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ECONOMIA

Regulación y desarrollo

Hablar de las IPOs, en Argentina, es hablar de un tecnicismo exótico y lejano. Sin embargo, en esa sigla está la clave de un complejo e interesante debate sobre la economía más poderosa del mundo: la norteamericana.

La lucha por reactivar el mercado IPO representa el microcosmos de un debate mayor: ¿Están las regulaciones gubernamentales estrangulando la recuperación económica de los EE UU?
Las IPOs -siglas en inglés de “ofertas públicas iniciales”- ocupan un lugar especial en el folklore del capitalismo norteamericano. Somos, se dice, la nación más emprendedora del mundo. La gente con nuevas ideas puede recaudar dinero, a menudo de capitalistas de riesgo, quienes pueden recuperar su inversión multiplicada, por medio de una IPO, si la empresa tiene éxito. Por ese camino han transitado Apple, Starbucks, Home Depot, Genentech y muchas otras. Pero si los inversores iniciales no pueden recuperar ese dinero, no invertirán en la siguiente vuelta de empresas incipientes.
En apariencia, el mercado de IPOs parece saludable. En 2011, Zynga, una empresa de juegos electrónicos, recaudó 1.000 millones de dólares de su IPO, y Groupon, la firma cibernética de cupones, obtuvo 700 millones de dólares. El Godzilla de las IPOs, Facebook, podría obtener 5.000 millones de dólares en la primavera.

La última década

Lamentablemente, las apariencias engañan. El mercado de IPOs “nunca se recuperó, realmente, del colapso de 2000” que afectó a empresas nuevas de Internet, expresa el profesor de Harvard Business School, Josh Lerner, experto en capital de riesgo. “Hay algunos (éxitos) espectaculares -los YouTubes, Googles y Facebooks- donde hay más escasez es en las empresas de nivel medio”. Entre 1985 y 2000, el número anual de IPOs promedió 154, informa la Asociación Nacional de Capital de Riesgo. En 2011, hubo 52.
Sólo los ganadores colosales pueden hacer IPOs con facilidad; muchas empresas exitosas más pequeñas, no pueden. Y las equivocadas regulaciones gubernamentales, expresan los expertos, son el principal motivo.
La Ley Sarbanes-Oxley es uno de los presuntos villanos. Promulgada en 2002, después de que los escándalos contables de Enron y WorldCom revelaran ganancias que no existían, Sarbanes-Oxley impuso nuevos y costosos requisitos de auditorías, para que los altos gerentes y contadores externos pudieran detectar con mayor facilidad errores y fraude. Pero los costos anuales agregados pueden exceder 3 millones de dólares, reduciendo las ganancias de una empresa nueva y el valor para sus inversores.
Consideremos una compañía con 5 millones de dólares en ganancias, que podría justificar un IPO de 20 veces sus ganancias -una venta de acciones de 100 millones de dólares-. Parte del dinero iría a los inversores, otra parte a la empresa para su expansión. Ahora supongamos que su costo anual por Sarbanes-Oxley es de 2 millones de dólares. Las ganancias descienden a 3 millones y el nuevo valor de la empresa con la misma multiplicación es sólo de 60 millones de dólares. El atractivo de la empresa para los inversores se reduce. Se puede sostener que la menguante capacidad para recaudar capital nuevo debilita las innovaciones.

Amenaza real

La amenaza no es enteramente hipotética. El economista Peter Iliev, de Pennsylvania State University, estudió 301 empresas pequeñas que se cotizan en bolsa. Aunque las empresas eran aproximadamente del mismo tamaño, algunas se veían sometidas a la ley Sarbanes-Oxley y otras no (existía una exención basada en el valor de mercado de las firmas). Los gastos de contabilidad y auditorías en las firmas cubiertas eran mucho más altos; su valor en el mercado de valores era un 18 por ciento más bajo, halló Iliev. El mercado de valores, escribió, trata los costos en que se incurre para cumplir con la ley Sarbanes-Oxley “como un impuesto permanente sobre las firmas”.
Para aliviar el impuesto, la industria de capital de riesgo desea liberalizar Sarbanes-Oxley y quizás se cumpla su deseo. Legislación aprobada con apoyo bipartidario daría, en general, a las empresas una exención de hasta cinco años después de una IPO, para cumplir con los requisitos de auditoría, en la medida en que los ingresos de las firmas estuvieran por debajo de los 1.000 millones de dólares.
¿Caso cerrado? No exactamente. Algunos economistas disputan los efectos adversos de Sarbanes-Oxley. Las empresas incipientes independientes simplemente no son tan valiosas como lo eran, sostienen los economistas Jay Ritter, Xiaohui Gao y Zhongyan Zhu en un nuevo estudio. En lugar de una IPO, es más sensato para muchas empresas nuevas, venderlas a grandes corporaciones. Sus ganancias “serán superiores como parte de una organización mayor que puede llevar nueva tecnología al mercado más rápido”, dice el estudio. Eso, y no la ley Sarbanes-Oxley, explica por qué la mayoría de las empresas nuevas son adquiridas por grandes compañías. En 2011, se realizaron 429 de esas adquisiciones.
El combate entre regulación y desregulación pocas veces presenta opciones en blanco y negro. Hay objetivos y narrativas en conflicto. Aquí, la búsqueda de una mayor fiabilidad en las declaraciones contables entra en conflicto con una mayor libertad para los empresarios y los que los respaldan. Es el temor al fraude financiero contra el atractivo de los nuevos productos, tecnologías y empleos. ¿Cuál merece prioridad en este momento?
El elevado desempleo y la economía perezosa sugieren que es mejor errar a favor de correr riesgos y fomentar la expansión. 

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