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LA COLUMNA DE LA SEMANA

El “surf” de Cambiemos

Si algo signa al gobierno de Cambiemos, es su relación con los restantes poderes, tanto institucionales como fácticos.
Es que se trata de un gobierno de minorías. De minorías legislativas, por supuesto, donde las bancadas de Cambiemos resultan insuficientes para aprobar por sí solas una ley y requieren de algún apoyo externo que suele alcanzarse como subproducto de la división del peronismo y, por lo general, con altos costos.
Pero también de minorías judiciales, particularmente en los tribunales federales donde la “colonización” del kirchnerismo llegó a extremos propios del fanatismo, territorio en el que nada es bueno ni malo en sí mismo, sino que depende de quién lo ejecuta.
Claro que Cambiemos no solo es minoritario en la faz republicana de la institucionalidad, también lo es fuera de ella.
Con la excepción del sector agropecuario –y no en su totalidad, pero sí en su mayoría- la alianza cuenta con dificultades para instalarse entre los industriales, siempre listos a la hora de defender el proteccionismo que, salvo honrosas excepciones, les permite producir caro y malo.
Curiosamente no es el caso del sindicalismo. Dividido en la práctica en tres sectores muestra, por un lado, el mayoritario sector dialoguista del gremialismo privado; por el otro, un gremialismo privado duro que encabeza Pablo Moyano y que no logra hacer pie; y, finalmente, el gremialismo estatal, el monumento a la anti productividad que no engendró el kirchnerismo pero que elevó a la máxima potencia.
Y queda la Iglesia católica convertida en un actor de primer nivel como resultado del papado de Francisco. Una Iglesia católica donde se perfilan dos tendencias: la Vaticana signada por un ideologismo que perfectamente puede ser tildado de populismo y la Criolla, tan preocupada como la anterior por la pobreza, pero al servicio de la paz social.
Para completar el cuadro queda el sector externo, donde el gobierno cosecha apoyos verbales que se materializan con cuentagotas a la hora de convertirlos en hechos concretos, es decir en inversiones.

El peronismo
Frente a este panorama, el gobierno del presidente Mauricio Macri ni por un minuto puede “hacer la plancha” pero aparece como obligado a “surfear las olas” de un mar que no se encrespa pero que tampoco se calma.
Ya se puntualizó más arriba la debilidad legislativa a la hora de aprobar leyes. No son pocos quienes hacen del defecto, virtud, y señalan que dicha debilidad legislativa obliga al consenso y que, por ende, cualquier acuerdo parece más sólido.
En parte es cierto pero solo en parte, particularmente en la Argentina. En primer lugar por los costos que implican esos “consensos”. No se trata de convergencias “gratuitas”, sino de negociaciones “subalternas” que, por lo general, algún precio deparan al fisco.
En segundo término, porque los argentinos hemos presenciado las mutaciones políticas de 180 grados que protagonizaron fervorosos defensores de una posición “patriótica” a la que luego cambiaron por otra posición tan “patriótica” como la anterior solo que completamente opuesta.
Valga citar a título de ejemplo al miembro informante del proyecto de privatización de YPF, el menemista Oscar Parrilli, luego fervoroso defensor de la estatización de YPF, cuando devino en riguroso kirchnerista. El todo sin solución de continuidad.
De allí que los consensos en la Argentina no pueden ser considerados como políticas de Estado. Siempre quedan limitados a lo coyuntural. A lo que hay que decir. Y cuando parece que hace falta decir lo contrario, mueren sin pena, ni gloria.
La anarquía dentro del peronismo obviamente facilita el “surf” del gobierno. Es una anarquía que puede durar mucho o poco, según si el peronismo encuentra o no un líder que lo conduzca nuevamente al poder, único espacio en el que se siente cómodo.
El problema entonces surge de la metodología. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la que debe ser adoptada para encontrar ese líder, aunque todos sospechan que no queda otra que la competencia electoral.
Resultó sencillo allá por 1984 cuando Antonio Cafiero, Carlos Menem y José de la Sota encabezaron la renovación tras el fracaso electoral del año anterior frente a Raúl Alfonsín. Quedó resuelto con una elección interna que, a la postre, llevó a la presidencia a Menem y lo convirtió en líder del peronismo de los 90.
Se complicó en demasía, cuando Eduardo Duhalde, obstinado en impedir un triunfo de Menem, promovió las divisiones partidarias y convirtió la competencia interna en externa, cuya resultante fueron los 12 años del kirchnerismo y el liderazgo por herencia de Cristina Kirchner.
Ahora, el análisis gubernamental imagina un peronismo dividido en tres entre el massismo, el tradicional y el kirchnerismo.
Es posible pensar en un massismo compitiendo contra un peronismo tradicional encabezado por el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, o por el ex ministro del Interior, Florencio Randazzo. Seguramente no por el candidato fracasado Daniel Scioli.
Es difícil imaginar en cambio una disputa de cualquiera de ambos frente a Cristina Kirchner. Tan difícil como pensar en un retorno de la Kirchner al frente del peronismo.

Los jueces
De allí que la estrategia del gobierno de trabajar para evitar que Cristina Kirchner sea sometida a juicio a los efectos de presentar un peronismo dividido en tres parece, cuando menos, ociosa y, cuanto más, peligrosa.
Ociosa por lo antedicho. De cara a la elección, nadie que no milite en el kirchnerismo reconocerá a la Kirchner como jefa de nada. Ergo, no divide al peronismo. Sus votos provienen del exterior del peronismo. De una contradictoria izquierda populista heredera del montonerismo de los años 70.
Peligrosa, en cambio, porque el costo de esa estrategia es la paralización de las causas judiciales contra la Kirchner, dado que resulta difícil imaginar que los delitos no fueron cometidos por la asociación ilícita que el matrimonio lideraba.
Viene al caso aquí recordar que el Poder Judicial kirchnerista sigue intacto. Que el masivo encubrimiento producido a través del cajoneo de causas durante años o el sobreseimiento ultra apresurado, fue y es llevado a la práctica por los mismo jueces que hoy continúan al frente de los juzgados.
Solo el impresentable Norberto Oyarbide fue invitado, amablemente, a renunciar y lo hizo, previas seguridad de no persecución. Los demás continúan al pie del cañón.
Nada más fácil y hasta más placentero para un juez de Justicia Legítima que recibir y seguir al pie de la letra los dichos del jefe de Gabinete, Marcos Peña, cuando asegura que el gobierno ni apresura, ni detiene los procesos judiciales.
A nadie engaña Peña sobre una supuesta “santidad” republicana de sus dichos. Si los jueces fuesen otros, si el gobierno hubiese siquiera intentado removerlos y reemplazarlos por personas que antepongan la justicia a sus criterios ideológicos casi siempre “untables”, lo de Peña resultaría hasta plausible.
Pero Peña, y el resto del gobierno saben que no viven en un mundo ideal. Menos aun cuando enfrente se ubica la asociación ilícita K. Por tanto, saben que se trata de una señal que cualquiera que sigue a diario la política, decodifica en instantes.
Así ocurrió con los principales medios del país. Todos, inmediatamente, comprendieron que se trataba de una cuasi impunidad para los kirchneristas. Y chillaron. Y por aquello del “surf”, el ministro del Interior salió a enmendar la plana.
Rogelio Frigerio, después de la “neutralidad” de Peña, salió a instalar que el “gobierno ve con preocupación la lentitud o paralización del avance de las causas por corrupción”. Es decir, un tardío abandono de la supuesta neutralidad.
Inmediatamente, casi por arte de magia, algunas causas se activaron. Nada que incluya algo que se parezca a una posibilidad de inicio de un juicio oral y público. Sí, algunas medidas que muestren actividad como la investigación de otros 15 contratos entre el gobierno anterior y Lázaro Báez y que apuntan a confirmar que el kirchnerismo en el gobierno pergeñó una “matriz de corrupción”.
Nadie está en condiciones de afirmar que esta especie de “piedra libre” a las intenciones mal disimuladas del gobierno no haya sido la causante de este reverdecer de la alianza de Cambiemos con el ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner, el diputado Sergio Massa.
Todo indica que la marcha atrás ordenada por Macri y materializada por Frigerio desbarató la intentona de acercamiento al kirchnerismo en aquello de surfear en los mares opositores del peronismo.

Opciones
Claro que el “surfear” tiene un límite. En algún momento, se debe optar. Y eso fue cuanto ocurrió con relación al bono, verdadera razón de ser del diálogo social en el que, al menos de manera inicial, nadie cree en la Argentina.
De un lado, la CGT. Del otro, las principales corporaciones empresarias. Para disgusto y decepción –o para silencio- del periodismo militante, el gobierno no optó por el “círculo rojo”, sino por los caciques sindicales.
El gesto político fue contundente. Cuando la Unión Industrial pretendió que el comunicado final dejase a voluntad del pagador la facultad de otorgar el bono, el gobierno de Macri dijo no.
Si bien serán válidas distintas modalidades de pago y hasta en algún caso extremo que el pago no se formalice, se parte de la base contraria. El bono existe, es de 2.000 pesos y de allí en más, o en menos, vemos.
En el “surfeo” gremial, el gobierno de Cambiemos desactivó a los duros, dejó solos a los gremios estatales y eliminó la posibilidad de un paro general que hubiese generado un clima conflictivo ante las fiestas de fin de año.
Todo indica que las tradicionales fiestas de diciembre transcurrirán en paz. Los gremios tienen lo suyo y las llamadas “organizaciones sociales” también.
Por el contrario, Macri desafió nuevamente a los empresarios a quienes “reta” en cada ocasión que se le presenta.
Así, los convoca ora a “romperse el traste”, ora a “ser creativos”, ora al “patriotismo”. Siempre les hace ver que deben asignaturas. Que son los primeros que deben invertir y que, salvo honrosas excepciones, no lo hacen.
Distinto es cuanto ocurre de las fronteras hacia afuera. Allí los procesos son más lentos y más prudentes. Difícilmente las inversiones lluevan sobre la Argentina mientras la ciudadanía no demuestre un repudio al kirchnerismo delictual, populista e ineficiente.
Por supuesto que la oportunidad de demostrarlo acontece con la renovación parcial del Congreso. Y hasta entonces, las inversiones resultarán cautas y prudentes.
Se trata, entonces, de cargar nuevamente la tabla de surf e internarse entre las olas. Si las inversiones privadas resultan lentas, la reactivación surgirá de las inversiones públicas, que deben mejorar una infraestructura maltrecha tras los doce años K.
Una inversión pública que requiere endeudamiento –interno o externo- y una postergación de la meta de reducción del déficit fiscal.
Nada es gratis como intentaba hacer creer –y lo logró durante demasiado tiempo- el kirchnerismo. Así, con un alto nivel de gasto, aunque ahora dirigido a la modernización y no a la corrupción, el peligro inflacionario queda a la vuelta de la esquina.
Para evitarlo, Macri mantiene en el Banco Central a Federico Sturzenegger, un ortodoxo de la economía. Es decir un guardián de la sanidad monetaria, del valor de la moneda.
Y de nuevo al surf de Cambiemos. O liquida la inflación al precio de una mayor recesión. O apura la reactivación a riesgo de una disparada inflacionaria. Macri trabaja en el medio. Ni totalmente lo uno, ni plenamente lo otro. Surfea.
La gran pregunta, que difícilmente alguien estará en condiciones objetivas de responder, consiste en saber si la ambigüedad es buena compañera en los años electorales. Si atrae nuevos votos o, si por el contrario, reduce los anteriores.

Parroquiales
La semana comenzó con la visita al Vaticano del presidente de la República. Una visita que poco y nada tuvo que ver con la santificación del cura gaucho, el cura Brochero, y mucho con la foto de Macri y Francisco.
El Presidente parece estar dispuesto a pagar precios altos por arrancarle una sonrisa al pontífice. Sonrisas que prodiga por doquier, sobre todo si de un K se trata, y que niega al electo por voluntad popular.
Macri debería tomar nota. Para que exista amistad no alcanza con una voluntad. Hacen falta, cuando menos, dos. Queda entonces el respeto y con eso debería conformarse. No le hace falta viajar más al Vaticano.
Macri fue electo por los argentinos para gobernar la Argentina. Francisco no fue electo por los cardenales para cogobernarla.

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