En Bélgica, el rey Philippe goza de buena aceptación entre quienes adhieren a la unidad del país.
En Bélgica, el rey Philippe goza de buena aceptación entre quienes adhieren a la unidad del país.
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Las tres barreras que, por ahora, impiden en Bélgica el avance del separatismo flamenco

Alexander de Croo (45 años) es el primer ministro del Reino de Bélgica desde el 1 de octubre del 2020. Dicho así, aparece como un gobernante más entre los más de 200 jefes de gobierno del mundo. Sin embargo, alcanzar la jefatura de gobierno en Bélgica es casi una hazaña dada la complejidad de cualquier proceso político en el país inventor de las “papas fritas”.
Una complejidad que está dada por la multiplicidad de partidos políticos. A tal punto llega esa multiplicidad que el actual gobierno del primer ministro de Croo, para alcanzar la mayoría parlamentaria, debió surgir de una coalición de siete agrupaciones. 
Actualmente, tras las elecciones generales del 2019, son 10 los partidos políticos con representación parlamentaria. Sobre un total de 150 escaños que componen la Cámara de Representantes, las bancadas partidarias van desde los 25 asientos a las 8 bancas. Pero el panorama se complica aún más con la división étnica y lingüística del país. Tres comunidades –además de una nutrida inmigración, principalmente africana- habitan el país. 
Por un lado, la comunidad flamenca que habla el idioma neerlandés y que constituye el 58% de la población. Por el otro, la comunidad valona de habla francesa que representa el 32% del conjunto. Existe un pequeña comunidad (1%) de habla alemana y el resto son inmigrantes.
La división étnica, además de consecuencias políticas de gravedad para la unidad del Reino, determina una división suplementaria de los partidos políticos. Así, a las diferencias ideológicas se agregan las comunitarias. En tal sentido, por ejemplo, existe un Partido Liberal flamenco y otro, diferenciado, valón. O un Partido Socialista flamenco y otro valón. De allí las dificultades suplementarias para formar gobierno.
Como siempre ocurre en Bélgica, la elección finalizó con resultados extremadamente fraccionales. En consecuencia, alcanzar los acuerdos para formar gobierno llevó un lapso de tiempo de 16 meses. Es decir, durante dicho período, el gobierno solo despachó asuntos administrativos. Así, los meses pasaron desde el 26 de mayo del 2019 cuando los belgas votaron en las elecciones generales. Fueron varios los políticos convocados por el rey Felipe para formar gobierno que fracasaron en el intento. Por citar algunos, Koen Geens (demócrata cristiano, flamenco); Patrick Dewael (liberal flamenco); Sabine Laruelle (liberal valona).
Pero, en marzo del 2020, el país entró en crisis. En rigor, el mundo entró en crisis ante el avance avasallante del Covid-19. Las medidas de excepción que la situación requería superaban con creces las capacidades de un mero gobierno limitado a los asuntos corrientes.
Fue necesario deponer actitudes sectoriales y conformar un gobierno de unidad de carácter provisorio. Los políticos belgas demostraron estar a la altura y confiaron el gobierno a una mujer –la primera en la historia belga-, Sophie Wilmés, integrante del partido liberal francófono Movimiento Reformador. Wilmés gobernó casi un año. Los primeros seis meses como sucesora de Charles Michel quién asumió la presidencia del Consejo de la Unión Europea. El segundo semestre como primer ministro, jefa del gobierno de unidad.
Finalmente, el 30 de setiembre del 2020, el liberal flamenco Alexander de Croo logró juntar una mayoría parlamentaria para asumir la jefatura de gobierno. Puso fin así al período más largo de la historia de Bélgica sin gobierno federal surgido del Parlamento.

Separatismo
Entre los siete partidos de gobierno no figura quién resultó primero en las preferencias de los electores, el Nieuw-Vlaamse Alliantie (N-VA) –Nueva Alianza Flamenca- del muy popular alcalde de la segunda ciudad de Bélgica y segundo mayor puerto de Europa, Amberes.
Claro que se trata de una preferencia completamente sesgada. La Nieuw-Vlaamse Alliantie es un partido de derecha basado en el nacionalismo flamenco que promueve la independencia de la región de habla neerlandesa y que lleva a cabo acciones, desde el gobierno regional, en tal sentido. Entre dichas acciones se inscriben la obligatoriedad del uso del neerlandés en los trámites con la administración pública; el condicionamiento del dominio del idioma para acceder a viviendas públicas o el aprendizaje obligatorio únicamente del neerlandés para los inmigrantes.
En las elecciones del 2019, el partido resultó el más votado del país con el 16,03%, concentrado en su totalidad en la región flamenca con algún alcance en la capital Bruselas. No obstante, perdió ocho representantes con relación a la bancada propia anterior. El jefe de la N-VA es Bart de Wever (50 años), alcalde de Amberes desde el año 2013. Fue quién llevó al partido nacionalista flamenco a la victoria en las elecciones federales del 2010. Proviene de una familia con antecedentes nacionalsocialistas. Su abuelo fue secretario general de la Liga a Nacional Flamenca, reconocida como único partido durante la ocupación alemana.

Contra separatismo
La primera barrera contra el separatismo flamenco es, desde la política, el resultado electoral. Cierto es que el N-VA resultó primero en la elección del 2019 y que el VB figuró segundo con 11,95% pero, sumados, totalizan el 27,98% del cuerpo electoral. Grosso modo, un poco más de la mitad de los votantes flamencos sufraga por la independencia de la región. En otras palabras, apenas son mayoritarios entre los flamencos y, obviamente, no cuentan entre los valones. Así las cosas, no parece, al menos en el corto y mediano plazo, que la partición de Bélgica resulte factible por la vía electoral.
El segundo obstáculo para la secesión es el propio gobierno belga surgido de la Cámara de Representantes. Reunió 120 votos afirmativos en el Parlamento sobre un total de 175. Aunque en permanente consulta, Alexander de Croo puede gobernar sin sobresaltos automáticos. 
Junto a la mayoría de los belgas y a la coalición de gobierno, el tercer obstáculo para el separatismo es la propia corona. En Bélgica, el rey Philippe goza de buena aceptación entre quienes adhieren a la unidad del país. Ello, no obstante el escándalo de la comprobación de la paternidad del ex rey Albert II, su padre, sobre una hija extra matrimonial, asunto que quedó dilucidado en los tribunales del país.

Exteriores
Para los belgas, flamencos, valones o germánicos, el recuerdo del colonialismo constituye una vergüenza difícil de sobrellevar, a medida que se conocen más y más profundas investigaciones sobre las exacciones, crímenes y demás horrores que la colonización belga dejó como secuela. Hoy nadie discute la categoría de “más cruel” que recibe el colonialismo belga.
El reparto de África concluido por las potencias europeas durante la segunda mitad del siglo XIX permitió al voraz e inescrupuloso rey de los belgas Leopoldo II hacerse de la totalidad del territorio de la actual República Democrática del Congo (RDC). En honor de su desmedida ambición, Leopoldo II no puso la colonia como propiedad del Estado belga, ni de la Casa Real. Conformó un estado “independiente” con él como propietario y gobernante. 
Así, como dueño y señor, el monarca-propietario gobernó el Congo hasta que la presión internacional motivada por las atrocidades que salían a la luz lo obligó a ceder la colonia a Bélgica en 1908. 
El 30 de junio del 2020, por primera vez en la historia, un rey belga, Philippe, expresó su lamento por el pasado colonial de su ancestro y su país. Desde entonces, restitución de objetos artísticos pillados y de cráneos, y otros reconocimientos se suceden en algo que, en algún momento, derivará en complejas negociaciones para las reparaciones históricas.
Precisamente, unos días antes del reconocimiento del rey, cinco mujeres mestizas, cuatro de ellas con nacionalidad belga y una francesa, presentaron una demanda por una indemnización contra el Estado belga por crímenes contra la humanidad, ya que fueron separadas a la fuerza de sus familias y recluidas en instituciones religiosas, para luego ser abandonadas a su suerte.
El otro tema de actualidad son las piraterías informáticas de las que Bélgica, como otros países occidentales, no se salva. Desde el Ministerio del Interior a “Belnet”, el servicio público de acceso a Internet, numerosas empresas e instituciones debieron paralizar, de forma momentánea, su trabajo ante los ataques.
Y todas las sospechas recaen sobre China. El propio servicio de inteligencia belga, la VSSE, hizo trascender que investigan el bio-espionaje ejercido por China, que activaron la vigilancia sobre instituciones y empresas chinas en Bélgica y que investigan sobre los trabajos en la embajada de Malta, pagados por… China.
Es más, detuvieron a un funcionario europeo cuyo nombre no trascendió por espionaje a favor del otrora Imperio Celeste. Cabe recordar que la gran mayoría de los organismos de la Unión Europea tienen sede en Bruselas.

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