La soledad
OPINIÓN

La soledad

A modo de poema, Peter Handke escribió alguna vez la formación titular del Nuremberg FC de 1968: Wabra en el arco, Leupold y Popp primera línea defensiva, Ludwig Muller, Wenauer y Blankeburg luego y, en ataque masivo, Starek, Strehl, Brunge, Heinz Muller, Volkert y Spielnake. “Inicio de juego: 15 horas”, cierra el poema, que lleva fecha del 27 de enero de 1968. Era el primer título de la era moderna de la Bundesliga que ganaba Nuremberg, fundado en 1900, y poderoso cuando ganó cinco títulos en ocho años.
En 1922, tras un invicto de 104 partidos, fue homenajeado con el apodo de “Der Club” (El Club), como si no hubiera otro más que él.
El título de 1922 lo definió ante Hamburgo. Primer partido empate 2-2 luego de tres horas y diez minutos. Segundo partido y nuevo empate (1-1) también tras el tiempo extra. Nuremberg no pudo presentarse al tercer duelo porque le quedaban apenas siete jugadores, por lo que la Federación alemana dio el título al Hamburgo, pero solo a condición de que lo devolviera para declararlo vacante, como efectivamente sucedió. Eran otros tiempos, claro.
En 1968, eso sí, el DT Max Merkel, echó tras el título a los más veteranos y Nuremberg descendió a la temporada siguiente. Bien podría haber sido tema para otra novela del austríaco Handke, flamante y polémico Premio Nobel de Literatura y a quien el fútbol, en rigor, recuerda por otro libro de 1970 de título mítico y mencionado hasta el hartazgo en estos últimos días: “El miedo del arquero al tiro del penal” (o “El miedo del portero ante el penalty”).
Cito el poema del Nuremberg campeón de 1968 para aclarar que Handke sí amaba y entendía de fútbol. Porque el título sobre el miedo del arquero, hay que admitirlo, suena algo extraño. Es cierto que el arquero parece sometido a un pelotón de fusilamiento en un penal. Pero, justamente como tiene todo para perder, también tiene todo para ganar si lo ataja. El miedo, pues, no es del arquero, sino del pateador. El arquero es Gardel si ataja. Allí tenemos a Sergio Goycochea, héroe de Italia 90 y a quien nadie jamás reprochó nada porque en la final no pudo detener acaso el penal más importante, de Andreas Brehme, que dio a Alemania el título agónico en el Estadio Olímpico de Roma. El pateador, en cambio, es drama eterno si falla. Que lo diga, sino, Emanuel Gigliotti, que dañó su vínculo con Boca por aquel penal que le atajó Marcelo Barovero en semifinales de Libertadores 2014 en el Monumental.
El arquero de Handke se llama Josef Bloch. En su novela, Bloch en realidad ya está retirado. Lo despiden de la fábrica e inicia un derrotero confuso y de tinte policial. La novela sí termina con una escena futbolera. Bloch en la tribuna comentándole a su interlocutor qué pasa por la cabeza del arquero cuando hay un penal, como efectivamente sucede en el campo de juego.
“Si conoce” al pateador, sabe dónde tira habitualmente. Pero el arquero sabe también que el pateador conoce cómo ejecuta y entonces tal vez busque sorprenderlo. O no. Que la sorpresa no sea cambiar sino tirar como siempre. “Cuando el jugador toma la carrera -dice Bloch a su interlocutor- el arquero indica con el cuerpo, inconscientemente, la dirección de la pelota en que se va a lanzar, antes de que haya pateado la pelota, y el jugador puede entonces patearla tranquilamente en la otra dirección”. El pateador de Handke, finalmente, tira al medio. Y el arquero no se mueve. Ataja fácil.
Handke y Wenders, creen algunos, eligen al arquero y no al pateador porque el arquero representa mejor la soledad en la que estamos todos nosotros al momento de tomar alguna decisión importante que afecte nuestras vidas. “El miedo del arquero ante el tiro penal” no es realidad un libro de fútbol. Pero sí tal vez el primero en el que un escritor algo denso como Handke toma como protagonista de su novela a un jugador.
Al cineasta Wim Wenders, gran amigo de Handke, le encantó el libro y en 1972 lo hizo película. En el filme, Bloch es arquero todavía vigente (el actor es Arthur Brauss, que hizo luego del arquero Lutz en el filme “Escape a la victoria”). La película comienza con Bloch dejándose hacer un gol porque hay offside claro. El árbitro dice que igual es gol, Bloch reacciona, es expulsado y allí sí comienza su desastre. Y, cuando al final habla en la tribuna porque hay un penal, su interlocutor (él no lo sabe) es un policía que ya sospecha sobre si él fue el autor de un homicidio. Hablamos de Alemania de la posguerra.
Profundicé libro y filme cuando el fútbol alemán quedó conmovido en 2009 por el suicidio de Robert Enke, arquero de selección.
También el fútbol argentino sufrió una increíble seguidilla de arqueros suicidados. En otro de sus libros, Handke cuenta su fastidio por los clubes austríacos hoy sociedades anónimas. Handke vive en las afueras de París y suele ir al bar a ver al PSG. El Numancia celebró su flamante Premio Nobel, pues Handke vivió un tiempo allí e iba al estadio. De su paso por España, le quedaron grabadas, sin saber por qué, tres palabras que escuchó en plena trasmisión radial de un partido que jugaba Barcelona. El relator, cuenta Handke, simplemente decía: “falta de Cruyff”.

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