimo: baste con decir que la causa tiene ya más de cincuenta cuerpos y que comenzó en el 2002. Es entonces cuando tres niños, a quienes se mencionó como Ezequiel, Luis y Gabriel para proteger su identidad, se animaron a denunciar al cura. No olvidemos que desde hacía tiempo Grassi era un cura mediático, de excelentes relaciones con grupos políticos y poderosos de Argentina. Así. Menem, Cavallo, Yabrán, Julio Ramos, Haddad, Soldatti, entre muchos otros políticos y empresarios le daban su apoyo, sea mediático, material o ambos.
De acuerdo a los tiempos de la justicia –lentos y morosos—el juicio oral comenzó en el Juzgado Oral en lo Criminal No. 1 de Morón, el 18 de agosto de 2008. Duró ocho meses y medio y desfilaron infinidad de testigos. En junio de 2009 se leyó el veredicto. Sólo por una de las tres acusaciones, la de Gabriel, fue condenado a quince años de prisión pero ¡quedaba en libertad a pesar de lo monstruoso del delito y la fuerte pena aplicada! Uno de ellos, Luis, por cuya denuncia el cura fue absuelto, dijo con lágrimas en los ojos: “Pero qué más tengo que probar para que me crean lo que digo”. Y no le faltaba razón: en el Tribunal había descripto  detalladamente el cuerpo del cura como sólo puede hacerlo quien lo ha visto desnudo, la forma en la que se desvestía, cómo era la habitación de Grassi ¡y hasta un pozo que tenía el colchón de la cama! Sin contar la ropa de cama que usaba, cómo se masturbaba y –detalle perverso—cómo después de abusarlo iba a dar misa a las monjitas de la Fundación. Y el Tribunal, en su fallo, dijo al respecto que la denuncia de Luis “no estaba debidamente acreditada”…
Apelada la sentencia del Tribunal Oral mencionada a la Cámara de Casación Penal de la Provincia de Buenos Aires, la misma confirmó el fallo ya citado, así como las prohiciones que Grassi debía respetar firmemente. Estas, que originariamente consistían en no entrar al edificio de la Fundación o tener contacto con los chicos de la misma fueron agravadas posteriormente prohiéndosele referirse a los denunciantes o hacer referencia alguna por ningún medio al juicio. Y aquí, seguramente convencido de su impunidad, Grassi comete un error. Viola dos de esas prohibiciones al referirse en un programa televisivo al chico por cuya denuncia lo habían condenado como “mentiroso” y se refiere a algunos aspectos del juicio. En síntesis: el Tribunal originario le dicta prisión domiciliaria por lo sucedido.
Pero no fue por mucho tiempo: la Iglesia –que había presionado durante todo el tiempo para favorecer a Grassi—ahora “blanqueó” su posición: envío una nota oficial al Tribunal firmada por el Obispo de Morón pidiéndole que permita al cura residir en el predio llamado “La Blanquita” que está situado enfrente de la Fundación Felices los Niños.
A todo esto, la causa –habiéndose apelado el fallo de la Cámara de Casación Penal—está ahora a consideración de la Suprema Corte de la Provincia de Buenos Aires. Allí, en un dictamen ejemplar, la Procurador Dra. María del Carmen Falbo pidió que se condene a Grassi por todos los delitos denunciados, en virtud de las probanzas existentes.
Destaquemos dos aspectos fundamentales. Uno, el referente a la lentitud y subjetividad de la justicia. Otro, la desembozada intromisión de la Iglesia en asuntos que no le competen –como la administración de justicia—y nada decir respecto de la condición sacerdotal que aún conserva Grassi, a pesar de la tremenda gravedad de las acusaciones en su contra. Es decir, Grassi puede decir misa, confesar. Dar la extremaunción…impartir todos los sacramentos. Y, como está en libertad, cualquiera de nosotros puede cruzárselo por la calle o tenerlo en la mesa de al lado tomando un café. Todo legalmente. La sociedad debe reflexionar mucho y producir los cambios profundos para que estas cosas no ocurran más y vivamos en un país digno.

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