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Aquella Semana Santa distinta

Por: Horacio Jaunarena

Para muchos argentinos que ya han pasado los 30 años, la Semana Santa ha quedado fijada en la memoria como un episodio que tiene un significado que va más allá de lo religioso y de los feriados consecutivos que la fecha supone. Se trata de esos días del año 1987, y de los acontecimientos cívico-militares que ocurrieron entonces. Vale la pena recordarlos porque, desde mi punto de vista, constituyeron un antes y un después en la historia de los argentinos.
Habían transcurrido poco más de tres años desde la recuperación de la democracia que sucedió a la dictadura militar, y el gobierno presidido por Raúl Alfonsín estaba recorriendo la experiencia inédita de juzgar a los ex jefes militares y a los conductores de los movimientos guerrilleros que habían sembrado de sangre y terror en la Argentina de la década del ‘70. La justicia, en un fallo sin precedentes, había juzgado y condenado a los principales responsables militares de la violación de los derechos humanos, y nuestro gobierno tropezaba con dificultades para llevar a la práctica lo que el presidente Alfonsín había prometido durante la campaña electoral.
El Presidente, en un discurso pronunciado más de veinte días antes de los hechos de esa Semana Santa, había anunciado la decisión de implementar una ley que luego se concretara al sancionar lo que se denominó la Ley de Obediencia Debida.
Antes de que ese proyecto de ley fuera enviado al Parlamento, un grupo de oficiales encabezados por el entonces teniente coronel Aldo Rico, se amotinaron y se refugiaron en la Escuela de Infantería en Campo de Mayo. Si bien los amotinados proclamaban que no intentaban derrocar al gobierno democrático, era evidente que muchos de sus planteos pretendían sustituir la voluntad presidencial por la propia para resolver importantes asuntos de Estado. De nuestra parte, percibíamos que si se torcía la voluntad del gobierno por parte de un grupo armado, se caía en el principio del fin de la democracia lograda tres años antes.
Y es a partir de este momento cuando comienza a producirse el quiebre de la historia. Desde la década del ‘30 y hasta entonces, Argentina había vivido una alternancia entre gobiernos constitucionales y de facto y sucesivos planteos militares que presionaban y forzaban decisiones de los gobiernos. Pero en esa Semana Santa de 1987, las cosas no iban a ser así porque había un gobierno decidido a defender a ultranza la investidura que le había dado el pueblo y la población se volcó decididamente a las calles en defensa de su derecho de decidir acerca de quienes habrían de regir y de decidir acerca de su propio destino.
De allí en más, nadie iba a poder avanzar por sobre los derechos ciudadanos, sin encontrarse con una multitudinaria respuesta. Teníamos clara conciencia que debíamos terminar con los amotinados. En la tarde del Sábado Santo fui a Campo de Mayo con instrucciones muy claras del Presidente: rendirlos y que no corriera sangre. Durante dos horas me reuní con Rico, que ya había comprendido que no obtendría de sus compañeros de armas la solidaridad esperada y había recogido el repudio multitudinario, sin encontrar ninguna disposición para acceder a sus planteos. Se comprometió a entregarse en la mañana siguiente, pero frente a las demoras y tensiones, el presidente Alfonsín se trasladó personalmente a Campo de Mayo y logró la entrega inmediata de los rebeldes.
Volvió a Plaza de Mayo y pronunció la famosa frase “Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina!”.
 Desde el balcón de la Casa Rosada, no podíamos divisar en donde terminaba la multitud que se había congregado para defender a la democracia.
Los llamados carapintadas habían nacido derrotados pero su equipo de inteligencia estaba intacto y pronto se ocuparon de instalar la idea de que había habido una negociación con el gobierno.
 Se había comenzado a vivir en la Argentina el final del ciclo de inestabilidad que tuvo a las Fuerzas Armadas como protagonistas; los últimos estertores se sufrieron luego, pero el fracaso acompañó las intentonas.
Las profundas crisis económico sociales que vivió nuestro país posteriormente, encontraron a las Fuerzas Armadas no como parte del problema sino cooperando para la solución del mismo, subordinadas a los gobiernos constitucionales Recordar aquella Semana Santa de 1987, observando cómo fue el comportamiento de los diferentes sectores de la sociedad y el grado de responsabilidad que les cupo para que definitivamente quedaran sentadas las bases para una convivencia en democracia, es la mejor manera de garantizar que ella haya quedado para siempre instalada para regir la convivencia entre los argentinos.

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