Un recuerdo de Germán Leopoldo García y “Nanina”
EL ATREVIMIENTO, EL GENIO Y LA JUSTICIA; FACTORES DE UN ÉXITO

Un recuerdo de Germán Leopoldo García y “Nanina”

Poseo un archivo de notas periodísticas y fotográficas que me permiten viajar a través del tiempo sin la máquina de Wells y sí con la enorme felicidad de haber vivido momentos ricos en conocimientos, datos, experiencias personales con los más caracterizados escritores argentinos y figuras del arte todo, que muchas veces he puesto a disposición de órganos de prensa. Revisando precisamente este archivo (un modo de juzgarme), encuentro a Germán Leopoldo García y a su entrañable “Nanina”.
Un invierno de hace años, vacaciones, dos jóvenes se presentan en mi domicilio de calle Ataliva Roca. Ambos de apellido García. Por entonces yo cursaba estudios universitarios en La Plata. En esas circunstancias, el padre y la madre del que podríamos llamar el García uno, se hallaban presentes en la casa donde mis padres y amigos personales estaban en amable tertulia. El primer García cursaba medicina (hoy es un destacado médico de nuestro medio). El García dos se mostraba como un jovencito de mirada rápida y poseedor de una viva inteligencia. Delgado, cabello corto, sostenía debajo de un brazo un paquete envuelto con papeles de diario atado con hilo.
El estudiante de medicina me dijo: Roberto, este muchacho ha escrito una novela y quiere que la leas y le des tu opinión. Los hice pasar y una vez en mi escritorio, el “ESCRITOR” abrió el paquete y retirando una importante cantidad de páginas, me dijo lacónicamente “acá está”. Las hojas, manuscritas y cargadas de tachaduras, enmiendas, quitas y agregados. Miré los papeles y recién entonces pregunté por su nombre. Dijo llamarse Germán Leopoldo García. Después agregó: si te parece, corregime y cambiá lo que veas mal.
Este tipo de “autorización” he tratado de no ejercerla, aunque algunas excepciones he cometido. Y ésta fue una.
Leer aquellas páginas que ese jovencito me dejara, no fue fácil. Diría, sin temor a equivocarme, que fue una lectura fatigosa y sacrificada. Pero lo logré. Cuando concluí lo que era una novela de franco corte autobiográfico, me invadió una sensación extraña.
Por un lado, me resulta chocante el lenguaje descarnado, a veces soez, donde situaciones sencillas (algunas crueles), mostraban una infancia penosa con las interrogaciones elementales de la vida que se entrecruzaban con prematuras experiencias sexuales.
Pero al mismo tiempo, paradójicamente, un áurea de pureza o virginidad que transitaba como si fuera el ejercicio de una necesidad. Confieso que medité mucho acerca de esas hojas maltratadas por el uso de manos no cuidadosas. Que era menester “meter pluma” en muchos pasajes, era evidente, pero ante mí habían desfilado circunstancias que ningún otro escritor de nuestra ciudad había atrevido. Y pensé que el autor era verdaderamente un escritor, esta vez sin comillas.
Al término de mis vacaciones de invierno, lo llamé pidiéndole que viniera a retirar la novela. Lo hice un atardecer y la expresión del rostro del joven autor tuvo en sus ojos inquietos, el consabido interrogante de mi opinión. Sencillamente le confesé mi complacencia, advirtiéndole que en el original hizo falta una corrección expresiva y de puntuación que efectué. Me agradeció con una sonrisa que no he olvidado. Antes que se retirara le pregunté qué pensaba hacer con la novela. Me contestó que en unos días salía para Buenos Aires (cuando no, ¡Buenos Aires!), para intentar presentarla en una editorial. Fue la última vez que lo vi hasta unos años después nuevamente en Junín.
¿Qué es “Nanina”? Un grito, un grito de auxilio. La necesidad de hablarle a los demás acerca de una desventura íntima y desgarrante. Una denuncia a sus padres, a la sociedad, incluso a la obligación de ganarse el pan con el sudor de la frente. Necesidad de tener a una mujer que, no siendo su madre, lo cubriera con el calor de su cuerpo y de su amor, un amor desconocido para él, crucial y humano. El título de la novela lleva el nombre de la gata familiar; hoy borrado por el implacable tiempo, que inexorablemente nos devora.
Cuando Germán ya se había constituido en el escritor que la crítica recibiera sin escatimar elogios, le pregunté el por qué del título. Me contestó “era lo único puro en mi casa”. Muchas veces he reflexionado aquella respuesta y cuando miro a mi alrededor social, advierto que cobra una dimensión que la riqueza del alma solo puede ofrecer a quienes seguimos amando lo entrañable del ser humano.
Y así, un buen día, la nómina bibliográfica porteña nos trajo la novedad que la editorial Jorge Álvarez, había lanzado al mercado la novela que yo había tenido el privilegio de tener en mis manos, leyéndola y evaluándola.
Pero a la novela le faltaba un último capítulo; un capítulo inusitado, sorpresivo. Una Chamara de la Justicia Federal ordenaba el allanamiento de la Editorial Álvarez, la requisa de los ejemplares oportunamente vendidos y distribuidos; y la destrucción de aquellos que se encontraban en prensa para la segunda edición. ¿Fundamentos de la medida? “Novela injuriosa de lenguaje atrevido y soez, absolutamente inconveniente para lectura de la sociedad” (textual del expediente judicial).
Y se produjo lo inevitable. El desgarro interior del escritor y la quiebra de la Editorial Jorge Álvarez que jamás pudo volver a editar libro alguno. ¿Qué quedó de todo esto? Que el nombre de Germán Leopoldo García dejara huella en ese listado único e irrepetible de quienes acceden al privilegio de ver sus nombres en la literatura argentina. Y por supuesto, una cantidad de dinero en los bolsillos del autor porque el libro, transformándose en un best seller, se vendió hasta el último ejemplar de la primera edición de aquel entonces.
Pero no fue el único libro de Germán. Publicó “Cancha rayada” y muchos otros; pero no pudo igualar el éxito de una gatita que dejó su nombre para siempre.
Pasaron algunos años y cada uno de nosotros siguió y alcanzó (o no) el camino adecuado tanto para el triunfo como para la derrota. Y fue cuando recibo una invitación del Colegio de Psicólogos de nuestro medio para asistir a una charla a cargo de Germán, a la sazón convertido en un psicoanalista de prestigio. Grande fue mi alegría y gustosamente me hice presente en dependencias de una confitería actualmente inexistente: “Chiqué”.
Y allí lo reencontré, ya no delgado y tampoco de mirada tan vivaz como antaño. Pero con una inteligencia a flor de labios hablando sobre problemas de la vida y el psicoanálisis. Nos abrazamos y ambos sentimos que el paso de los años no había podido oxidar lo que habíamos vivido. Y entonces recordé “Nanina”. Me dijo, mirándome con ojos perdidos vaya uno a saber dónde, “Nanina, Roberto, murió”.
Y de su casa paterna solo le quedaban recuerdos como hilachas. A la madre alcancé a conocerla cuando era pareja de un muy querido amigo y pianista de Junín. Me refiero a Juancito Mazzadi. Los solía ver en la sala de entrada, los cálidos ambientes del Club Social, sentados en el triple sofá que está con las escaleras de atrás. Ella era, en aquellos años, una mujer que denotaba haber sido muy linda y dotada de un cuerpo expresivo. Poco después Juancito moría y de la señora no supe absolutamente nada.
Hoy “Nanina” es más un recuerdo que una realidad literaria. Hay generaciones enteras que no tienen la menor idea de quién es Germán Leopoldo García. El mismo hizo un acto de contrición hecho de olvido y piedad.
Se hicieron otras ediciones. Pero de una versión corregida conforme las normas legales imperantes de los años setenta. Yo tengo el privilegio de poseer la edición prohibida y una posterior que el autor firmara afectuosamente.
Indudablemente el atrevimiento y un fallo judicial colaboraron estrechamente para crear un éxito fulminante que no suele ser común en escritores noveles. Y pienso en la ternura. La ternura de un niño criado como Dios dispuso y en la vida, que al igual que en cada uno de nosotros, nos reclama para nuestra condena o nuestra justificación.

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