Las amplias brechas sociales no sólo se observan a través de recursos económicos, sino también por condiciones emocionales, afectivas y cognitivas.
Las amplias brechas sociales no sólo se observan a través de recursos económicos, sino también por condiciones emocionales, afectivas y cognitivas.
OPINIÓN

Salud: desigualdades persistentes

Disfrutar de un buen estado de salud es un derecho fundamental de todo ser humano a partir de lo establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero en la Argentina se observan altos niveles de desigualdad e inequidad en las condiciones de salud y enfermedad. Ahora bien, para una persona como para una sociedad es tan crucial “estar bien” como “sentirse bien”, ya que lo que pensamos y sentimos determinan nuestras conductas y modos de interacción con los demás.
Las amplias brechas sociales no sólo se observan a través de recursos económicos, sino también por condiciones emocionales, afectivas y cognitivas. Los problemas de salud físicos y mentales dan cuenta de los obstáculos que presentan las personas para la toma de decisiones y la posibilidad de generar cambios en sus vidas.
A su vez, por supuesto, las condiciones ambientales, socio-ocupacionales y socioeconómicas son determinantes sobre la salud y el desarrollo del ser humano. Así, las personas que viven en contextos donde hay mayores carencias socioeconómicas y laborales se perciben con un estado de salud más deteriorado y con alta sintomatología ansiosa y depresiva.
Desde el reciente informe presentado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA) “La mirada en la persona como eje del desarrollo humano y la integración social”, se hace un detallado análisis acerca de las deudas que en sus aspectos emocionales, afectivos y cognitivos afectan a nuestra sociedad como consecuencia de desigualdades e inequidades estructurales.
La percepción negativa del estado de salud física evidencia el valor más alto de la última década (15,7%), duplicando los alcanzados entre 2010 y 2011 (7,5%). En materia de malestar psicológico, el indicador alcanza al 21% de la población adulta, registrando un comportamiento relativamente estable, aunque la incidencia de este sufrimiento en el actual contexto es mayor al registrado al inicio de la década (18%). El malestar psicológico da cuenta de elevados síntomas de ansiedad y depresión asociados en muchos casos con un sentimiento de infelicidad y pesimismo, problema que se agrava y se extiende al mismo tiempo que crece la pobreza por ingresos o se profundiza la pobreza de otros derechos sociales.

Panorama sombrío
Los modos negativos de afrontar las situaciones de dificultad evidencian que, aunque con variaciones a lo largo de la década, entre dos y tres de cada 10 adultos tienden a generar respuestas evitativas a los problemas. En tanto, la creencia de control externo, es decir, la sensación de que no tenemos el control de nuestro destino y que el mundo externo se impone sobre nuestra capacidad de respuesta, afecta a uno de cada cuatro adultos urbanos. Y, como si esto no fuera poco, dos de cada 10 de los adultos que viven en centros urbanos dicen no tener amigos, vínculos o familiares que puedan brindarles un apoyo social de contención.
Los recursos cognitivos -evaluados a través del afrontamiento negativo, la creencia de control externo y los déficits de proyectos personales- evidencian brechas estructurales persistentes: a mayor pobreza socioeconómica, ocupacional y residencial, mayores y más profundos son estos déficits. En términos generales, se triplican los problemas entre los adultos pobres, con nivel socioeconómico bajo, con una inserción ocupacional marginal y que viven en condiciones de precariedad con respecto a niveles sociales profesionales y con recursos económicos medios altos.
De la misma manera, sentirse poco o nada feliz aumenta a medida que desciende el estrato socio-ocupacional, el nivel socio-económico y la condición residencial de la población. Autopercibirse infeliz es cuatro veces más frecuente cuando se sufre de precariedad o marginalidad laboral. De esta manera, el riesgo de los individuos pobres a sentirse poco o nada feliz duplica al de los no pobres.
Bajo este contexto, el derecho de todos a gozar de un buen estado de salud física y mental, es decir, del derecho a “estar” y “sentirse” bien, no sólo es clave para el desarrollo personal, sino también la construcción social de una sociedad más integrada con recursos que promuevan a la autonomía y a la satisfacción tanto personal como colectiva, capaz de asumir con valentía grandes desafíos de transformación. Esto implica poner en valor los derechos económicos, sociales, políticos y culturales de la sociedad y, a partir de ahí, conformar una coalición que ponga en la agenda la necesidad de una mayor justicia social.
En este sentido, las ayudas monetarias pueden resultar imprescindibles para suplir necesidades básicas en las personas, pero aún están ausentes las estrategias para promover el cambio frente a la adversidad. Salir de la pobreza requiere mucho más que una ayuda económica. Se necesita empoderar a la persona para lograr una mejor calidad de vida y un pleno bienestar promoviendo capacidades de desarrollo humano y de integración social.
Es fundamental continuar poniendo en la agenda pública la imposibilidad de millones de personas al derecho de gozar de un buen estado integral de salud, así como también la influencia que las desigualdades sociales tienen sobre esta injusta situación. La carencia sostenida de, al menos, un debate académico-político amplio al respecto demuestra que el problema de la pobreza es una cuestión todavía sin agenda.

(*) Socióloga (Observatorio de la Deuda Social-Universidad Católica Argentina).

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