angustias
Las angustias de los ciudadanos no nacen con esta pandemia, sino que, cual espejo deformante, puso en relieve las carencias que venimos padeciendo desde hace décadas.
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Cuando la angustia sobrepasa cierto umbral, el cuerpo paga un tributo

Un temor difuso se propaga en el psiquismo de la persona y este temor puede paralizarlo en su capacidad de reacción y hacerlo sentir impotente.

La angustia puede ser la expresión de un conflicto intrapsíquico no resuelto o de una experiencia disruptiva que viene del mundo externo y sobrepasa la capacidad elaborativa de la persona. Muchas veces la angustia aparece ante un porvenir incierto. Actualmente la evolución de la pandemia y de la economía de nuestro país y del mundo, y por ende su impacto en la vida cotidiana de las personas es fuente no sólo de preocupación, sino en muchos casos de angustia. La misma puede ir desde el temor a contagiarse y eventualmente morir, y/o a no llegar a cubrir las necesidades básicas e hipotecar el futuro. Pero no las veo como antagónicas, sino como recíprocamente potenciadas.
La angustia, de por sí expresión de sufrimiento psíquico, puede traducirse en dificultades para dormir y/o impactar en el cuerpo en forma de palpitaciones, sudoración o dificultades para respirar. También puede presentarse síntomas psicosomáticos variables. Los mismos dependerán de cuál es el órgano de "choque" preponderante en cada persona. Su expresión puede manifestarse ya sea en la piel, en el sistema cardiovascular, digestivo, etc. Cuando la angustia sobrepasa un cierto umbral, es el cuerpo que paga un tributo.
Si bien la vida es incertidumbre, la imprevisibilidad sanitaria y económica se convierte para la persona en certidumbre de inestabilidad, aumentando los temores que la misma pueda conducirla a un abismo personal y familiar.
Las angustias de los ciudadanos no nacen con esta pandemia, sino que, cual espejo deformante, puso en relieve las carencias que venimos padeciendo desde hace décadas. En el ciudadano de cierta edad se reactiva lo padecido en situaciones previas de inestabilidad, potenciándose la angustia que se nutre no sólo de la crisis actual sino también de todas las crisis anteriores. Un temor difuso se propaga en el psiquismo de la persona. Este temor puede paralizarlo en su capacidad de reacción y hacerlo sentir impotente. Se debe tener en cuenta que dicha capacidad tiene un umbral por encima del cual lo disruptivo se convierte en traumático, con serias repercusiones tanto en la psiquis como en el cuerpo de la persona. Se hace muy dificultoso armar proyectos racionales, coherentes e integrados en un proyecto de vida.
La persona tiene la sensación de quedar flotando en un limbo apabullante. En el termómetro de la fiebre y de la inflación se reflejan los riesgos que hay que afrontar sin fecha cierta. Sin salud no hay economía viable, sin economía viable no hay salud. Un dilema que se puede vivir como trágico, sin salida. O como dramático, es decir acuciante, doloroso, pero con una salida posible. No será sin dolor. 

(*) Médico psiquiatra (UBA), miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Médico psiquiatra de la Universidad de París XII. Autor del Libro "En las Huellas del nombre propio".

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