Venezolanos en Argentina, ¿buenas noticias?
TRIBUNA DEL LECTOR

Venezolanos en Argentina, ¿buenas noticias?

Aires buenos en Buenos Aires. Soplos de libertad, vientos de esperanza.
Los encontrás donde quiera que vayas. En los más prestigiosos restaurantes, en hamburgueserías, pizzerías, heladerías y también en modestos bares y cafés barriales,en el centro, Recoleta, San Telmo, Flores o Villa Devoto. Trabajan como mozos y camareras. Nos reciben con amplias sonrisas -otrora escasas- y con tanta amabilidad que nuestros bolsillos se ensanchan a la hora de la propina. Su tonada simpática de jotas aspiradas los delata. Son los venezolanos que vienen por un presente y un futuro mejor que, quizás, también contagie.
Se los ve también por calle Florida o por el obelisco, vendiendo arepas que orgullosamente portan en recipientes revestidos de su bandera tricolor estrellada y hasta haciendo encuestas y promociones en supermercados. Ahorran peso tras peso y lo envían a sus familiares con la esperanza de poder traerlos también a ellos.
Recuperaron su libertad y su futuro. Han huido de una dictadura que empezó por hambrearlos y que ahora devino en sangrienta (en nuestros aciagos años setenta eran ellos los que nos recibían a nosotros).Exudan alegría. Su incesante agradecimientoconmueve hasta las lágrimas.
Estaciono mi auto fuera de una conocida parrilla de Palermo. Me aborda inmediatamente un saludable “trapito”, nativo de estas tierras por supuesto, de unos cuarenta años.Me dice “eh amigo, se lo cuido, son cincuenta…pa` la birra”.No es un pedido, es una imposición. Si de alguien cuidará mi auto es de sí mismo.
El acento caribeño de quien atiende la mesa me alienta a establecer una charla y así evidenciar el contraste ante mis hijos que habían presenciado la escena del estacionamiento. Nos cuenta que vino escapando de la tragedia que envuelve a su país, que rápidamente consiguió trabajo –en blanco-,que hace horas extras cada vez que puede y que estudia en la universidad (confiesa que no puede creer el hecho de tener para sí semejante oportunidad). Trabaja con tanto empeño y diligencia que se me dificulta la idea de que su empleador pueda querer alguna vez prescindir de él. Como la mayoría de sus compatriotas sabe que si tal cosa sucediera, conseguiría otro empleo de inmediato. Ningún secreto: Laburan. Infatigablemente. Son muy educados, afables, confiables: No causan problemas.
Nada saben, por cierto, de otras alternativas menos dignas que romperse el alma trabajando. No se interesan por francos compensatorios, licencias u otros vericuetos “protectorios” de sus convenios laborales. Vinieron a trabajar. Y a estudiar (tuve oportunidad de conversar con varios de ellos y las respuestas son unánimes). Consideran acertadamente que la educación será un pilar fundamental para sus vidas y la de sus hijos.
Disfrutan ostensiblemente del esfuerzo. Se les nota en su actitud. No quieren nada gratis. Son felices buscando superarse. Dignamente. El mismísimo proceso por el que forjarán su bienestar y el de sus familias es lo que constituye su felicidad.
Es justamente esa filosofía de vida la que nos interpela agudamente a quienes nacimos y vivimos en esta tierra y pone en evidencia que nuestras falencias como sociedad se deben justamente a que aquí imperó por décadas una visión diametralmente opuesta: la de la viveza criolla, la de cortapisas y coartadas, la de la ley del menor esfuerzo, la del facilismo en la educación, la del “dolcefarniente”, la del “trapito” del estacionamiento,la que nos dejó jóvenes que jamás han visto trabajar a sus padres ni a sus abuelos, que llevan generaciones viviendo de la dádiva, una visión de vuelo gallináceo.
Puede que a nosotros se nos haya olvidado pero nuestros huéspedes saben que Argentina es una tierra de oportunidades y vaya si están dispuestos a aprovecharlas.
Han venido a honrar nuestra Constitución que asegura los beneficios de la libertad para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. (Sí señor, nuestra Carta magna es liberal, mal que les pese a muchos).
Ya lo hicieron hace un siglo nuestros abuelos y transformaron la Argentina en un país de vanguardia, situándola entre los países más prósperos del mundo. Lo que pasó después queda librado a una gran variedad de interpretaciones pero ninguna de ellas atribuye la causa de nuestra decadencia a la inmigración.
¿Y si fueran entonces los nuevos huéspedes-, como lo fueron antaño los inmigrantes europeos, los destinados a ser el instrumento que nos haga recuperar la cultura del esfuerzo, del trabajo digno, del estudio y de la superación? ¿Y si fueran ellos a nosotros y no nosotros a ellos los que nos están dando una invalorable oportunidad, una renovada esperanza?, ¿Y si fueran los venezolanos los que nos aconsejaran como lo hiciera Ortega: “Argentinos, a las cosas”?.

Mauro Imperatori. Abogado.

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