Ahora el Gobierno debe pagar el costo  político de una economía que anda mal
ENFOQUE

Ahora el Gobierno debe pagar el costo político de una economía que anda mal

En la coyuntura, los especialistas debaten sobre las causas de esa crisis y sus características: si es sólo de deuda, de confianza, cambiaria o también fiscal, o todas juntas.

Cuando la economía funciona mal, con desequilibrios fiscales, monetarios o cambiarios, o con precios atrasados, alta inflación, o se importa más de lo que se exporta, finalmente el mercado acomoda las cargas, sin avisar y de manera cruenta. Las crisis recurrentes a las que está acostumbrada la Argentina son precisamente esas correcciones que ocurren cada tanto y se manifiestan con el valor del dólar que, de un día para otro, sube sin un techo a la vista, hasta que en un momento se para.
En el medio, ocurre una recesión, con pérdidas de empleo, ingreso, más inflación y caída del poder adquisitivo de los salarios. Y con el tiempo, si esas crisis son recurrentes y las causas se reiteran, crece la pobreza estructural. Un país que, en los últimos 50 años cuadruplicó sus índices de pobreza. O en los últimos 80 años, menos de 10 con una inflación de un dígito.
En la coyuntura, los especialistas debaten sobre las causas de esa crisis y sus características: si es sólo de deuda, de confianza, cambiaria o también fiscal, o todas juntas. Para los ciudadanos comunes, la discusión de los economistas llega a sonar como una mesa de café futbolera, con mucha pasión pero que nunca hay acuerdo sobre casi nada. Los gobiernos, por su parte, tratan de explicar las crisis a causas externas, o a la herencia recibida, a la falta de una comunicación, aunque prácticamente todos los colores partidarios han enfrentado situaciones similares desde el regreso de la democracia en el ’83.
En definitiva, la credibilidad de los ciudadanos ha decrecido con el tiempo y también los eventuales planes diseñados por los economistas. Y los esfuerzos declamados desde el Estado también suenan huecos por una importante masa de la población que identifica esos sacrificios con ajustes que servirían para poco y desembocarían en otra crisis. No es una casualidad que el anuncio del presidente Mauricio Macri de recurrir al FMI no despierta ninguna adhesión ni expectativas populares.
La oposición, incluso los gobernadores del PJ denominado “racional”, recibió la noticia con frialdad y poco compromiso. Las dificultades económicas también les golpearían, pero por las dudas se corren.

En la salida más o menos rápida de esta crisis cambiaria, la llave estaría en el precio del dólar.

Las elecciones presidenciales del año próximo son una oportunidad, maná del cielo, que no tenían en sus planes y de pronto reaparecieron. En un puñado de meses, Macri dilapidó el enorme capital político que había logrado con las elecciones legislativas de octubre y su “segura” reelección. No solo la economía está revuelta, la política también. Y así como es necesaria una fuerte voluntad política para concretar las reformas estructurales y reformular el Estado, implementar un plan con la asistencia del FMI también exige esa voluntad. Algunos consultores políticos sostienen que si el PJ, sus dirigentes, fueran astutos, dejarían que Macri haga el ajuste y pague por todos los costos. En palabras más llanas, que haga el trabajo sucio de un programa económico y luego si la oposición llegara a ganar las presidenciales, tendría un país ordenado en lo fiscal, monetario y cambiario.
Son sólo análisis y apuestas políticas sobre el futuro. Para el resto de la sociedad, la suba del dólar de los últimos días es la señal concreta de que se abrió otra crisis. No sería esta tan dramática como otras anteriores. No hay peligro aún de que el país caiga en default o de una corrida bancaria por los depósitos. Aunque los miedos existen igual. Hasta hace pocas semanas, el Gobierno aseguraba que estaba todo en orden y que en un tiempo, con el gradualismo, la Argentina reanudaría un camino de crecimiento por muchos años. Pero en cuestión de días un episodio en principio menor, terminó con una corrida cambiaria y el anuncio presidencial de recurrir al FMI. Y si bien el Gobierno insiste ahora que ha recibido muchos apoyos políticos de Estados Unidos, China y otros países, el golpe es inevitable. Los apoyos externos son políticos, pero luego en la negociación con el FMI habrá una readecuación de la marcha económica. Otro plan con reformas estructurales más urgentes.
En la salida más o menos rápida de esta crisis cambiaria, la llave estaría en el precio del dólar. El Gobierno, empeñado en lograr una meta de inflación del 15% pretendía anclar el dólar en 20,50 pesos o algunos centavos más. Pero el mercado, ahora la mayoría de los expertos y el mismo FMI creen que el Banco Central debe dejar flotar la divisa y que alcance un nuevo precio de equilibrio.
Y ese valor estaría muy por encima de las pretensiones oficiales, e incluso superior a la cotización alcanzada los días anteriores. Con un dólar alto se acabaría la sangría de reservas y también de divisas que salen del país por turismo o importaciones que se podrían evitar. El ajuste del dólar en el año tendría que ser superior al de la inflación, y los precios tendrían un índice anual de alrededor del 25% y el crecimiento bajaría, quizás a 2% al menos.

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