La conducta de Jorge Triaca  es un caso más de malos manejos que ponen en riesgo la credibilidad del Gobierno, malos manejos que valen tanto para el ministro de Trabajo como para la exculpación del jefe de Gabinete, Marcos Peña.
La conducta de Jorge Triaca es un caso más de malos manejos que ponen en riesgo la credibilidad del Gobierno, malos manejos que valen tanto para el ministro de Trabajo como para la exculpación del jefe de Gabinete, Marcos Peña.
LA COLUMNA DE LA SEMANA

“Malas noticias”

Preocupado por dar la batalla económica en la que centra gran parte de su estrategia con miras a la continuidad de la administración Cambiemos, el Gobierno obvia de manera permanente dar la batalla cultural, herramienta central para que la población acepte, sin dudas ni fisuras, los sacrificios que deben hacerse inevitablemente a fin de revertir la decadencia heredada.
Y el Gobierno, rodeado de una modernísima maquinaria publicitaria y propagandística, no acierta a la hora de finiquitar las dudas de quienes desean creer pero sienten como retroceso a buena parte de las decisiones que la administración encara.
Todo comenzó con el error inicial de no presentar un cuadro acabado del estado del país poco tiempo después de la asunción del presidente Mauricio Macri. Por aquel entonces se cayó en el error de creer que a nadie le importa el pasado. No fue un error de concepto. Fue un error de tiempo.
Cierto, a nadie, o en todo caso son muy pocos, quienes deciden su voto en función del pasado. Desde ya que si bien todos juzgamos lo inmediato anterior, a la hora de elegir lo hacemos por aquel que no ofrece mayores garantías de distinto tipo. Seriedad, honradez, eficiencia, etcétera son, en diverso grado, según cada uno, los parámetros que se tienen en cuenta.
Pero lo que vale para el tiempo electoral, difícilmente valga para el Gobierno. Nadie presenta un futuro de sacrificios si pretende ganar una elección. En todo caso, habla de las metas felices a las que se llegará algún día, pero sin mencionar el camino espinoso por recorrer para alcanzarlas.
Por el contrario, el manual de la buena política indica que, una vez alcanzado el poder, resulta imprescindible presentar el estado de situación como un punto de partida desde donde avanzar.
Más aún, cuando ese punto de partida no queda claro. O peor aún, cuando ese punto de partida fue maquillado, distorsionado, fraguado por una administración saliente corrupta, mentirosa, ineficiente y mafiosa.
Pero no se hizo. No se tomó el ejemplo de Sir Winston Churchill cuando alcanzó el gobierno británico a poco de iniciada la Segunda Guerra Mundial y les dijo a los súbditos de la corona “solo puede prometerles sangre, sudor, lágrimas y trabajo”.
El Gobierno optó por el consejo de las “buenas noticias”, total el cambio de administración iba a catapultar inversiones hacia la Argentina, un país que se reintegraba –y se reintegró- al concierto de naciones.
Las inversiones no llegaron. Al menos, no en la medida que el Gobierno consideraba. Y entonces los sacrificios obviados inicialmente debieron hacerse más tarde, después del segundo año de gobierno, al calor de una elección del medio tiempo francamente favorable para la administración Macri.
Desde la vereda de enfrente, los mentirosos profesionales opositores calificaban cada acción del Gobierno como apocalíptica, anti patriótica, anti popular, etcétera. Se tratase del ahogado artesano Maldonado, en la Patagonia, o del cambio del régimen de actualización de los haberes jubilatorios. De la eventual reforma laboral o de la política anti inflacionaria. De la brutal represión a los manifestantes que destruyeron parte del centro porteño. O de la persecución política-judicial a los miembros del gobierno anterior, casualmente rodeados de propiedades, autos de alta gama y millones de dólares.
Y tanto va el cántaro a la fuente que, al final, en algún momento, se rompe.
Fue así que preocupado por el consiguiente descenso de su imagen y la de su gobierno verificado en distintas encuestas, el Presidente impuso un curso de acción a su retorno de sus vacaciones.
Por un lado, llamó a redoblar el esfuerzo por parte de ministros y responsables de distintas áreas de gestión. Por el otro, a producir “malas noticias” solo durante el primer semestre del año.
Para muchos analistas, la segunda decisión resultaría demostrativa que Macri da comienzo, en el segundo semestre del 2018, al período electoral que recién culminará a finales del 2019.
Si es así, otra vez los argentinos estaremos pendientes de una elección que es antepuesta a la necesidad y a la obligación de gobernar.
Pero, más grave aún, resulta aquello de las “malas noticias”. Y es más grave porque es demostrativo de la derrota en la batalla cultural que nunca se dio.
¿En qué consiste una “mala noticia”? ¿En aumentar las tarifas de energía y de transporte en el área metropolitana? ¿Qué es, por el contrario, una buena noticia? ¿Continuar con los subsidios a empresas de transporte y energía que dieron pie a la corrupción y que implicaron la pérdida del auto abastecimiento en el caso energético? ¿Proseguir con las diferencias entre quienes habitan el área metropolitana y quienes lo hacen en el resto del país?
¿No hubiese sido preferible encarar el cambio de la metodología de ajuste de las jubilaciones a través de un sincero pedido de sacrificio frente a la irresponsabilidad populista del gobierno anterior que jubiló a más de un millón de personas sin aportes jubilatorios?
El Gobierno no comprende la necesidad de dar esa batalla cultural. La necesidad de recuperar como condiciones para el éxito al trabajo, el estudio y el sacrificio. De terminar con los “atajos” de la viveza criolla que no es otra cosa que un paso previo antes de la corrupción si la oportunidad se presenta.

La vereda de enfrente
Esa batalla cultural no dada lleva al Gobierno a modificar sus planes inmediatos.
Parece mentira, pero si se suma el contundente triunfo de Cambiemos en las elecciones pasadas, el desprestigio manifiesto que el sindicalismo argentino despierta en el seno de la población, los casos extremos de extorsión y vinculación con operaciones de lavado de algunos sindicalistas o a su genuflexo ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, el hoy amparado por los fueros diputado Daniel Scioli, el resultado debería ser una reforma laboral que “sale por un tubo”.
No sale. A tal punto que el Gobierno debe dar marcha atrás. Primero, con el anuncio que señala que no será tratada en sesiones extraordinarias del Congreso nacional. Segundo, con su división táctica de la mencionada reforma en “varias leyes”.
En otras palabras, el sindicalismo desprestigiado, el peronismo vencido y los K apabullados se las arreglan para detener los cambios imprescindibles para salir de la decadencia de varias de las últimas décadas.
Para colmo de males, el ministro de Trabajo ofrece un flanco innecesario con la colocación de su “casera” como empleada del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU), el gremio que manejaba el ahora vuelto a la cárcel “Caballo” Suárez.
Sobre este caso, Marcos Peña, jefe de gabinete, ensayó un entierro del asunto al declarar que lo de Triaca fue “un error pero que no le va a costar el puesto”. Curiosa forma de subsanar errores, con un “aquí no pasó nada”.
Se trata, por cierto, de malos manejos que ponen en riesgo la credibilidad del gobierno. Malos manejos que valen tanto para la conducta del ministro de Trabajo como para la exculpación del jefe de Gabinete.
En momentos en que se avecina una dura lucha frente a los gremios estatales, en particular frente a los sindicatos docentes, los “errores” no ayudan.
En la vereda de enfrente del Gobierno, los “extremistas” parecen ganar algún aire.
La libertad de Amado Boudou, producto más que nada de los “errores” del juez Ariel Lijo, permitió al impresentable ex vicepresidente formular una diatriba contra la “persecución político-judicial” de la que él y el resto de la cofradía, “son objeto”.
También posibilitó que el ex juez de la Corte y propietarios de varios departamentos donde funcionan prostíbulos, Raúl Zaffaroni, “desease” públicamente la pronta caída del actual gobierno.
De a poco, el kirchnerismo recupera ínfulas. No muchas, pero algunas. En particular, debido a la incapacidad, al menos momentánea, del resto del peronismo para optar por un camino diferente.
Sucede como si ya nada fuese a sorprender a la ciudadanía, seguramente resignada a asimilar la corrupción.
Caso patético el del titular del sindicato de porteros de escuelas (SOEME), Marcelo Balcedo. Hasta el momento, parece un corrupto más que actuó… individualmente. Tanto como el “Pata” Medina en la construcción o sus compañeros de gremio de Bahía Blanca.
No aparecen las responsabilidades políticas. Obvias y evidentes con solo recordar las décadas en que estos delincuentes gozaron de absoluta impunidad en la provincia de Buenos Aires. Décadas que coinciden con los gobiernos peronistas en la principal provincia argentina
Pero el Gobierno prefiere callar…

Bergoglio
Se hace difícil hablar del Papa Francisco cuando de la relación entre el pontífice y la Argentina se trata. Resulta más cómodo mencionarlo como Jorge Bergoglio.
Y es así porque el ex cardenal primado de Buenos Aires no pierde oportunidad, por acción u omisión, de mostrar distancia frente al Gobierno argentino, electo y convalidado en las urnas. De inmiscuirse en la política interna del país.
De su lado, también aquí el Gobierno prefiere mirar para otro lado y mantener la ficción de una relación correcta con Bergoglio, influenciado en tal sentido por Marcos Peña.
No engaña a nadie. Nos guste o no nos guste, Bergoglio no solo se identifica con el peronismo, sino que bajo ese marco, es capaz de justificar, en los hechos no en las palabras, todo.
La gira sudamericana de Francisco que abarcó Chile y Perú, sumó una evidencia más en tal sentido.
No solo por el frío y lejano mensaje al presidente Macri y al pueblo argentino en ocasión de sobrevolar territorio nacional. No solo por recibir solo a dirigentes piqueteros que no, precisamente, se identifican con el Gobierno nacional. Sino también por su discurso contra la corrupción formulado en el Perú.
Doble discurso que la condena en otras tierras pero que, sino la cobija, la “ignora” en el reparto de rosarios, solidaridades y poses fotográficas con cuánto peronista se le acerque.
Cierto es que la democracia liberal y la Iglesia Católica suelen no ser demasiado buenos amigos. Pero queda la sensación que la relación se complica cuando los gobiernos democráticos no son del agrado de Bergoglio. Así, no solo Macri padece desplantes y malos rostros, también el electo presidente chileno, Sebastián Piñera, fue objeto de una supina ignorancia.
Más allá de la cuestión argentina, al Papa, ahora sí, no le fue bien en Chile. Es que, poco a poco, el ímpetu inicial se disuelve en medio de conductas ambiguas que, hasta aquí, no produjeron no ya los cambios esperados por una parte de la feligresía, sino los compromisos asumidos desde el papado.
La cuestión de los curas pedófilos se muestra selectiva. En algunos casos, rigor intenso. En otros, protección.
De su lado, el tema financiero continúa tan oscuro como antes. Para colmo de males, el cardenal australiano George Pell, nombrado por Francisco como Secretario de Economía del Vaticano y uno de los ocho cardenales que integran el consejo que debe ayudar al Papa a reformar la curia romana, fue sindicado por el Herald Sun como pedófilo.
El Herald Sun es un diario de la ciudad de Melboune que cuenta con la mayor tirada de toda Australia. En febrero de 2016, el Herald Sun publicó que Pell es investigado por la policía por el “manoseo” de entre 5 y 10 menores de edad.
El año pasado, Pell fue citado a declarar por un tribunal australiano. Clamó su inocencia pero pidió licencia por sus tareas en el Vaticano, hasta tanto el asunto quede saldado. El secretariado quedó, de hecho, en manos del prelado de honor del Papa, el maltés Alfred Xuereb.

Economía
Algunas buenas noticias surgen en el plano económico, si el calificativo “buenas” se limita a la observancia de resultados.
Así, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne pudo presentar la reducción del déficit fiscal primario como un éxito. De una pauta equivalente al 4,2 por ciento del PBI para el año 2017, el resultado final arrojó un saldo del 3,9 por ciento.
Bueno pero aún muy alto, sobre todo si se tiene en cuenta que si se le suma el déficit financiero, por el endeudamiento argentino en el exterior mayormente como consecuencia de los préstamos para cubrir gastos corrientes, dicho guarismo crece hasta casi un 10 por ciento.
Paradójicamente, mientras que el déficit primario se achica como producto de la mayor actividad económica, el financiero se agranda producto del endeudamiento creciente.
La receta de una parte del gobierno es licuar déficit con mayor actividad económica. Si nada malo ocurre en el tiempo –como la suba de los intereses en el mundo-, el éxito consistente en finanzas públicas equilibradas se podrá alcanzar… algún día.
Claro que, así, en no menos de unos cuantos años. Mientras tanto, inflación para todos y todas.

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