Cristina Kirchner hace la plancha, casi ni recorre, ni camina y sólo mantiene encuentros con grupos de gente: para algunos el silencio se debe a que ya ganó.
Cristina Kirchner hace la plancha, casi ni recorre, ni camina y sólo mantiene encuentros con grupos de gente: para algunos el silencio se debe a que ya ganó.
LA COLUMNA DE LA SEMANA

A solo unos días de la conflictividad social

Recta final para las absurdas PASO, especie de encuesta previa de voto obligatorio que puede o no marcar un resultado anticipado de cuanto ocurrirá en octubre próximo.
Pero, a no confundirse, ni son inocentes, y mucho menos neutras para el futuro de la Argentina.
No ya para el futuro a largo, mediano o corto plazo, sino para el inmediato. Para el que comienza al otro día de la elección primaria.
Es que, en la madre de las batallas que acontece, claro, en la provincia de Buenos Aires, el resultado no es inocuo, ni solo especifica una base de análisis para la elección de octubre.
Tal vez todo lo contrario.
Si el próximo domingo, el oficialista Cambiemos triunfa en la provincia de Buenos Aires, es factible vaticinar el final del kirchnerismo.
Será una fuerza en dispersión, donde cada uno intentará retornar a sus orígenes y la mayoría buscará abroquelarse en la poltrona de diputado o legislador por los próximos cuatro años, a la espera de una recomposición que nunca resulta imposible.
A nivel nacional, la derrota bonaerense del kirchnerismo generará el definitivo reemplazo de Cristina Fernández y su sustitución inmediata por la informal liga de gobernadores peronistas, hasta que surja un nuevo liderazgo.
Todo ello, sin olvidar la posibilidad de pases, con armas y bagajes, a las filas de un oficialismo triunfador.
Distinto, muy distinto será el escenario en caso de un triunfo de Cristina en las PASO.
No se trata de imaginar, como con candor imaginan algunos oficialistas, que la elección de octubre deparará un final distinto si Cristina Fernández gana la PASO por uno, dos o tres puntos.
Por inocencia o por enésima equivocación política, los oficialistas que así se expresan confunden, una vez más, al kirchnerismo con un partido político republicano, listo para aceptar la voluntad popular que surge de las urnas y, por tanto, solo predispuesto para llevar a cabo una campaña electoral hasta octubre.
No es así. Ni va a ser así. Está planeado lo contrario. Dicho esto con todas las letras.
Si el oficialismo de Cambiemos pierde la PASO en la provincia de Buenos Aires, la conflictividad social, alentada desde el kirchnerismo y la izquierda irresponsable, crecerá de manera exponencial.
Ya no se tratará de triunfar en una elección legislativa, sino de generar las condiciones para poner en marcha el “helicóptero” que despida al presidente Macri de la Casa Rosada.
Es que con un triunfo en primera vuelta, el kirchnerismo y la izquierda irresponsable no dejarán pasar la oportunidad de generar las condiciones que requieran represión, cuyas consecuencias son imprevisibles.
Los mismos que avalan la represión del dictador Maduro en Venezuela y que obvian los más de cien –no dos- muertes generadas por dicha represión, dirán todo lo contrario si ya no cien, sino una muerte se produce en la Argentina como consecuencia de los disturbios.
¿Quién puede imaginar que tras una derrota de Cambiemos, las huelgas salvajes se multiplicarán? ¿No basta acaso con presenciar cuanto ocurre por estos días con los trabajadores despedidos de Pepsico?
Las protestas de los Pepsico se componen de una veintena de trabajadores sobre los cientos que aceptaron la triple indemnización más unos centenares de activistas. La clásica parodia transformada en drama de la Argentina. La irresponsabilidad al mango.
Para muestra basta un botón: si el domingo de las PASO el kirchnerismo arriba primero en la provincia de Buenos Aires, la Argentina deberá encarar un nuevo capítulo de conflicto interno de consecuencias imprevisibles.

Las campañas (uno)
Contrastan sobremanera las impresiones que surgen como consecuencia de las conversaciones, directas o indirectas, llevadas a cabo con cada uno de los protagonistas.
Desde el costado del kirchnerismo, llama la atención el silencio casi total. Es la campaña de la no campaña. Nada. Solo alguna que otra declaración sobre cuestiones muy puntuales.
Algunos integrantes de la lista están “guardados” como el quinto candidato a diputado nacional Daniel Scioli. Otros fueron llamados a silencio como la primera candidata, la desconocida Fernanda Vallejos.
Algunos, desesperados por salir, buscan algún nicho en el que acceder para intentar disfrazar su posición bajo un supuesto ideologismo.
Como sea, la jefa, Cristina Kirchner hace la plancha. Casi ni recorre, ni camina, ni abre la boca. Cierto, cuando lo hizo con el tambero de Lincoln, despertó el recuerdo en el campo de las movilizaciones que fueron necesarias para frenar su voracidad populista.
Para algunos el silencio se debe a que ya ganó. Para otros, a que obtuvo el resultado que buscaba: la elección como senadora –por la mayoría o por la minoría- que la cubra de impunidad con el manto de los fueros.
No son pocos quienes afirman que su silencio se debe a que cuenta con una clientela fiel y que no puede mostrar nada. Ni del pasado, ni del presente, ni del futuro.
Es que hablar de Cristina Kirchner es hablar de Julio de Vido, del procesado por desaparición de personas Milani, de Amado Boudou, de José López, de Lázaro Báez, de Hebe de Bonafini, de Luis D’Elía, de Cristóbal López, del escondido en el quinto lugar y también postulante a fueros, Daniel Scioli, de Ricardo Jaime.
Y es también hablar de Venezuela, de Nissman, de la traición a la patria con Irán, del narcotráfico, de la efedrina, de Aníbal Fernández.
Es hablar del tren fantasma. Ese que ella pretende dejar en el pasado como si fuese ajeno.
Por tanto, silencio es salud.

Las campañas (dos)
Del otro lado, el oficialismo vive con sobresaltos.
Nadie lo reconoce –nunca se reconoce nada- pero no son pocos los errores políticos que obligaron a este final cabeza a cabeza y de resultado incierto.
Aquella “certeza” sobre una no presentación de Cristina Kirchner y por lo tanto la inutilidad de una candidatura bonaerense de Elisa Carrió, pergeñada para evitar una competencia futura, desembocó en el actual estado de cosas.
Hoy Carrió hace, por las suyas y porque se la necesita, incursiones en territorio bonaerense con un rol de visitante ante su inutilidad, por exceso, en la Ciudad de Buenos Aires.
Con todo, los nervios de la semana pasada quedaron atrás y resurge una esperanza como producto de un equilibrio que muestran las encuestas.
Para un veterano político radical, la elección está empatada y el voto enojado pero esperanzado se volcará, en estos días, a favor del oficialismo. Solo una salvedad, la reacción de quienes recibieron facturas de gas milenarias, por miles de pesos.
Y no está desubicado. Según una encuesta, los argentinos que deciden el voto dentro del mismo cuarto oscuro alcanzan al 13 por ciento del padrón. Quienes lo deciden en la última semana, alcanzan al 20 por ciento. Estos datos, según la misma encuesta, son corroborados con mayor precisión cuando de elecciones legislativas se trata.
Los suspiros oficialistas se vieron reforzados por otros datos duros. La inmovilidad del electorado K –no sube, no baja-, el vuelco de los indecisos y la caída por goteo de la dupla Massa-Stolbizer.
El análisis se completa con la pobre performance, en las encuestas, de Randazzo. Dicha pobre performance elimina la posibilidad de una fuga significativa hacia Cristina Fernández.

La economía
Seguramente los datos duros que se dieron a conocer por estos días desde el Indec reforzaron la percepción de una mejoría en la intención de voto hacia el oficialismo.
Al incremento del PBI durante el segundo trimestre del año comparado con el mismo período del año anterior, se sumaron, la semana que acaba de concluir, los indicadores sobre la industria y la construcción.
La industria creció un 6,6 por ciento, una tasa china, de no ser porque hay que considerar que se sale de un ciclo recesivo.
No todos los sectores convergieron en ese importante incremento de la actividad industrial. Pero, nunca se suman todos aunque, claro, es políticamente incorrecto expresarlo.
Y nunca se suman todos porque determinados sectores no producen de manera eficiente en la Argentina. En alguna medida por culpa de la insostenible presión impositiva. Pero, fundamentalmente, porque la falta de inversión y los modelos proteccionistas, hasta no hace mucho en boga, determinaban su continuidad a precios francamente no competitivos.
Es el caso de la industria textil que pese al incremento de la actividad industrial en general, continúa registrando una caída. Los viajes de compras de los cuyanos a Santiago de Chile son una consecuencia de ese desfasaje de una industria que, así como está, no va más.
El otro indicador central a tener en cuenta es el del aumento de actividad en la construcción.
Aquí, la situación es por demás alentadora. Es que ya no se trata de un incremento aislado, sino que acumula cuatro meses consecutivos. Y cuatro meses consecutivos con guarismos importantes que ahora, inclusive, se superaron: del 10,5 de aumento de la actividad al 17 por ciento.
Dos consideraciones. Desde la industria, el buen síntoma es solo eso. Y nada menos que eso. Se trata de una puesta en marcha de parte de la capacidad instalada ociosa. De esas máquinas y líneas de montaje que ya están instaladas pero que se dejan de usar porque la demanda cae.
Desde la construcción, la obra pública que pulula –a diferencia del período anterior- por toda la República es el motor de dicho crecimiento. A tal punto, que la variación en el rubro asfalto –casi totalmente consumido por la obra pública- fue del 87 por ciento, en la variación interanual junio 2016-2017.
No obstante, por primera vez, los datos privados, aunque mucho más prudentes, resultan también alentadores. Los permisos de construcción en alza, el incremento de escrituras y la mayor demanda de créditos hipotecarios, así lo prueban
Todos estos datos seguramente contribuyeron para la mejoría en las expectativas oficialistas sobre los comicios del próximo domingo.
Claro que se trata de datos –como siempre- dispares: las escrituraciones en la Ciudad de Buenos Aires aumentaron en un 44 por ciento, mientras que en la provincia solo crecieron en un 15 por ciento.

Exterior
También a los efectos electorales, cuánto ocurre actualmente en Venezuela, resulta un espejo en el que, seguramente, la mayor parte de los argentinos no quiere reflejarse.
El país sudamericano cayó, lisa y llanamente, en una dictadura y así, más vale tarde que nunca, lo entendieron los restantes miembros del Mercosur que decidieron suspender al gobierno venezolano en su membresía de la citada organización.
La causa: nada más y nada menos que “la ruptura del orden democrático”.
Hace rato que el chavismo pseudo bolivariano de Venezuela que encabeza ese triste personaje llamado Nicolás Maduro abandonó los conceptos republicanos de estado de derecho, de separación de los poderes públicos y de vigencia de las garantías individuales.
De hecho, Hugo Chávez inició su actividad política a la cabeza de un frustrado golpe de Estado.
Ahora, con la decisión del Mercosur, ya no solo se trata de un régimen populista anti republicano, sino además anti democrático. Es por ello, que los cuatro países fundadores del organismo –Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay- efectuaron “un llamado para el inmediato inicio de un proceso de transición política y restauración del orden democrático”.
En rigor, la adhesión venezolana al Mercosur revistaba en suspenso por el incumplimiento –cuándo no- venezolano con sus obligaciones comerciales contraídas cuando se incorporó en 2012.
Solo que ahora, el Mercosur le dice al mundo que Venezuela dejó de ser un país democrático.
Y como si esto fuese poco. También en Ecuador, el populismo corrupto hizo de las suyas. O, mejor dicho, se las descubrieron.
Es que el caso Odebrecht –la corrupción Odebrecht- sacudió al actual vicepresidente ecuatoriano Jorge Glas, hombre de extrema cercanía con el ex presidente Rafael Correa.
Glas quedó escrachado por la publicación de un diálogo en el periódico brasileño O Globo, donde se lo sindica como recaudador, durante el período de Correa, cuando Odebrecht consiguió contratos por 1.600 millones de dólares y sus ejecutivos confesaron haber repartido sobornos por 33,5 millones de dólares en aquel país andino.

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