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La pandemia de coronavirus logró poner a la humanidad patas arriba en un lapso muy breve.
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El Corona

Nació en un bosque chino, según la versión más conocida; el intermediario habría sido un mamífero volador, nocturno y cargado de simbología asociado a lo tétrico, hay también versiones conspirativas a nivel internacional.
Es una partícula de material genético, mutante según el ambiente en el que se halle, una perfecta máquina de contagiosidad y agresividad, que ha logrado, y al mismo tiempo, poner a la humanidad patas arriba en un lapso muy breve.
Remarco lo de simultaneidad, pues en otras situaciones tremendas, grandes pestes, guerras mundiales, había sectores o países indemnes o ya en recuperación, con lo cual coexistía un estampillado de lugares sufrientes y otros en vía de transición hacia la normalidad y, por ende, con actividad social, educativa y la economía funcionando.
Esta situación angustiante crea zozobra pues quién podrá ayudar a quién, y de qué manera. No respeta continentes, testas coronadas, imperios ni socialistas ni capitalistas, observamos azorados a presidentes y primeros ministros sobreactuando y dando palos de ciego muy a menudo, que no es lo que se espera de pilotos de tormenta.
Su efectividad y rapidez de conquista no la hubieran imaginado ni en sus más delirantes sueños imperiales ni Alejandro, Julio César o el mismísimo Adolfo, con su veloz “blitzkrieg”.
Enfermedad siglo XXI, moderna para el hombre, quizás no tanto para los animales; los mejores científicos del mundo, con recursos ilimitados buscan febrilmente algo que destruya o palie esta pesadilla, hasta hoy infructuosamente.
Lo anterior asusta; no se ve la luz en el túnel y ante tamaño enemigo solo oponemos tímidas barreras para no contagiarnos tanto y lo único que tenemos es una solución medieval como la cuarentena y otras de mediados del 1800, el lavado científico de manos preconizado por Semmelweis.
Hay que ser generosos y agradecidos pues esas gastadas armas han tenido la eficacia de las buenas y viejas recetas. Hablando de viejas recetas, se está ensayando en varios centros de jerarquía un intento de solución y alivio para este problema utilizando el plasma de convaleciente, ya usado y con éxito en la fiebre hemorrágica argentina aproximadamente, en los años 60 por un grupo de médicos y bioquímicos de Junín. En mérito a su labor, fueron galardonados con un premio otorgado por la Academia Nacional de Medicina. El uso remozado del método, aunque todavía no hay una certeza de efectividad, es esperanzador.
Termina el día, caen las noches rápidas de otoño, e inevitablemente nos enfrentamos con las noticias de las bajas diarias que en su repetición monocorde desacralizan la muerte, y en ocasiones suenan a números enunciados casi deportivamente. Pensar que hace 5 meses éramos felices y no nos habíamos dado cuenta…
En cada nueva etapa de corrección del aislamiento social los adultos mayores (léxico maquillado que se agradece) salimos reiteradamente algo desfavorecidos y sabemos que seremos los últimos en abandonar la cuarentena, pero cuando ello ocurra y como en el viejo arte japonés (kintsugi), saldremos remozados en la resiliencia al superar otra adversidad.
La naturaleza es equilibrio, el cosmos es equilibrio, Dios no juega a los dados (Einstein).
No lo sé, y tendrán que decirlos los que saben, cuál es la responsabilidad que le cabe al homo sapiens en estos y otros sucesos que ocurren periódicamente. El hombre y desde el fondo de la historia y en su curiosidad creó instrumentos para su bienestar, mejoró los cultivos, adiestró animales, inventó el comercio y así avanzó en todos los frentes posibles hasta llegar en su fantástica evolución a la actual tecnología que no tiene techo.
Pero su avance fue arrollador y perturbó a la naturaleza de mil maneras, solo en el Amazonas brasileño entre 2019 y el primer cuatrimestre del 2020 fueron desforestados 11.325 kilómetros cuadrados, también nuestro país ha hecho lo suyo en este tema. Ese maltrato continuo al planeta ha modificado sensiblemente el hábitat de muchos seres y alterado su destino biológico (Hararis 2019).
No es descabellado pensar que pueden suceder mutaciones de virus habitualmente huéspedes del reino animal y de ahí al hombre con consecuencias inimaginables.
Hemos ignorado todas las luces rojas, polución, derretimiento polar, efecto invernadero, Chernóbil, océanos con islas de plástico… Somos inquilinos temporarios y privilegiados de nuestra casa, cuidémosla y que cuando nos toque dejarla se halle por lo menos igual, no peor que cuando la encontramos.
“La epidemia es fruto de una civilización que sacrifica el planeta en el altar de un consumo desquiciado que enriquece a pocos, adormece a la mayoría y relega a muchos en la pobreza y la exclusión” (Guyot).

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