Roger Federer, otra vez número uno del mundo.
Roger Federer, otra vez número uno del mundo.
OPINIÓN

El largo camino a la cima está hecho de ladrillos

No hubo mejor y más justa imagen del deporte de los últimos días que la de Roger Federer llorando emocionado unos segundos en su silla, tras vencer al sueco Robin Haase en Estocolmo y recuperar el número uno del tenis mundial. Las crónicas destacaron ante todo que Federer se convirtió en el número uno más veterano de la historia (36 años y 195 días). Hubo otro dato que me pareció más importante aún. Nunca antes un tenista había luchado tanto tiempo (cinco años y 106 días) para volver a la cima. Y nunca había pasado tanto tiempo para que ese mismo número uno llegara por primera y última vez a la corona (14 años y 17 días).
Ser el número uno es un trabajo ladrillo a ladrillo. Allí están hoy algunas crónicas contando por qué tal vez Neymar, aún yéndose al PSG o pasando dentro de algún tiempo a Real Madrid, podría frustrar su plan de quitarle la corona a Leo Messi y Cristiano Ronaldo. El día que Javier Mascherano, a quien Neymar había invitado a su mansión de Castellfels, creyó que iba a una conversación privada y se sorprendió al ver una muchedumbre y pura fiesta. “Si haces esto todos los días –contó Diego Torres en El País que dijo Mascherano a Neymar- tu carrera se acortará”. ¿Por qué, si no es por la persistencia, son acaso cada vez más lo que comienzan a afirmar que Messi, porque ya lleva más de una década en la cumbre, sea tal vez el mejor de todos los tiempos? En un deporte individual como el tenis, la batalla por el número uno, ranking incluido, llegó a ofrecer historias que aún hoy siguen sin respuesta. ¿O acaso la ATP no debería argumentar de modo más serio por qué sigue negando el reclamo de Guillermo Vilas por un número uno que las cuentas le adjudicaban? ¿Por qué sí la ATP revisó la historia con la australiana Evonne Goolangong y no con un sudamericano?
La mención de la doble vara no es casual. En su vuelta a la cima, Federer superó a André Agassi como número uno más viejo (el estadounidense lo fue en 2003 con 33 años y 131 días). Agassi había sido también el que más había batallado para volver al número uno (tres años y 142 días). Tenista formidable, el chico de Las Vegas había caído al puesto 141 del ranking, la muñeca le dolía, jugaba torneos Challenger y no estaba convencido de su casamiento con la bonita actriz Brooke Shields. “¿Quieres colocarte conmigo?”, lo invita su asistente Slim. “A la mierda, coloquémonos”, acepta Agassi. Esnifan “cristal”, una droga cuya posesión está penada hasta con cinco años de cárcel en Estados Unidos. Agassi sintió cruzar “el Rubicón”. La “tristeza profunda” duró poco. Enseguida llegó la euforia. “Nunca me había sentido más vivo, más esperanzado, con tanta energía”. Comienza a ganar otra vez. Hasta que un día llama la ATP. Positivo en un control antidoping. “Droga recreacional”, dice el informe reservado. Un mínimo de tres meses de suspensión. No importa. Agassi teme que toda su carrera pueda derrumbarse. Escribe una larga carta. “Estaba llena de mentiras, mezcladas con medias verdades”. Y la ATP, ese mismo organismo siempre tan severo con los tenistas argentinos, creyó la mentira y desestimó sanciones. “Un año después, cuando la gente vio que pasaba del puesto 141 al número uno del mundo, creyó simplemente que había sido una proeza, cuando en realidad había sido prácticamente un milagro teniendo en cuenta lo destrozado que estaba”. Renacido, Agassi ganó cinco de sus ocho Grand Slam. Se convirtió en un veterano aclamado en todas las canchas hasta su retiro.
Jamás nos hubiésemos enterado de esto si el propio Agassi no se hubiese animado a confesarlo en 2009, tres años después de su retiro. Lo hizo en Open, un tratado de honestidad brutal, una de las mejores autobiografías de deportista alguno, 250 horas de charlas casi sicoanalíticas con el escritor premio Pulitzer John Moehringer. “Creo que este libro –dijo una vez Agassi, criticado por muchos de sus pares por tanta confesión- ayudará a entender por lo que pasé”. Y lo que pasó fue primero su padre, un inmigrante iraní que dedicó su vida a convertir a su hijo en el número uno del tenis, con todo lo que eso puede implicar. Agujas de 18 centímetros. La cortisona que alivia el hoy y complica el futuro. Los métodos de entrenamiento de Nick Bolletieri. Las contradicciones entre un cuerpo y una técnica y un talento notables, pero una cabeza traicionera. Miedo a ganar. Miedo a perder. Striptease emocional, como lo definió un crítico. Vulnerabilidades desconocidas por casi todos, porque el ranking lo ubicaba número uno. Y los número uno, nos dicen, no tienen miedo.
Agassi contó en Open que odió todo, hasta a la máquina lanzapelotas que había modificado su padre para mejorar la intensidad de los golpes. “Tú no odias al tenis, eres una estrella”, cuenta Agassi que le respondió la bonita Brooke Shields cuando él le confesó sus tormentos. Más aliviadora fue en cambio la respuesta de su segunda pareja conocida, aún hoy su esposa, la también tenista y multicampeona Steffi Graf. La alemana escuchó su sufrimiento y simplemente le dijo: “¿odias al tenis? ¿Cómo todos, no?”.

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