Los hinchas islandeses vivieron una fiesta inolvidable en Moscú.
Los hinchas islandeses vivieron una fiesta inolvidable en Moscú.
ENFOQUE DESDE RUSIA

Un cuento de vikingos

Hay que decirlo, si el rival no hubiese sido Argentina, muchos, y me incluyo, habríamos celebrado tal vez que la milagrosa Islandia hiciera su debut absoluto en un Mundial “ganándole” 1-1 a la selección subcampeona del mejor jugador del mundo. Acaso nos hubiésemos unido a la heroica doble trinchera defensiva junto con ellos. Empujado los saques laterales de treinta metros del capitán Arón Gunnarsson.
Hasta sacado un turno en el consultorio odontológico de las islas Vestman que el DT dentista Heimir Hallmgrimsonn hoy abre apenas ocasionalmente para algún amigo. Y subido a la tribuna con sus hinchas para hacer el grito y el aplauso mítico. Y cantado el grito guerrero que dice “¡Vamos a ganar vikingos, honren su nombre!”, como lo hicieron los espartanos antes de una batalla histórica contra los persas y que copian hoy el equipo y sus hinchas, especialmente “Tolfan”, su llamado “Jugador número doce”.
Pero el rival fue Argentina. Caso contrario, también habríamos volado para detener el penal junto con Hannes Halldorsson. ¿Cómo no empatizar con la historia del hijo de arquero imposibilitado de pibe de seguir los pasos de su padre porque debieron operarlo cinco veces en un hombro y entonces se refugió detrás de una cámara? ¿Cómo no hacerlo si, cuando ya por fin sanado, le tocó debutar con 20 años como suplente del equipo de su barrio obrero, en la tercera división de su país, y cometió un error mítico en un partido decisivo que le reabrió pensamientos de abandonar otra vez el fútbol, hasta que nuevamente apareció el padre para decirle que no se rindiera, que debía persistir si quería ser el mejor de todos?
A los 34 años, Halldorsson, ya el mejor de su país, vivió ayer su tarde soñada, esa que él mismo hubiese filmado, porque jamás abandonó del todo su carrera de director de cine, al punto que elaboró el comercial de Coca Cola sobre la selección de Islandia, el país con menor población en la historia de los Mundiales y que cumplió un debut soñado en el estadio de un club que tiene también su propia historia.
Porque el Spartak fue el único club grande de Rusia que tomó distancia del poder en tiempos estalinistas en lo que todo era propiedad del Estado, fútbol incluido. El famoso Dynamo de Moscú era propiedad de la NKVD, la temible policía secreta, predecesora de la KGB. El CSKA pasó a manos del Ejército. Lokomotiv a los ferrocarriles del Estado, Zenit a la electricidad y Torpedo a la fábrica de automóviles. Solo Spartak adoptó ese nombre a partir de 1935 en homenaje a Espartaco, el esclavo gladiador que lideró una rebelión contra Roma y cuya estatua gigante precede el ingreso al estadio. La independencia absoluta era imposible y el Spartak tenía vínculos con Komsomol (la Juventud Comunista), pero los hermanos Starostin, sus fundadores, fueron encarcelados y enviados diez años a Siberia. El estadio de Espartaco era entonces el escenario apropiado ayer para la gesta vikinga.
En el acompañamiento a la hazaña, claro, hubiésemos resignado también nuestra idea ética y estética acerca del fútbol. Imposible enamorarse de un equipo que casi renuncia al ataque, coloca dos líneas de cuatro cerca de su arco y apuesta al choque hombre a hombre, sabedor de que, en ese terreno, hasta puede resultar imbatible.
No nos gusta porque no se trata de lucha grecorromana ni de rugby, sino de fútbol. Pero, tratándose de Islandia, se pueden hacer concesiones. ¿O acaso alguien hubiese esperado que Islandia saliera a jugarle de igual a igual a su rival tan poderoso, si dos semanas atrás, había hecho exactamente lo mismo en su último amistoso premundialista y jugando de local contra Ghana?
Todo nos resultaría emocionante, casi un cuento de hadas, si no hubiese sido que el rival de ayer era Argentina. El inicio fue casi ideal. Himno a mil. Estadio albiceleste. Leo Messi enchufado y el Kun Agüero que hace su primer gol mundialista después de ocho partidos en cero. Pero duró demasiado poco. Apenas cuatro minutos. Porque Islandia empató en la primera réplica profunda. Y porque a partir de allí Argentina fue otra. Messi perdió precisión y sus compañeros casi jamás le respondieron cuando buscó asociarse. Y, peor aún, las pocas veces que su rival modesto buscó agredirlo, casi siempre desnudó que la defensa argentina, por momentos, es un flan. ¿Cómo explicarse, sino, que Argentina haya ganado de modo abrumador todas las estadísticas de remates y posesión, pero haya igualado la del marcador y también las de ocasiones claras de gol?
Messi perdió por partida doble, porque su penal fallado lo expuso también en su duelo siempre individual contra Cristiano Ronaldo (mortífero en el 3-3 contra España). Pero es injusto mirarlo solo a él cuando otros no pudieron desequilibrar jamás. Imposible no citar el ingreso (tardío) de Pavón, más peligroso en sus quince minutos que Di María en los 75 previos.
Difícil no imaginarlo titular el jueves contra Croacia. Será un rival algo más abierto, lo que implica una ventaja por un lado (habrá tal vez más espacios para Messi), pero un peligro por otro. Porque a la selección no solo le faltaron variantes en ataque, sino que, más grave aún, desnudó fragilidad excesiva en defensa. Los rivales ya lo saben.

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