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TENDENCIAS

El difícil arte de cambiar de opinión

Cuando era adolescente tuve un sueño muy extraño en el que un villano lograba que toda la población alucinara que llevaba una vida genial mediante la incorporación de una sustancia alucinógena proveniente del moco de los osos koala en la gasolina de los autos.
Con la combustión, la sustancia era liberada al aire y respirada por las personas. Se trató de un sueño, pero no más ridículo que otras historias que mucha gente cree que ocurrieron, como que el hombre nunca llegó a la Luna, o que el cambio climático surge de una conspiración de malvados que quieren imponer energías renovables y que todos nos alimentemos de lo que caiga de los árboles.

Internet para todo
El acceso que provee Internet a todo tipo de datos nos permite buscar hasta que encontremos los que se ajustan con nuestras creencias y opiniones. Ese efecto se conoce como “sesgo de confirmación”. Otro efecto psicológico importante es el de “tiro por la culata”, que se produce cuando uno encuentra información que no coincide con sus creencias y eso hace... que las confirme aún más.
Por ejemplo, si uno es un anti-vacunas y lee que hay muchos trabajos científicos que sostienen que las vacunas son seguras, puede pensar “claro, a los científicos les pagan las farmacéuticas para que digan eso, así la hacen con pala, son parte de la conspiración”. Ese mecanismo se conoce como “escepticismo motivado” y explica en parte por qué es tan difícil que alguien cambie de opinión cuando encuentra información conflictiva.
En un experimento que realizó el equipo de David Redlawsk, recrearon una elección presidencial y pudieron observar que recién con un 30% de información negativa sobre el candidato de su preferencia, las personas empiezan a dudar y a cambiar de opinión. El problema es que aunque este porcentaje se pudiera trasladar a otros ámbitos -habría que probarlo-, es muy difícil que alguien llegue a leer un tercio de información que contradice una creencia. La mayoría de las personas se relacionan (social y virtualmente) con otras que piensan de manera similar y acceden a medios y noticias que, en general, coinciden también con sus creencias.
Pero la cosa se pone peor, porque por el mismo módico precio del sesgo de confirmación, el escepticismo motivado y la endogamia de pensamiento, uno se puede llevar mecanismos cognitivos que operan en contra de que modifiquemos nuestras creencias. El primero es la ceguera atencional. Nuestra atención es como un reflector, lo que está iluminado es lo que llega a nuestra conciencia, pero lo demás está en la oscuridad total. Nuestras creencias e intereses van a dirigir nuestra atención sin que nos demos cuenta de ello. Un médico sin experiencia puede prestarle atención a ciertos signos y perderse otros, produciendo un diagnóstico errado.

Prejuicios y creencias
Nosotros no somos expertos en el análisis de la información, así que nuestros diagnósticos de la realidad probablemente sean en su mayoría, equivocados. Y todavía no tuvimos en cuenta otro factor nefasto, por la misma suma de haber nacido, además del sesgo de confirmación, el escepticismo motivado y la ceguera atencional, se lleva su memoria que produce las mentiras más piadosas del cerebro. Es decir, no sólo la manera en la que nos llega la información es completamente sesgada, sino que una vez que esa información atraviesa los circuitos cerebrales para ser almacenada, es modificada de acuerdo a nuestros prejuicios y creencias.
Les voy a dar dos ejemplos relevantes de mecanismos que conspiran contra el cambio de opinión, aunque existen varios más. El primero tiene que ver con que la memoria no es como una cámara de video o de fotos; cada vez que recordamos algo, la memoria se actualiza de acuerdo a la información nueva que tenemos y a nuestras emociones e intenciones del presente. De esta forma, se almacena una copia nueva sobre la anterior. Por eso, por ejemplo, hay muchos científicos que estamos en contra del uso de testigos oculares en los juicios. Los humanos somos muy proclives a generar recuerdos falsos.
El segundo mecanismo importante tiene que ver con unos experimentos que demostraron que existe el olvido intencional. El psicólogo Michael Anderson y colaboradores les enseñaron a varios sujetos experimentales a asociar pares de palabras, como “cucaracha-odisea” y algunos más. Una vez aprendidas esas asociaciones, les pidieron que al escuchar la primera palabra del par, trataran de no pensar en la segunda.
Más tarde cuando volvieron a evaluar la memoria de esas asociaciones, las palabras en las que habían tenido que no pensar, eran menos recordadas que las palabras en las que sí habían pensado. Realizaron experimentos similares con otros tipos de materiales, visuales, emocionalmente cargados, y hallaron el mismo efecto.

Pensamiento científico
La idea es que uno puede, al evitar pensar en algo, borrarlo de su memoria, como si la memoria fuera, al menos en parte, selectiva. Si recordamos lo que queremos recordar y olvidamos lo que preferimos ignorar, el sesgo de confirmación se hace más grande. Pero no todo es desdicha, existe una manera de mitigar esta conspiración cerebral que nos impide cambiar de opinión. Se llama pensamiento científico y cuanto más lo ejercitemos, podremos resistir con más fuerza los embates de la realidad.

(*) Doctor en biología (UBA-CONICET). Autor de los libros "100% Cerebro" y "100% Memoria".

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