Frente a las malas noticias, el Gobierno recurrió a la archi conocida técnica del desvío de la atención, con el puntapié inicial para el debate sobre el aborto legal.
Frente a las malas noticias, el Gobierno recurrió a la archi conocida técnica del desvío de la atención, con el puntapié inicial para el debate sobre el aborto legal.
LA COLUMNA DE LA SEMANA

La variopinta movilización de Moyano

No son pocos quienes piensan que la multitudinaria manifestación convocada por el ex jefe camionero, Hugo Moyano, favoreció al gobierno del presidente Mauricio Macri.
Dicen, quienes así analizan, que la “juntada” del ex jefe camionero con la izquierda trotskista, con el populismo K y con los grupos denominados “movimientos sociales” –todos reciben subvenciones del Estado- posibilita ver claro cuáles son las dos opciones que se presentan frente a la sociedad en cada elección.
Por un lado, ese conjunto heterogéneo al que solo une, por distintos motivos, su oposición al Gobierno. Y por el otro, claro, el Gobierno mismo.
No obstante, las líneas no son tan claras, ni definidas.
Por caso, los movimientos sociales. Como ya se dijo, todos perciben planes, subsidios y subvenciones del Estado. Lo toman como un derecho adquirido para siempre. A tal punto, que siempre desafían al propio Estado que los sostiene.
Imposible, por tanto, entender su adhesión a una convocatoria cuyo objetivo fue “blindar” al cacique sindical a punto de caer en desgracia.
Para estos “movimientos sociales”, como lo declaró el representante del Papa Francisco, Juan Grabois, poco importan los cuestionamientos éticos y legales a Moyano y su clan familiar. Alcanza con que Moyano se manifieste contra el gobierno para acercarse “tácticamente”, aun si cometió delito en la construcción de su inmensa fortuna.
En rigor, se trata de cumplir a rajatabla las enseñanzas del propio Bergoglio, dedicado a premiar con rosarios, oraciones y audiencias a cuanto sospechado -o algo más que sospechado- por corrupción deambula o está preso en la Argentina.
Junto a ellos, la izquierda trotskista que pone una vez más en evidencia sus contradicciones y que tras el acto –al que concurrió en tropel- se dedica a criticar a Moyano por su silencio acerca de los reclamos que formula.
¿Pensaban que Moyano se les iba a unir? ¿No se dieron cuenta que estaban excluidos del listado de oradores? ¿Qué no tenían ni voz, ni voto?
Luego los K. Todos fotografiándose, a la manera selfie, con un adelgazado Máximo Kirchner, convertido en jefe de un agrupamiento que quedó lejos del escenario y que, como sus colegas de la ultra izquierda, hacían acto de presencia a cambio de nada.
No vale demasiado la pena, hablar de las dos organizaciones sindicales estatales como las CTA. Ambas también allí haciendo de resonancia para un Moyano que toda la vida se dedicó a excluirlas y negarles reconocimiento.
Fueron todos quienes debían ir. Todos aquellos para los que el triple repudio propinado por la sociedad en el 2013, el 2015 y el 2017 no es suficiente.
No obstante, el Gobierno no fue el único ganador beneficiado por esa especie de “tren fantasma” de dirigentes que cortó la avenida 9 de Julio y coloreó un acto que duró muy poco a fin de evitar posibles incidentes.
Es que siempre, en estos casos, aparecen los pescadores en río revuelto. No se trata de quienes venden banderas, gorros, panchos, choripanes o bebidas refrescantes y no tanto. Esos, hacen su trabajo.
Son los otros, los políticos con pocos votos. Los que no aspiran a la presidencia, ni a las gobernaciones, ni siquiera a una intendencia. Son los que apuestan a integrar una lista cuyo arrastre los lleve hacia algún cargo legislativo.
Para ellos, el sumar de cualquier manera es bueno. Muy bueno. Vital. Entonces hablan de unidad. La unidad de los opositores para la “llegada” de ellos. A los que no les produce ningún cosquilleo acercarse a los K, luego de vilipendiarlos durante años.
Es que con Cristina Kirchner y sus muchachos, nadie puede –hoy por hoy- ganar una elección ejecutiva, pero alcanza para llegar al parlamento, a las legislaturas provinciales o a los concejos deliberantes.
¿Y sin Cristina Kirchner y sus muchachos, no es posible? Posible sí, pero harto dificultoso. Las listas de Sergio Massa, en la última elección, no alcanzaron el piso en varias secciones electorales de la provincia de Buenos Aires y sus candidatos se quedaron de a pie, aun quienes se presentaban como cabezas de lista.
De allí que hablar de unidad se les torna imperioso. Entraron en el habitual sálvese quien pueda que suele caracterizar a la oposición. Y en ese territorio, bienvenidos los K, Moyano, los movimientos sociales y hasta los trotskistas.
Y luego está el propio Moyano. ¿Ganó con la movilización? Sí, ganó. Porque resultó el único que pudo aglutinar tanta diversidad opositora. Todos iban tapándose la nariz. Pero, iban. Fueron. ¿Qué no les interesaba Moyano? Seguro, pero sin Moyano y los camioneros, juntan mucho menos.
¿Puede Moyano paralizar el país? Desde ya que no con una huelga general como reclamaban los sempiternos huelguistas estatales Micheli y Yasky de las dos CTA. Ningún gremio importante, salvo la conducción de bancarios, se les plegaría.
Pero está en condiciones de someter al país al “pánico” del desabastecimiento. Desde que el también peronista Carlos Menem decidió vaciar al país de ferrocarriles en aras de un hipotético equilibrio fiscal que luego estalló con la convertibilidad, los camioneros con el liderazgo de Moyano, se convirtieron en el sindicato con mayor poder del país.
Tres días sin abastecimientos de combustibles, sin reposición de caudales en los cajeros automáticos o sin distribución de alimentos y la clase media entra en pánico.
El masivo acompañamiento de los camioneros fue el objetivo central de su ex líder. Fue la advertencia al Gobierno. Una especie de “no me toquen” porque el gremio que abastece a la sociedad “deja de hacerlo”.
A tenerlo en cuenta.

El Gobierno
La semana no comenzó bien. El caso Díaz Gilligan acaparó la atención cuando la administración se preparaba, en Chapadmalal, para relanzar el año político y de gestión.
La cuestión es sabida. El funcionario, no tan menor como se lo quiere hacer pasar, ya que se desempeñaba como subsecretario General de la Presidencia de la República, no declaró un depósito por 1,2 millones de dólares, radicado en un banco del Principado de Andorra, un paraíso fiscal.
Depositar allá, salvo para los súbditos andorranos, implica, cuando menos, quitar de circulación y, por tanto, “negrear” un dinero que es preferible no declarar o que corre riesgos de ser incautado.
Díaz Gilligan, en su defecto, explicó que el dinero no era de él, sino que hizo un favor a un conocido intermediario de jugadores de fútbol, Paco Casal, de nacionalidad y residencia uruguaya.
Es decir que si no “negreó”, prestó su nombre para que otro lo hiciese. Cuando menos, partícipe necesario.
Tras un amago de resistencia, el Gobierno decidió entregarlo ante la eventual persistencia del tema en los medios de comunicación y, por ende, en la opinión pública.
Dicho en otras palabras, no fue por la acción, sino por las consecuencias. Es la vara –muy similar a la del kirchnerismo- con que mide sus conductas el propio Gobierno. A Caputo y a Triacca no –por valiosos e imprescindibles-, a Díaz Gilligan, sí por… mal menor. Objetable.
Y tras el traspié de Díaz Gilligan se hacía necesario digerir otras “malas noticias” como el nuevo y eventual incremento de las tarifas de gas, algunas informaciones económicas como el déficit record de la balanza comercial y la operatoria para salvar al juez Rafecas luego que, por dos veces, no hizo lugar a las denuncias del entonces fiscal Alberto Nisman.
Para ello, el Gobierno recurre a la archi conocida técnica del desvío de la atención. Con el puntapié inicial para el debate sobre el aborto legal y con la convocatoria –negociada con la Corte Suprema- para modificar, allá lejos, las prácticas tribunalicias. Mucho ruido, pocas nueces.
Cierto es que una parte de la sociedad reclama la sanción de una ley que autorice el aborto por la mera voluntad de la mujer embarazada. Cierto es que otra parte de la sociedad, no necesariamente orientada por la Iglesia Católica, piensa diferente.
El debate por tanto es saludable, aunque difícilmente alcanzará para ponerse de acuerdo. Es un todo o nada con la salvedad de los casos extremos en los que el aborto ya está autorizado.
En todo caso, no se discute sobre la cuestión de conciencia de cada uno, sino sobre la ilegalidad de la práctica y las sanciones correspondientes.
Lo de la Corte es por demás incipiente. Ni siquiera existe un plan sobre el que debatir. O sea que el debate comienza desde cero y abarca temas tan disímiles como el horario de trabajo de los juzgados hasta la búsqueda de métodos más veloces para instruir casos de corrupción.
Donde no buscó llamar la atención pero lo logró con creces fue en la cuestión futbolística que rodea al presidente Macri.
Un sector que encabezan los dirigentes de River Plate y de San Lorenzo de Almagro atribuye, en alguna medida, a las “simpatías” del Presidente la marcha triunfal del equipo de Boca Juniors, “ayudada” por arbitrajes que “perjudican” a sus rivales.
“Casualmente”, las hinchadas de ambos clubes entonaron consignas anti Macri el domingo pasado. Y “casualmente” ahora adhirió la conducción de Independiente, presidida por Hugo Moyano.
Mientras tanto, el Presidente no solo no oculta sus simpatías por Boca Junios, club del que fue titular, sino que dedica demasiado tiempo a atender personalidades cercanas a dicho club. Un “sentimiento” que solo aporta reacciones airadas a las que un presidente no debería dar excusa.

La economía
Alguno que otro dato positivo alegró el panorama, frente a unos cuantos que solo atizan la preocupación por la marcha del plan gradualista puesto en marcha desde hace dos años.
Que el Producto Bruto Interno haya crecido un 3,5 por ciento en enero pasado, no deja de ser esperanzador. Para el año, se estima un crecimiento del 2,8 por ciento, moderado pero positivo si se tiene en cuenta que en el 2016, el PBI no solo no creció, sino que se achicó en un 2,2 por ciento.
Por el contrario, los datos sobre la sequía ya indican una reducción del 16 por ciento, cuando menos, en las exportaciones de origen agrícola.
Y aunque la menor cosecha pueda ser compensada, en parte, por un incremento en los precios, la actividad económica en las zonas más afectadas quedará seriamente comprometida.
Además, la sequía no cae en cualquier momento. Acontece cuando la balanza comercial argentina –exportaciones/importaciones- revela un “rojo” de casi 1.000 millones de dólares para el solo mes de enero.
Y cuando los gastos de los argentinos en el exterior muestran más de 1.500 millones de dólares para el solo primer mes del año.
Estas verificaciones ensombrecen la buena noticia del superávit fiscal primario ocurrido durante el primer mes del año. Es que si bien los ingresos del Estado nacional fueron superiores casi en un 10 por ciento a los egresos, cuando quedan incluidos los pagos por la deuda, el todo cae vertiginosamente.
Dicho en otras palabras, los argentinos continuamos viviendo de prestado, mientras los gremios estatales, en particular los sindicatos docentes creen que pueden seguir tirando de la cuerda.
Sobre este punto, si bien parece haber quedado para más adelante o para nunca la imprescindible reforma del Estatuto del Docente, la introducción del concepto de presentismo en las negociaciones salariales en la provincia de Buenos Aires resulta una decisión acertada.
Obviamente, los gremios la rechazan y el kirchnerista Roberto Baradel amenazó con llevar la cuestión a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) cuya sede está en Ginebra, Suiza.
Leído correctamente, para Baradel, que el Estado o el empleador mejore los ingresos de quienes trabajan a conciencia, si dicha mejora no está avalada por él mismo, es algo digno de repudio universal. Aunque usted no lo crea…
En rigor, se trata solo de una trapisonda más de un sindicalismo, o mejor dicho de una concepción sindical, que otorga no solo un poder desmedido a sus dirigentes, sino que los hace ultra ricos, empresarios y hasta dinásticos.
O sino como puede leerse que la justicia -¿Justicia?- laboral haya decidido que es legal y corresponde la mal llamada “cláusula solidaria” por la que la Asociación Bancaria se apodera del 1 por ciento de los ingresos de todos aquellos bancarios que no están afiliados al sindicato.
Se llama prepotencia al igual que los piquetes bancarios que días pasados recorrieron el centro de Buenos Aires para entorpecer los movimientos de miles de personas que ejercen tareas en dicha zona.
Vale recordar, para los nostálgicos, que con los cajeros automáticos, la mayor parte de las transacciones igual se lleva a cabo.

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