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El bache fiscal obliga a cambiar el rumbo económico

El bache fiscal presiona sobre la economía y modifica el rumbo,

Entró en crisis el modelo económico K? ¿Es ésto el fin o sólo un “service” necesario para ajustar las variables a los tiempos difíciles que vienen? ¿Es la crisis externa o también los errores locales?
Las preguntas pueden sonar exageradas, pero es claro que el sistema que predominó en los últimos cuatro años, no tiene posibilidades de perdurar. Las dificultades fiscales están de regreso, y la inflación dejó de ser un debate desconocido por la administración kirchnerista.
Lo reconoció, a su manera, la propia presidenta Cristina Kirchner. Dejando de lado las motivaciones políticas, es un hecho que el gobierno nacional ya no puede sostener un sistema de subsidios por 80.000 millones anuales, un gasto público que aumenta a casi 40%, una expansión monetaria en porcentajes similares, un tipo de cambio que se ajusta al 6% y tasas de interés negativas.
El proceso de ajuste de la economía y, en especial, de la cuenta fiscal está aún en desarrollo. No es conocido, ni ha sido explicitado por parte del Gobierno la magnitud de los recortes en marcha y tampoco hay información que permita evaluar si las medidas adoptadas están dando los resultados esperados.

Nuevo rumbo

Como se señaló, el dato relevante y la razón del nuevo rumbo económico, tiene que ver con la situación fiscal. El bache estaría en el orden de los 8.000 millones, y de allí que las primeras decisiones se concentrarán en los recortes al gasto.
¿Pero qué pasa con la recaudación? Los datos más recientes indican que en términos reales los ingresos han comenzado a caer por varias razones: el enfriamiento de la economía (que afecta los ingresos por IVA), la baja de precios de los granos y menores importaciones (que reduce los ingresos por retenciones y aranceles).
A partir de los datos de octubre se podrá estimar con mayor precisión la magnitud de la merma, que es de una variación del 33% anual. Es decir, que es bastante seguro que los ahorros fiscales basados en recortes de los subsidios se vean neutralizados por la caída de los ingresos y esto obligue a revisar en el transcurso de los próximos meses el equilibrio precario logrado en estos días entre controles de cambios, precios del dólar y tasas de interés. Los ajustes en marcha, entonces, no alcanzarían para recuperar la solvencia fiscal.
La pérdida de los dólares atesorados por parte del Banco Central es otro elemento importante para evaluar el futuro. Con la caída de esos activos, también desapareció la posibilidad de que el Gobierno continúe financiando el gasto corriente con reservas internacionales.
El rubro de reservas de “libre disponibilidad”, la figura con la cual se justificó que el Banco Central financiara con emisión gasto público, ha desaparecido. Ahora el Gobierno estudia modificar la Carta Orgánica del Banco Central, que debería ser aprobada por el Congreso.
La nueva ley apuntaría a flexibilizar aún más los márgenes o ratios que permitirían echar mano a esta caja de recursos.
En el nuevo contexto es posible imaginar que las presiones cambiarias seguirán en alza. Pero en el corto plazo es poco probable que la presidenta Cristina Kirchner avance en esa dirección. En la visión oficial, una devaluación solo agravaría las presiones inflacionarias y, por lo tanto, los beneficios serían menores que los efectos negativos. De allí que las expectativas del mercado y de los hombres de negocios es que la administración kirchnerista avanzará hacia una política de ajustes graduales y con una depreciación moderada del peso en lugar de una devaluación rápida.
Desde el oficialismo se especula, a su vez, con que la llegada de divisas por parte de las exportaciones de granos y otros sectores como la minería y las petroleras que deben ingresar los dólares de sus ventas, permitirá que el balance del mercado cambie de signo.
Pero esa alternativa no es una certeza. La fuga de divisas viene de hace tiempo y los ingresos extraordinarios por los precios y volumen de la última cosecha, tampoco lograron frenar la salida de dólares del sistema financiero.
Este resultado tiene que ver más con la desconfianza y la percepción de que el dólar está “barato”, y también con la certeza de que cada control que se agrega al sistema económico, llega para quedarse.

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